"Los ahogados": el thriller costero de Emanuel Bremermann que es una de las lecturas imperdibles del verano

Elegido como uno de los mejores libros de 2025 por El Cultural de El País, la novela debut del ganador del Premio Nacional de Literatura se ambienta en un balneario ficticio. Sobre eso, esta entrevista.

El periodista y escritor Emanuel Bremermann.
El periodista y escritor Emanuel Bremermann.
Foto: Darwin Borrelli.

"Los tres nos estábamos ahogando y no sabíamos cómo salvarnos, pero teníamos una certeza: nos estábamos ahogando juntos”. La frase, tomada de la serie animada Bojack Horseman, funciona como llave inesperada para entrar a Los ahogados, la novela debut de Emanuel Bremermann. No solo porque ese epígrafe ilumina el sentido del título, sino porque condensa la relación entre sus protagonistas: tres personas, tres generaciones, que buscan un sentido —un combustible vital— en un entorno donde el silencio opera como un pacto implícito.

Bremermann escribe desde el lugar de quien ya probó una voz propia y ahora decide tensarla y expandirla. Editor de Cultura de El Observador y ganador del Premio Nacional de Literatura por su libro de cuentos Los murciélagos (2022), en su novela juega con estructuras, climas y territorios, administra con lucidez la información y sostiene un relato de tensión constante, donde el humor se filtra como contraste y ecualización del conflicto.

Publicada por Pez en el Hielo y presentada, con astucia, como un thriller costero, Los ahogados es una novela que dialoga con estos días de verano. Es ideal para leer en la playa, con el murmullo del mar de fondo, o en el silencio tibio de una casa de balneario. La sugerencia no es caprichosa. La historia se ambienta en Santa Clara, un balneario ficticio con ecos reconocibles de la costa de Rocha, y va deliberadamente a contrapelo de una postal veraniega. El invierno es el escenario del relato y el paisaje, lejos de aliviar, termina de tensar la experiencia.

Los ahogados está protagonizada por un narrador sin nombre que regresa a Santa Clara para instalarse en la cabaña familiar, abandonada desde la muerte de su padre, ocurrida hace 15 años. La casa, una suerte de mausoleo familiar maltratado por el tiempo —la humedad, el techo magullado y el olor a encierro lo delatan—, funciona como un símbolo de un pasado que vuelve.

Su llegada se da en el peor momento posible: el invierno ya está instalado y la noche anterior una tormenta destrozó los caminos, aislando todavía más a un balneario mínimo, de menos de 90 habitantes. El paisaje gris refuerza la sensación de desamparo, de tiempo suspendido, de vida en pausa.

El regreso a Santa Clara del protagonista no responde a una búsqueda explícita. Más bien suena a alternativa por inercia. “La vida se volvió vegetal”, escribe el narrador, y en ese estado de quietud forzada la figura del padre —marcada por una renuncia temprana, la de una vida posible que nunca ocurrió— funciona como un recordatorio insistente, un espejo incómodo de que el tiempo corre, lento pero inexorable.

"Los ahogados", de Emanuel Bremermann.
"Los ahogados", de Emanuel Bremermann.
Foto: Pez en el Hielo.

Es allí donde se topa con el Bebe Monterroso, un pintoresco exmovilero que conserva como trofeos sus fotos entrevistando a figuras como Pelé, Rod Stewart y Mike Tyson. En ese mismo universo aparece también su nieta, Valentina, una adolescente que se vuelve núcleo del silencio narrativo.

Sobre su novela debut, que fue seleccionada como uno de los mejores libros uruguayos de 2025 por El Cultural, Bremermann dialogó con El País.

—En Los ahogados, Santa Clara aparece primero como un refugio. Pero, al final, ese balneario se convierte en un espejo que obliga a los personajes a enfrentarse a sus zonas más oscuras. ¿Eso fue lo que te interesó del lugar como disparador narrativo?

—Sí, porque el balneario es un terreno superfascinante. Por eso quería que apareciera el documental Balnearios, de Mariano Llinás. Me interesa esa idea del no-lugar, un sitio que en verano reverdece y en invierno se vuelve difícil. Sobre todo, me interesa la noción de un terreno como espejo opaco: te devuelve un reflejo incómodo. El protagonista llega a Santa Clara buscando rastros de su pasado y tratando de saldar deudas que cree tener, pero encuentra algo mucho más resbaloso. Y lo mismo ocurre con los demás: Bebe va allí en busca de cierta cura, y Valentina es arrastrada hacia ese lugar, donde termina enfrentándose a fantasmas que a veces son casi literales. Es, en definitiva, un refugio traicionero.

—El relato reafirma la búsqueda de varios de los cuentos de Los murciélagos: el silencio se vuelve tenso y uno tiene la sensación de que algo está a punto de quebrarse.

—Esa tensión latente me sale de forma natural y también está en otras cosas que he escrito y aún no publiqué. Me interesa que algo ocurra de fondo, aunque no sea evidente, y que los ecos reverberen. Lo sentís en el esternón y es una sensación brutal cuando te la encontrás en algo que estás leyendo. Escribo persiguiendo esa tensión.

Emanuel Bremermann.
Emanuel Bremermann.
Foto: Darwin Borrelli.

—El personaje del Bebe Monterroso da espacio a varios momentos en los que el humor asoma en la novela. Pero no es simplemente el chiste por el chiste, sino que funciona como manera de ecualizar la oscuridad de la historia. ¿Fue consciente?

—Sí, porque si algo es puramente oscuro se vuelve difícil de leer o de empatizar. Sabía que el personaje del Bebe tenía que descomprimir, incluso la forma en que se relacionan Valentina y el protagonista también porque es algo más infantil. Siento que encontrar cierto sentido del humor en la oscuridad es muy valioso, porque permite convivir con ella.

—Me interesa ahondar en la forma en que se relacionan los personajes. El epígrafe que cita a Bojack Horseman es un buen resumen de eso. ¿Cómo lo pensaste al escribirlo?

—En cierto sentido, pensaba su relación como una simbiosis. Los líquenes son la mezcla de dos organismos que necesitan del otro para vivir, y sentí que estos personajes se transformaban en un liquen justo en el momento en que se conocen. Ahí empiezan a encontrar una forma de acomodarse a la vida que les tocó. En algún punto, los tres terminan formando una unidad que a veces los ayuda a sobreponerse a ciertas situaciones y, en otros casos, no. Me parecía interesante que no todo quedara pulido en sus vidas.

—En Los ahogados, al igual que en tu cuento "Million Dollar Baby" de Los murciélagos, el boxeo y el cine parecen funcionar como herramientas para enfrentar la oscuridad de los personajes. El Bebe Monterroso recurre a El club de la pelea y habla de “quitar las esquirlas de oscuridad a los golpes”. ¿Cómo pensaste esto al escribirlo?

—Quería que la novela tuviese cierta violencia física tangible, más allá de otras formas de violencia. Que hubiera peleas y que estas estuvieran directamente vinculadas con lo que pasa en El club de la pelea. Me gustaba que, de alguna forma, esos golpes y ese daño físico repercutiera en los cuerpos de los personajes. Que los cuerpos se lastimaran. Y es cierto que algo del Bebe en probar la capacidad del cuerpo de resistir golpes, tanto de la vida, —que los tiene— y equipararlos con los que recibe de otras personas. Es cierto que hay conexiones con El club de la pelea y Millon Dolar Baby y con otras cosas del cine, que siento que está presente porque moldeó mi mirada. Mi escritura está muy tamizada por lo que he leído, pero también por el cine: Stephen King, que leí mucho en la adolescencia, y Roberto Bolaño, que para mí es muy cinematográfico en ciertos aspectos. Entonces, hay algo que de pique aparece, y después está mi propio interés, que es la forma en que el cine moldeó mi mirada. Me gusta que el cine entre de forma literal en la narrativa: los personajes ven una película y esa experiencia les genera algo concreto. Es un poco la magia del cine: vemos una peli y repercute de alguna forma en nuestras vidas.

—Hablando de lo sensorial en la novela, los golpes no son la única forma de enfrentar la oscuridad y buscar un sentido: el Bebe Monterroso, por ejemplo, tiene un ritual diario de bañarse en el mar, incluso en pleno invierno. "El agua de acá me ayudó", le asegura al protagonista.

Sí, hay algo en aferrarse a determinados rituales, actos voluntarios o involuntarios, que te dan contención, orden y sentido. Cuando el protagonista llega a Santa Clara, necesita encontrar ese orden; ha perdido un poco el norte y no logra entender del todo lo que le pasa. Siente que algo se desajustó y necesita reajustarlo. Lo primero que tiene es lo que le genera el mar, y me gustaba que ese ritual estuviera vinculado a él. El mar es el cuarto personaje de la novela.

—Es el telón de fondo de los momentos cruciales de la historia...

—Sí, para mí, cada vez que los personajes tienen que procesar algo importante o conseguir respuestas, lo hacen frente al mar. Es un telón de fondo que se siente casi como una criatura medio lovecraftiana, y me gusta mucho cuando algunos lectores me lo han mencionado. Fue algo más inconsciente: el mar se fue metiendo en la novela. Por eso, el título cambió mucho, pero siempre tuvo al mar en el centro.

—Tus dos libros se saludan con la imagen de los murciélagos, esos que no ven los personajes. ¿Qué significan?

—Es casi un guiño a mí mismo. La escritura me obsesiona mucho y, tal vez, los murciélagos empiecen a convertirse en una representación de esa obsesión. Me dan ganas de que aparezcan en todo lo que escriba, y que quien sea que los encuentre lo note. Que sean un animal totémico.

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