"El Lele" de Los Van Van: su show más curioso en Uruguay y por qué representar a Cuba hoy es "una proeza"

A 16 años de su debut en una Montevideo bajo veda, "El Lele" Rasalps vuelve a Uruguay con Los Van Van: la mística del apellido, la crisis en Cuba y el show de este viernes en Complejo Sala.

Los Van Van.
Los Van Van.
Foto: Difusión.

Abdel Rasalps, “El Lele”, no se olvida de su primer concierto con Los Van Van en Montevideo. No por el tamaño del show, sino por un detalle puntual: la veda electoral. “Al otro día había elecciones, así que no se podía vender alcohol”, recuerda sobre aquel 24 de octubre de 2009, cuando la orquesta cubana celebró sus 40 años en La Trastienda y presentó Arrasando. “Pero fue un show buenísimo: la gente bailó y disfrutó igual”.

La escena quedó asociada a lo que vino después. Aquella fue la primera vuelta de las elecciones nacionales que, un mes más tarde, llevaron a José Mujica a la presidencia. “Después se volvió famoso en todo el mundo, no solo como presidente, sino por su forma de decir las cosas”.

Fanático del deporte —“los cubanos somos así”—, Lele también sigue de cerca el fútbol uruguayo: es hincha de Luis Suárez y recuerda especialmente a Diego Forlán, “el Cachavacha”. Aquella noche en La Trastienda fue la primera de varias visitas: en 2015, Los Van Van se presentaron en el Auditorio Nacional del Sodre.

Ahora, 11 años después de aquel show, su historia con Uruguay suma un nuevo capítulo. La orquesta vuelve a Montevideo con la gira Ven, dame un abrazo, que llegará este viernes a Complejo Sala. Las entradas se venden en RedTickets y los precios van de 2610 a 4160 pesos.

Para el cantante —segundo desde la izquierda en la foto que ilustra esta nota—, este reencuentro también tiene un peso personal: coincide con los 25 años de su ingreso a la orquesta fundada por su padre, Miguel Ángel Rasalps, fallecido en 2016. De él heredó el nombre artístico, la estampa y, sobre todo, la entrega cada vez que sube al escenario. “No hay otra opción que salir a defender la camiseta. Salir a darlo todo como si fuera la última vez. Los Van Van han sido, son y serán lo que son gracias a eso”, asegura.

El año pasado, el grupo publicó un disco en vivo grabado en Lima para celebrar sus 55 años. Es, también, un buen adelanto de lo que se verá en Montevideo. El álbum cierra con “Ya empezó la fiesta”, una canción que más que despedida funciona como carta de presentación: “Hola, ¿qué tal? / Hola, buenas, ¿cómo le va? / Un saludo de Los Van Van, / el corazón te van a entregar”. Al recordarle esa frase, Lele se ríe. “Sí, se trata de saber dar el corazón, con espontaneidad y sin guiones. Es la alegría del que le canta a la vida”.

El disco en vivo en Lima captura el clima que Los Van Van construyen en cada show. Canciones como “Este amor que se muere” y “Me mantengo” se extienden durante 10 minutos y se abren al intercambio: hay improvisación, coros compartidos, movimiento. No hay distancia entre escenario y platea; lo que se arma es una experiencia colectiva. “Es una fiesta distinta todos los días. Pero no es una fiesta para aflojar: es una fiesta porque hacemos partícipe a todo el que va al concierto”, dice.

“Después de tantos años uno lo entiende: si uno no la pasa bien, el público se queda con las ganas. Para que el público disfrute, uno tiene que disfrutar también”.

—¿Qué significa para vos, después de tanto tiempo, sostener el legado de tu padre en Los Van Van?

—Mi papá —aunque ya no esté con nosotros— es el cantante fundador de Los Van Van. Y eso no va a cambiar; por eso digo “es”. Cada vez que salgo al escenario, voy pensando en no defraudarlo. Y también en los que ya no están. Eso emociona. Y cuando uno se emociona, emociona a los demás. Ahí aparece esa dinámica, ese ida y vuelta de sentimientos: el cariño del público, el recuerdo de los que han pasado y el respeto por los que siguen sosteniendo esto desde hace años, como mi compadre Robertón, el maestro Álvaro Collado o Samuel Formell. Es una responsabilidad.

—¿Cuál es el secreto para ser un buen sonero?

—El secreto está en prepararse, en el conocimiento y en la espontaneidad. Yo no puedo subirme a un escenario a inventar un personaje que no soy. No puedo fingir: el público se da cuenta. Cuando estás en una sala con 500 personas, no es uno contra uno: son 500 contra uno. Hay 500 mentes pendientes de ti. Si no afinas la puntería, pierdes el juego. Entonces tienes que tener el control, pero un control con espontaneidad y con conocimiento. Y cuando hablo de conocimiento no hablo solo de música; nosotros somos comunicadores. Estamos para decirle cosas a la gente, incluso cuando no parece. Porque la gente no se conecta con lo que no le gusta. Ahí entran la melodía y el ritmo. Como decía mi padre: “Yo no entiendo lo que dice Michael Jackson, pero me gusta”. Muchas veces no sabes lo que dice una canción, pero te atrapa igual. Eso te da la medida de que la melodía y la armonía mandan, pero el ritmo también. Entonces, hay que saber dónde estás parado, conocer a los géneros, a los intérpretes y a los que han dicho grandes verdades.

—Cuando suben al escenario, no solo celebran la historia del grupo:también representan a Cuba. ¿Qué significa eso para ustedes?

—Es algo sagrado. Cuidamos nuestra obra con celo y amor. No es cosa fácil ir por el mundo y pararse en un escenario sabiendo que la gente está mirando y diciendo: “Esta gente es de Cuba”. Y aunque las cosas no estén bien, aunque haya miles de carencias y desaciertos, representar a Cuba es un lance grave. Es una proeza. Si a eso le sumas que nosotros no tenemos una gran disquera detrás —porque en Cuba no hay—, lo nuestro ha sido siempre el boca a boca, el trabajo diario, el antiguo CD. Entonces, poder llegar en estos tiempos, donde la música se ha diversificado tanto, a países tan importantes y queridos como Uruguay, Argentina y Chile, tiene un valor agregado enorme. Eso habla de un trabajo muy serio, sostenido durante años: de los que iniciaron, de los que continuaron y de los que hoy estamos.

—Dijiste que cada vez que estás por subir al escenario pensás en no defraudar a tu padre. ¿Qué te pasa cuando bajás?

—Cuando termino un concierto y me encuentro con alguien del público que me pide una foto, siempre hago lo mismo: les pregunto si la pasaron bien, y si me dicen que sí, les respondo “misión cumplida”. Porque a eso venimos. No venimos a jugar: venimos a asumir un compromiso serio con la gente y también con la historia. Porque el día de mañana, cuando pasen los años y aparezca una noticia de Uruguay en la televisión, voy a poder decirles a mis hijos: “Miren, su papá estuvo en Montevideo, en tal año y en tal escenario”. Puede parecer exagerado o pretencioso —y no es mi intención—, pero es así: no es lo mismo cantar en tu casa que pararte a tocar a la República Oriental del Uruguay. Es un peso que uno tiene que asumir.

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