Elena Irrazabal, de El Mercurio/GDA.
Desde Australia, temprano en la mañana —y tarde para ella—, Mariana Enriquez conversa por Zoom. Desde 2025 la autora argentina vive en Launceston, ciudad situada al norte de la isla de Tasmania, donde se instaló en busca de mayor tranquilidad.
Para muchos observadores, la clave del éxito editorial de Enriquez es que sacó a la literatura de terror del sótano —o desván—, revitalizándola y vinculándola con la historia política y la realidad social. En 2019 recibió el Premio Herralde por su novela Nuestra parte de noche.
Ahora la autora se asoma a una nueva experiencia: ver sus relatos plasmados en una miniserie. A partir de cuentos del libro Un lugar soleado para gente sombría (2024), Netflix decidió filmar una serie de cuatro capítulos, dirigida por Pablo Larraín y con cuatro guionistas, entre ellos la propia escritora. Bajo el título Mis muertos tristes, se estrena en la plataforma el jueves 24.
—Como guionista de Mis muertos tristes, ¿te costó mezclar elementos de distintos cuentos tuyos?
—Diría que no me costó, pero la respuesta es más complicada. Para mí, cada uno de mis cuentos es un pequeño mundo. Pablo Larraín se me acercó y me explicó que veía mis cuentos interrelacionados, como un universo con resonancias entre un relato y otro, que dan lugar a un texto más grande, mayor. Yo no lo veía así, pero eso es normal, cada lector puede hacer su propia lectura.
—Participaste en el equipo de cuatro guionistas de la miniserie. ¿Cómo fue ese proceso?
—Fue un trabajo intenso, nos pasamos los guiones durante meses entre los cuatro. Ha sido mi primera experiencia como guionista y hay elementos técnicos que no manejaba tanto, pero sí los otros integrantes del equipo. Diría que lo hice con bastante inconsciencia, pero fue una inconsciencia buscada.
—El terror literario muchas veces juega con la sugerencia, sin mostrar demasiado. ¿En algún momento te preocupó socavar esa insinuación al llevarla a la imagen?
—Mis cuentos están ahí y son lo que son, el encargado de pensarlos visualmente fue Pablo Larraín. Y hay muchas producciones de terror que son súper explícitas y me encantan. Hablamos mucho, él me preguntaba sobre los fantasmas, sobre cómo los imaginaba. Pero era su terreno.
—El cuento que hace de eje de la miniserie se llama “Mis muertos tristes”. ¿Por qué esos muertos están tristes?
—Los fantasmas de ese cuento, pero en general en la ficción, en su sentido más clásico, tienen que ver con algo que no fue resuelto. Hay algo que opera en la memoria —y en la memoria colectiva a veces— cuando son muertos que tienen que ver con la violencia, donde el trauma sigue operando en el presente. De alguna manera, es muy difícil dejar al muerto atrás, hay un pasado que es imposible de cerrar. Todo eso es lo que, en general, arma al fantasma que nos da miedo. El personaje de Emma no resuelve, calma de alguna manera, pero no puede curar, porque esa injusticia no tendría que haber ocurrido en vida. Y después esta idea del muerto que muere antes de tiempo, cuando no era su momento.
—En varios de tus relatos lo sobrenatural, como esos seres que no están vivos, no parece ser lo verdaderamente aterrador, sino la sociedad en la que surgen. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación?
—Sí, sí, claro. A mí el terror y lo paranormal me interesan como un lenguaje para pensar la sociedad. Mis relatos no son una metáfora, son reales. Así como el género policial revela la violencia, la corrupción, y la ciencia ficción, de alguna manera, revela el miedo que tenemos a que nos controlen las máquinas, el miedo a lo desconocido, a que un experimento se nos vaya de las manos y nos destruya. El terror también piensa en los miedos, que no es solo lo que nos asusta, sino lo que nos desasosiega, lo que produce ese vértigo de decir: “¿Y ahora qué viene en esta sociedad?”. Siempre da más miedo lo real. Pero hay distintas formas de hablarlo y nunca es fácil. Las cosas que dan miedo, a veces, no tienen mucho lenguaje, digamos. Y el terror te da esa forma de expresarlo, que puede ser mejor que contarlo desde un lenguaje más realista.
—En Latinoamérica varios países, como Chile, Uruguay y Argentina, han vivido eventos políticos duros, con muertos y desaparecidos. ¿Es posible escribir sobre fantasmas sin terminar hablando de política?
—Es muy difícil. O sea, uno lo puede intentar, pero la escritura es una cosa y la lectura es otra. Uno se puede plantear escribir algo de fantasmas que no tenga relación con la política, por ejemplo, la historia de un asesino serial. Pero la violencia, los crímenes, los asesinatos de mujeres, son cosas políticas. O, no sé, decido escribir una historia de fantasmas en una mansión, en una colina. Y bueno, por lo menos en Argentina, entre las cárceles de la dictadura, había una cárcel en la ciudad de Morón, a la que le decían la Mansión Seré. Tenemos muchas literaturas que cuentan el horror, y eso también implica una marca, una tradición literaria.
—¿Te incomoda que se te encuadre bajo el rótulo de “terror social”?
—No me incomoda, pero sí me pasan dos cosas. Por un lado, creo que toda calificación es una trampa, una reducción. Por otro lado, entiendo la necesidad de etiquetar, de rotular las cosas. Son tendencias que pasan rápido, así que no lo tomo como algo definitivo. Pero sí que es una cajita donde te ponen, que puede ser limitante y también injusta. Sí, yo hago terror social, tampoco es algo que niegue. Pero siempre es determinante, no en un buen sentido, definir algo de una forma tan cerrada.
—En unas semanas se estrena Mis muertos tristes. ¿Qué viene ahora? ¿Cuáles son tus planes literarios?
—Ahora viajo a San Sebastián para la presentación de la serie y en octubre voy a Europa por el proyecto de un libro que va a ser una noche en un museo. Estoy trabajando en algunas novelas, digo algunas, pues hay una más grande que la otra. Y tengo algunos proyectos de no ficción que vamos a ver, alguna guía paranormal de la Costa Brava, entre otras cosas. Diría que en este momento tengo ganas de escribir. No necesariamente de publicar todo, sino de producir distintas cosas. No sé cuándo van a salir, no estoy pensando en eso, estoy pensando en trabajar.
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