Si hay una artista en la que la idea de que los discos funcionan como fotografías de una vida cobra sentido pleno, esa es Bárbara Jorcin. Su obra —con tres álbumes y varios sencillos— ofrece un recorrido íntimo, casi como un archivo emocional en expansión, donde conviven preguntas, procesos y transformaciones.
Desde Índigo (2018) hasta Corazón de metal (2024), ese recorrido también se reafirma en lo musical. Jorcin pasó de un debut construido desde el piano, con la formación de conservatorio en primer plano, a un presente más abierto, que evita la estructura y desconfía del encasillamiento. En ese tránsito, se afirma como una de las voces más frescas de la nueva escena uruguaya.
Ganadora del Graffiti 2025 a mejor productora junto a Tato Cabrera por Corazón de metal, y parte de Eté & Los Problems como tecladista y corista, Jorcin está lista para hacer un balance del camino recorrido. El sábado llegará a Magnolio Sala para inaugurar los festejos por sus 10 años en los escenarios y actuará junto a Los Barbitúricos, su banda. Las entradas están a la venta en RedTickets y cuestan 800 pesos (también hay promoción de ingreso doble: 700 pesos cada uno).
En la previa del concierto que abrirá el argentino Juku Ares, Jorcin dialogó con El País.
—Este festejo también invita a mirar hacia atrás. Y en tus discos percibo un corrimiento hacia un lugar cada vez más libre. ¿Qué balance hacés de ese proceso?
—Tiene que ver con la libertad y con sacarse prejuicios, sobre todo propios. Yo estudié primero en un conservatorio de piano y después me fui a una facultad de jazz en Buenos Aires, donde había mucho prejuicio con la música. Yo era así conmigo misma y no aceptaba mis raíces: crecer en un pueblo de Colonia donde me aburría mucho y lo que había era un boliche para salir a bailar reggaetón y cumbia villera a morir. Yo siempre quise hacer otra cosa, pero no encontré a mucha gente que me acompañara en Tarariras porque mis amigas no hacían música. Cuando me vine a Montevideo, descubrí a Regina Spektor y gracias a ella empecé a hacer mis canciones.
—Índigo, tu debut, tiene mucho de esa influencia, ¿no?
—Claro, de la canción íntima. Hace poco lo volví a escuchar y me parece una rareza total: frena en cualquier lado y tiene acordes rarísimos, porque en ese momento agarraba el piano y combinaba lo que me gustaba. Era muy intuitivo y honesto con lo que sentía. Después, con Si canto es porque puedo, ya tenía la estructura de la facultad, entonces es un disco que crece instrumentalmente y en producción; además tiene a Franco Polimeni, que es un excelente arreglador. Si bien también son canciones muy honestas, se nota que estaba estudiando música. Entonces, con Corazón de metal quería liberarme de cierta solemnidad y de esa cosa más formal. Quería permitirme ser más adolescente, porque siento que en los primeros discos fui muy seria y dejé afuera mi parte más divertida y más libre.
—El título condensa la idea: no es solo armarse un “corazón de metal” tras el final de una relación; también habla de la mirada ajena.
—Exacto. Es proteger mi corazón de los prejuicios que no me dejan componer libremente. Antes, tenía ideas que ni siquiera dejaba salir porque no seguían el hilo conductor de mi carrera. Pero después entendí que el hilo conductor lo construyo yo. Por eso, Corazón de metal tiene rock, pop, reggaetón y hasta trap. Lo hice porque me liberé al 100% del prejuicio.
—“Complicada”, una de tus nuevas canciones, lleva esa idea a otro lugar: aparece el humor y una mirada más lúdica sobre tu personalidad. ¿Cómo surgió la letra?
—Porque empecé terapia y porque en una conversación entendí algo: una cosa es saber la etimología de las palabras y otra es sentir la diferencia entre dos conceptos. “Complicada” y “compleja” son parecidas, pero la primera tiene un aspecto negativo para la sociedad: una persona complicada es alguien con la que no querés estar. Pero si alguien es complejo parece una persona interesante, misteriosa. Entonces, usé esos dos conceptos como punto de partida para la canción...
—De ahí el arranque con: “Soy una mujer complicada, no me gusta que me critiquen nada”...
—Claro, empiezo asumiendo mi costado más difícil, más infumable. Pero, después, en el estribillo, con el “soy una mujer compleja, ninguna señorita se me asemeja”, hay otra afirmación. La idea de la canción es que sé que me pongo mala y que tengo mis defectos, pero por encima de todo soy leal. “Complicada” es un sincericidio de mi personalidad, de mi temperamento; de lo que me gusta de mí y lo que tengo que lidiar. A veces tengo una dicotomía entre hablar siempre en primera persona o contar otras historias. Me gustaría hacer discos donde cuente cosas que no sean necesariamente mías. Pero también soy muy honesta con lo que me está pasando y con el proceso personal que estoy atravesando.
—“Magdalena”, tu nueva canción, refleja ese interés por contar otras historias. ¿Cómo surgió y quién es la mujer de la foto del sencillo?
—Es mi abuela. La historia es un poco la de ella, pero también habla, en general, de muchas mujeres de otras épocas: estar en matrimonios donde eran infelices y donde los hombres se enamoraban de otras. Me interesa pensar qué pasa con esas historias de nuestras abuelas o bisabuelas, que permanecían en matrimonios donde no querían estar, muchas veces por lo que dictaba la sociedad. Es algo que hoy ya casi no existe. En la canción, Magdalena es la mujer de la que él se enamora, y yo canto en primera persona, mirando desde afuera e inspirada en la historia de mi abuela. Ella falleció el año pasado, y la canción empezó a salir sola. Al principio pensé que era una historia mía, pero en ese momento estaba en pareja y enamorada, entonces me pareció extraño cantar ese desamor. La terminé de componer y sentí que no era algo mío; era como si me la hubieran enviado, de alguna manera... Pero bueno, es una historia universal: habla de cuando te enamorás de alguien, esa persona no te quiere más y se va con otra persona.
—En paralelo a tu proyecto, formás parte de Eté & Los Problems, una experiencia que te llevó a reconfigurar tu lugar en el escenario y a ponerte al servicio de otras canciones. ¿Cómo fue ese proceso?
—Al principio fue difícil entender que las cosas no se hacían a mi manera y cómo funciona un grupo. Yo siempre compuse sola: escribía, hacía los arreglos y les decía a los músicos qué tocar, más allá de sus libertades. Además, era la que estaba adelante, cantando y hablando con el público. Entonces, ocupar otro lugar me costó. Los vínculos en las bandas siempre son difíciles, y pasamos momentos muy buenos y muy malos. Ya hace ocho años —entre que me invitaron a shows y quedé fija— que estoy tocando con ellos. Y lo más desafiante fue encontrar mi lugar dentro de las canciones, que no son mías. Tengo que estar al servicio de la canción y no ser simplemente una sesionista. Fue un aprendizaje enorme y hoy es una felicidad tocar con la banda. Me fui convirtiendo un poco en la mano derecha de Ernesto (Tabárez) en el escenario, porque me encanta agitar al público. Siento que estamos en el mejor momento: sacamos Plata, un disco hermoso, hicimos un Teatro de Verano y seguimos tocando.
—Después de una década de tus primeros conciertos, ¿qué significa para vos el momento de salir a cantar?
—Piso el escenario y es el mejor momento de mi vida. Siempre. Soy muy feliz. No siento nervios ni vergüenza, no tengo pánico escénico. Cuando miro videos de la presentación de Índigo veo más rigidez, aunque también entiendo que era más chica. Y con el tiempo entendí que, cuanto más soy yo misma, más conecta la gente. Podría pasar lo contrario, pero por suerte no fue así. Mi premisa es decir la verdad siempre. A veces me arrepiento porque no tengo filtro, pero creo que es divertido no pensarla tanto. Estoy trabajando mucho para llegar a donde quiero, pero sin dejar de ser yo.
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