Cuando Sounds of Silence llegó a las disquerías, justo hoy hace 60 años, Simon & Garfunkel ya habían atravesado más tropiezos que triunfos. Paul Simon y Art Garfunkel se conocían desde la adolescencia, habían grabado canciones bajo el nombre de Tom & Jerry, se habían separado y vuelto a encontrar años más tarde con la idea de recomponer un vínculo musical. Nada había sido lineal hasta entonces. Incluso su álbum debut había pasado inadvertido y los había empujado, una vez más, a la ruptura.
El punto de inflexión fue, justamente, “The Sound of Silence”, una canción escrita en soledad, casi como un gesto íntimo. En una entrevista con Playboy en 1984, Simon recordó que, cuando aún vivía en la casa de sus padres en Queens, solía encerrarse en el baño con su guitarra. “Como las paredes tenían azulejos, era una especie de pequeña cámara de eco”, dijo. “Entonces abría la canilla para que corriera el agua, porque ese sonido siempre me resultó muy tranquilizador, y tocaba”.
Había, además, una condición crucial: esas sesiones eran siempre a oscuras. Con la luz apagada, aislado del mundo y con el murmullo insistente del agua amplificado por el eco, a Simon se le apareció la imagen inicial de la canción. De ahí surge su primera línea: “Hola, oscuridad, mi vieja amiga, / he venido a hablar contigo otra vez”.
Simon tenía entonces 21 años y estudiaba Letras en el Queens College, un dato clave para entender el tono de la canción. Años más tarde, en diálogo con NPR, explicó que su vigencia reside en la economía expresiva. “La clave es la sencillez de la melodía y de la letra, que reflejan la alienación juvenil”, señaló. “No es una idea sofisticada; salió de mis lecturas universitarias o algo así”.
La letra parte de una imagen precisa: la angustia postadolescente. “Era eso de ‘nadie me escucha, nadie escucha a nadie’”, explicó. No se trataba de una vivencia profunda, pero sí de una intuición reconocible. “Tenía una cuota de verdad y conectó con tanta gente porque estaba sostenida por una melodía simple, directa, fácil de cantar”.
Por esos años, Simon también trabajaba de forma parcial para una editorial musical, grabando demos y recorriendo sellos discográficos con canciones de su catálogo. En ese contexto conoció a Tom Wilson, productor de Columbia Records y el hombre detrás de discos clave de Bob Dylan como The Times They Are a-Changin’. Simon le propuso que “The Sound of Silence” podía funcionar para uno de los grupos con los que trabajaba, The Pilgrims, y le pidió cantarla a dúo con Garfunkel, tal como la había imaginado.
Wilson aceptó. Cuando los escuchó en el estudio, el destino de la canción cambió de inmediato: The Pilgrims se quedaron sin “The Sound of Silence” y Simon & Garfunkel firmaron contrato con Columbia. Era el inicio del recorrido de uno de los dúos más emblemáticos de los años sesenta.
En marzo de 1964, Simon & Garfunkel comenzaron a trabajar en Wednesday Morning, 3 A.M., su álbum debut. Producido por Wilson, el disco de enfoque acústico combinaba standards del repertorio folk —como “Peggy-O” y “Benedictus” con una versión de “The Times They Are a-Changin’” y un puñado de composiciones de Simon. La apuesta central era, claro, “The Sound of Silence”, y la portada presentaba al dúo como portador de “los nuevos y apasionantes sonidos de la tradición folk”.
El álbum se publicó en octubre, pero no pasó nada. El contexto jugaba en contra: salió en pleno auge de la invasión británica, con el rock de los Beatles y los Rolling Stones dominando el mercado. El golpe fue demoledor y el dúo se separó. Simon se fue a vivir a Londres para reinventarse; Garfunkel regresó a la universidad de Columbia.
Ya en Europa, Simon grabó The Paul Simon Songbook (1965), su debut solista, donde le dio una segunda oportunidad a “The Sound of Silence”. La registró en un formato estrictamente folk, casi recitando la letra: solo con la guitarra, marcando el pulso con el pie y dejando que la intensidad creciera de manera gradual hacia el final. El álbum volvió a pasar inadvertido.
En el verano de 1965, Garfunkel viajó a Londres para visitar a Simon. Al volver a Estados Unidos, se encontró con un fenómeno inesperado. “Había gente en Florida, por la zona de Cocoa Beach, que llamaba a las radios para pedir ‘The Sound of Silence’”, recordó. “Tiempo después, en el sello pensaron que había que editarla como sencillo en Nueva York, pero con algunos cambios”.
Wilson, que venía de trabajar en Bringing It All Back Home —el disco que marcó la electrificación de Dylan—, recurrió a músicos de sesión de ese álbum para reinventar la canción. Tomó las cintas originales y les superpuso una base de rock, con una guitarra de doce cuerdas inspirada en el sonido de The Byrds, que acababan de llegar al número uno con “Mr. Tambourine Man”. No le avisó a ninguno de los dos.
Cuando la nueva versión estuvo lista, la compañía citó a Garfunkel en un estudio de Nueva York para escucharla. “Nunca hubiera dicho ‘no la usen’ porque no tenía ese poder en el contrato”, recordaría después. “Pero, en ese momento, lo único que quería era tener un hit”.
Publicada en setiembre, la canción empezó a escalar en las listas. “Recuerdo que recibí una carta de Art diciendo que el sello estaba entusiasmado con la nueva versión. Unas semanas después, mientras tocaba en Dinamarca, conseguí la revista Cash Box y vi que la canción estaba en el puesto 59 y subiendo. Me dije a mí mismo: ‘mi vida acaba de cambiar irrevocablemente’”.
Simon volvió entonces a Estados Unidos para trabajar en Sounds of Silence, el disco que sellaría su salto a la fama. La canción homónima ya había llegado al número uno del, y con el tiempo ajustado y la presión en aumento reimaginaron varias canciones del álbum solista de Simon, entre ellas “I Am a Rock”, que se convertiría en su segundo gran éxito. Ese mismo año lanzaron Parsley, Sage, Rosemary and Thyme, el pase directo a la consagración.
Al año siguiente, en 1967, “The Sound of Silence” adoptó una cuarta vida en el cine. Es la canción que musicaliza el final de El graduado, una de las películas más taquilleras de ese año. Allí, Benjamin Braddock (Dustin Hoffman) y Elaine Robinson (Katharine Ross) escapan de la boda de ella y suben a un ómnibus: mientras el vehículo avanza, la euforia inicial se diluye y empieza a sonar esa canción que describe la incertidumbre con precisión quirúrgica. La escena, como la canción, es un clásico.
A pesar de que el dúo nunca supo de la versión eléctrica hasta que estuvo terminada, el tiempo terminó de escribir la revancha: la versión que prevalece es la original, la acústica, aquella que pasó casi desapercibida en su estreno. Hoy acumula más de 713 millones de reproducciones en Spotify. Toda una conquista para una canción nacida en el baño.
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