Yami Safdie tiene un vínculo breve pero intenso con Uruguay. Solo cantó dos veces en Montevideo, pero ambas quedaron asociadas a momentos clave de su recorrido. En 2024 llegó a La Trastienda para presentar su primer show propio fuera de Argentina, y un año después volvió como invitada de Camilo para cantar “Querida yo”, el dueto que amplió el alcance de su música, en vivo en el Antel Arena.
Ahora suma un nuevo capítulo. Este viernes regresará con un concierto rodeado de varias primeras veces: debutará en el festival Medio y Medio de Punta Ballena, dará su primer show del año y abrirá la gira de presentación de Querida yo, su tercer disco, que hasta julio la llevará por España, República Dominicana, México, Paraguay y los festivales Lollapalooza Argentina y Chile.
“No podía haber mejor manera de arrancar el año”, comenta a El País la cantante de 28 años. “El público uruguayo tiene energía y pasión, y a la vez una tranquilidad y una paz que hacen que un show sea muy especial”. Esa escucha es clave para una propuesta como la suya, que apuesta a la intimidad: un recital pensado como la extensión de su mundo creativo, donde el escenario recrea el instante en el que nacen las canciones —en su cuarto, con la escritura como diario íntimo— y convive con un costado más onírico.
En la previa del show, que tiene entradas en venta en RedTickets por 1970 pesos e iniciará a las 21.30, va esta entrevista.
—Tu nuevo disco retoma y reformula la búsqueda de SUR, tu álbum anterior: vuelve a dialogar con ritmos latinoamericanos, pero esta vez desde un gesto más austero, llevado a la esencia; apenas dos guitarras y tu voz son suficientes. ¿Cómo surgió ese enfoque?
—En SUR hubo una búsqueda para que ciertos instrumentos dialogaran con la raíz latinoamericana a lo largo de todo el disco, y en Querida yo el desafío fue el contrario: despojarnos prácticamente de todo para seguir trabajando mi concepto de intimidad y poner el foco en las letras. Fue algo que se dio de manera natural. “En otra vida”, una de las primeras canciones que escribí para el disco, al principio tenía muchas más capas e instrumentos, pero al escucharla sentía que era demasiado. Yo vengo de las redes, de una conexión muy directa con la gente a partir de la guitarra y la voz, y ahí hay algo que me hace sentir que, tal vez, no necesito mucho más. Entonces empezamos a sacar capas y apareció el concepto de Querida yo: ¿qué pasa si, en lugar de sumar, sacamos? Que quede solo lo mínimo e indispensable para que se cuente la historia, que es lo más importante para mí.
—La canción “Querida yo” es una carta a tu pasado, un recordatorio de que el esfuerzo vale la pena. ¿En qué momento de tu vida estabas pensando cuando la escribiste?
—En varios, pero sobre todo en la Yami de la cuarentena. En esa época sentía mucha incertidumbre y miedo a fracasar, a no poder cumplir mi sueño de vivir de la música. Pensaba en esa Yami que se sentía perdida y escribí “Querida yo” como una forma de decirle: “Che, tranqui. Al final, va a estar todo bien”.
—La canción recuerda el mensaje de “No llores”, de SUR: “Tengo un sueño que me llama, / desde pequeña una llama / que dentro mío siempre arde”. ¿Qué tan importante es volver a esa convicción cuando las cosas se ponen difíciles?
—Muy importante. Soy una persona muy insegura, y creo que la mayoría de los artistas lo somos; por eso buscamos tanto el aplauso y la aprobación de los demás. Cada tanto vuelvo a escuchar “Querida yo” porque necesito recordarme que tengo que bajar un cambio, confiar en mí y en esta pasión por la música. Y, como canto en “No llores”, siento que si uno tiene una llama es por algo: hay una misión en los sueños de cada uno. Cuando lo necesito, vuelvo a esa confianza y a esa fe de que, si nací con este deseo, es por algo.
—¿Por qué creés que el público se identifica tanto con tus letras?
—Creo que la gente valora que sea real y sincera. Hay cierta valentía en animarme a contar cosas de las que no se habla tanto, en abrir mi diario íntimo a través de las canciones. Me parece que eso se agradece, porque es lo mismo que me pasa cuando escucho música de otros artistas que me representan: te hacen sentir acompañada, y eso es hermoso. A veces la vida se pone complicada, y cuando escuchás una canción que habla de lo que sentís, todo se vuelve más llevadero.
—“Odio odiarme” y “Botox” son dos buenos ejemplos: ahí aparece una mirada muy cruda sobre el cuerpo, el paso del tiempo y la autoexigencia. ¿Cómo surgieron?
—Nacieron de tener un mal día, de mirarme al espejo, odiar lo que veo y darme cuenta de que no me siento cómoda con mi cuerpo. Es algo que muchas mujeres sentimos desde la adolescencia, porque es una sociedad que nos condiciona a mirar todo el tiempo el defecto y lo que nos falta. Esa programación la tengo muy internalizada y la trabajo todo el tiempo, pero a veces me gana y es muy frustrante. Una simplemente quiere sentirse bien y no sabe cómo. Entonces, estas letras me sirven para desahogarme y procesar emociones complejas, y quizás para calmarlas un poco.
—En ese sentido, “Luis” transforma en canción el odio que recibís en redes. Ahí la ironía es clave, tanto en la letra como en la aparente inocencia de la música. ¿En qué momento te diste cuenta de que ese era el foco que necesitabas?
—Me gusta mucho la ironía en la música porque soy irónica en la vida. “Luis” surgió un día en el que estaba leyendo muchos mensajes de “Luises” y me dieron ganas de contestar. Pero no daba, como dice la letra, responderle a ese Luis que está tirado en su sillón y se enoja porque otros son felices, pero él no. Entonces me salió ir por un costado más humorístico, para quitarle peso a los comentarios y, a la vez, no darles tanta importancia.
—Hace poco contaste, durante una entrevista con La Nación, que un encuentro con Chris Martin fue fundamental para enfrentarte al hate. ¿Cómo recordás ese día?
—Fue increíble. Además, me agarró en el peor momento del año, porque estaba recibiendo una oleada de odio completamente desmedida. Todos los días me llegaban mensajes deseándome lo peor, e incluso amenazándome. Era un mundo nuevo al que tenía que acostumbrarme, así que ese día yo estaba con un humor medio raro... (hace una pausa).
—¿Cómo fue la dinámica?
—Fue algo superíntimo, en Miami, con un grupo de artistas emergentes. Estábamos como en un fogón, todos sentados en el piso y tocando la guitarra. En un momento preguntó si queríamos hacerle alguna pregunta y aproveché para plantearle esto del hate, a ver si me podía iluminar. Lo primero que hizo fue reírse y después me dijo que Coldplay también recibe mucho hate, pero que lo toma como el precio a pagar por poder hacerle bien a un montón de gente con su música. Esa fue la conclusión: hay cosas que no dependen de nosotros y siempre va a haber un lado malo. Hay que cambiar el foco y centrarse en la música y en la gente a la que sí le hace bien lo que uno hace.
—Así como ese encuentro con Chris Martin, ¿qué otros intercambios con colegas o conquistas te hicieron confirmar que estás yendo por el camino indicado?
—Uff, tengo muchos encuentros que atesoro. Grabar “Querida yo” con Camilo fue muy especial porque es un gran referente para mí. También conocer a Dua Lipa y ni hablar de la nominación al Latin Grammy, que era un sueño que tenía hace años. Pero, sobre todo, los momentos que más me sirven son los del encuentro con la gente. El otro día me encontré con una fan que me sigue hace mucho y me contó que tuvo un intento de suicidio, y que durante su recuperación escuchaba “Querida yo” todos los días porque la motivaba a seguir adelante. Eso, para mí, vale millones. Mucho más que todos los Grammys del mundo.
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