Era el momento de cambiar de piel, y todo a su alrededor empujaba en esa dirección. Florece en el caos, el primer disco de No Te Va Gustar en cinco años, se construyó desde el movimiento y volvió a confirmar el secreto de su permanencia. Cuando el mundo tira para abajo —como cantaba Charly García en “Los dinosaurios”—, el grupo responde con dos golpes infalibles: la unión y, sobre todo, las canciones.
El disco, publicado anoche, es fruto de una época en la que todo se movía al mismo tiempo. La gira de celebración por sus 30 años se estiró más de lo previsto, el proyecto filarmónico estrenado el año pasado se cruzó en el camino y, en paralelo, la banda se enfrentó a una mudanza inevitable. Elefante Blanco, la casa-estudio de Pocitos que fue su cuartel general, se vendió y los obligó a reordenarse.
Hubo que irse, fundar otro espacio en Parque Rodó, aprender a esperar y grabar en medio de un desorden que, cuentan entre risas, incluyó tres cambios de aire acondicionado para que el ruido no se colara en las tomas. Por eso, el caos no fue una metáfora ni una consigna estética; fue el punto de partida.
Es allí donde la banda recibe a El País y a un reducido grupo de periodistas para desmenuzar las 10 canciones del primer gran lanzamiento discográfico uruguayo de 2026.
Es martes 16 de diciembre, son poco más de las 18.00 y el calor sofoca. A unas cuadras, por la avenida Gonzalo Ramírez, grupos de amigos con camisas floreadas y lentes de sol cargan conservadoras en una lenta procesión rumbo a La Bajada, en la Rambla de Punta Carretas. Es el mismo predio donde el grupo presentó, en diciembre de 2024, su gira de 30 años con un show histórico de tres horas, 45 canciones y una larga lista de invitados.
Adentro, el nuevo Elefante Blanco luce impecable, con un aire de estudio internacional que no deja rastros de aquel desorden inicial. La sala está dispuesta en semicírculo, con sillones amplios y butacas; en el centro, una mesa baja con picada y, al fondo, otra con café y cervezas que el baterista Diego Bartaburu se encarga de acercar para aflojar la espera.
Lo primero que plantea Emiliano Brancciari es que el consejo general había sido evitar enero como fecha de lanzamiento. Pero la convicción era otra. Necesitaban que el disco existiera, que respirara y que fuera escuchado antes de que las canciones empezaran a probarse en vivo.
Por ahora, la gira de presentación de Florece en el caos tiene su primer show confirmado para el 13 de marzo en Bolivia y, de ahí en más, se extenderá hasta noviembre por distintos puntos de Europa y Latinoamérica. Uruguay, al menos por el momento, no figura en el calendario.
“Queríamos temas nuevos para modificar el repertorio y mirar para adelante; estábamos cansados del pasado”, asegura Brancciari sobre la motivación detrás del álbum. Y el momento era el indicado. Su último disco de canciones inéditas había sido Luz (2021) y, en el medio, el cantante lanzó dos trabajos solistas que firmó como EMI. A su vez, acompañaron la gira de 30 años con dos discos en vivo: uno grabado en Bogotá y otro en Buenos Aires.
Eso no significa que la máquina creativa haya quedado en pausa. Como subraya Bartaburu, en ese tiempo publicaron varias colaboraciones con colegas y fue a partir de una de ellas —“Me cansé”, con Zoe Gotusso— que se decidieron por su nuevo productor: el argentino Nico Cotton, conocido por su trabajo con Cazzu, Conociendo Rusiam, María Becerra y Wos. “Queríamos terminar la gira para cambiar la estética de todo”, suma Brancciari.
A ese proceso se le sumó la refundación de Elefante Blanco, un impulso clave. “La zanahoria era llegar a grabar un disco en nuestro nuevo estudio”, asegura. De ahí, además, nació el título. “El nombre tiene que ver con lo caótico de lo que es una mudanza y con el contexto en general. Florece en el caos habla de encontrar belleza dentro de tanto revuelo. Y las canciones, muchas veces, son ese refugio; es el lugar donde uno puede abstraerse”.
El estudio no fue el único cambio detrás del álbum. Según relata Brancciari, por primera vez no llegó a los ensayos con maquetas trabajadas ni ideas cerradas sobre texturas. Esta vez, las canciones nacieron de un punto más primitivo: grabaciones caseras de guitarra y voz hechas con su celular. “Como de fogón”, dice.
La decisión modificó el proceso por completo. “Fue una cuestión de tiempo y de confianza”, dice. “Como compositor, sé que la banda puede desarrollar lo que quiera y me va a gustar; confío plenamente en los gustos de todos y hacia dónde vamos”. También hubo una razón menos visible pero igual de determinante. “El tiempo, también. Preferí hacerlo así y disfrutar del verano con mi hijo”.
Ese método, claro, tiñó el resultado. Florece en el caos recupera la urgencia de Suenan las alarmas (2017) y la traduce en un sonido todavía más áspero, de esos que dan gusto escuchar en vivo. “Es como si todos tocáramos arriba de la guitarra de la maqueta; eso le da un pulso más crudo”, explica. “Somos nosotros tocando, sin demasiadas vueltas ni sobreproducción”.
La apertura marca el tono desde el primer instante. “Halcones y payasos” irrumpe con un arranque arrollador: un crescendo de guitarras y batería que desemboca en un riff que destila rabia. En la letra, dedicada a “un payaso servil”, asoma la resistencia: “Ya estuvimos así, ya salimos de cosas peores”. Ese tono también atraviesa “Todo mal”, grabada con Ciro Martínez, donde el hartazgo amenaza con desbordar: “Un día la paciencia se nos va a agotar y todo va a explotar”.
Florece en el caos no se limita, sin embargo, a los tiempos turbulentos. Varias canciones exploran los vaivenes de una relación y encuentran puntos altos como “En mil pedazos”. Sobre un ritmo bailable y un fraseo de aparente inocencia, Brancciari dispara de sus uno reclamos más directos: “¿Vos quién te creés que sos? / Te sentís con el derecho de tratarme así, / Aquí traigo el corazón que me mandás a reconstruir, / Estallado en mil pedazos”.
Las luminosas “La noche de ayer” y “Si el mar me ve” son candidatas a hits del álbum, mientras que en “No somos nosotros” el concepto del disco se vuelve carne. La letra describe una situación desesperada (“Si vos te vas no tengo incentivos”) y es en ese caos interno donde aparece la luz: cuando la canción parece terminar, se abre a una potente coda instrumental, con la banda elevando el tema y cargándolo de energía.
En ese gesto resuena lo que Brancciari canta en el estribillo de “En llamas”, el primer adelanto del disco: “Hay una canción que sigue sonando, / y que me deja el corazón en llamas”.
“Cartas por jugar”, que completa el álbum, lo reafirma. Grabada con músicos de la SUSI —la orquesta con la que la banda presentó su show filarmónico en Montevideo—, la canción envuelve a Brancciari en un colchón de delicadeza con una frase de despedida que suena a invitación a volver a empezar: “Te juro, no quise ofenderte, / te pido perdón”.
Una vez más, la belleza se impone a la oscuridad.
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