Isabel Coixet estrena “Tres adioses” en Uruguay: una película sobre la muerte que termina celebrando la vida

La directora catalana conversó con El País sobre la adaptación de los relatos de Michela Murgia, su vínculo con la finitud, el trabajo con Alba Rohrwacher y las dificultades que aún enfrenta en la industria.

Isabel Coixet.
Isabel Coixet.

Isabel Coixet atiende el Zoom con El País desde Barcelona y lo primero que se nota son sus peculiares gafas, un rasgo distintivo de su figura. A esa marca registrada personal ahora hay que agregar que, como entrevistada, es simpática y piensa sus respuestas.

Considerada una de las grandes directoras europeas, esta catalana de 64 años comenzó su trayectoria en la publicidad y como crítica de cine, antes de debutar en el largometraje con Demasiado viejo para morir joven (1988).

Desde entonces, ha construido una filmografía marcada por la intimidad, el silencio y una mirada europea que a menudo cruza fronteras: títulos como Cosas que nunca te dije (1996), Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2005) o la inglesa La librería (2018), con la que ganó dos premios Goya, incluyendo los de mejor película y dirección.

El motivo de la charla con El País es el estreno local de Tres adioses, su última película. Rodada en una Roma que es bella pero no turística, es una adaptación de una colección de relatos de Michela Murgia, quien hizo una crónica de sus últimos días después de ser diagnosticada con un cáncer terminal.

Aquí la historia pasa por Marta (la siempre notable Alba Rohrwacher), quien, tras separarse de su marido, recibe un diagnóstico fatal. Decide encarar el último tramo de su vida con una actitud positiva y así Coixet consigue una película luminosa y llena de amor, más que de oscuridad y dolor.

Sobre eso, la directora de gafas estrambóticas charló con El País.

—¿Se le ha hecho costumbre esto de adaptar libros?

—No sé si es una costumbre. Leo muchísimo y no crea que siento tantas veces las ganas de adaptar un libro. Hay libros maravillosos —ayer acabé uno de esos: Los nuevos, de Pedro Mairal— y, sin embargo, no pienso en adaptarlos. Los libros tienen una especie de mensaje con tinta simpática, que hace que me llamen. También escribí muchos guiones originales. Lo que ocurre es que para un productor —gente con poca imaginación— es mucho más fácil comprar los derechos de un libro porque ya se lo imaginaron en su cabeza. Esa es la razón por la que los cineastas adaptamos libro.

—¿Y cuál es su acercamiento a una adaptación?

—No te diré que he mejorado los libros, pero sí que con muchas de las novelas que adapté hice un trabajo absolutamente creativo. No es una traducción a la pantalla, sino una interpretación muy personal.

—¿Y cómo se nota eso en Tres adioses?

—Piensa que es un libro de 14 relatos, del que escogimos dos y medio y en el que, además, la mitad de los diálogos no están en la película. Entonces, no es que sea una manía ni una obsesión la adaptación. De alguna manera, desde un punto de vista pragmático, los productores sienten que tienen ahí una especie de control aunque no controlen nada, al menos en mi caso.

"Tres adioses".
"Tres adioses".
greta de lazzaris

—¿Cómo asumió esa libertad a la hora de adaptar Tres adioses?

—Cuando lees algo que te toca, hay que tener muy claro por qué te toca. Y, sobre todo, qué parte de ti se siente movida por eso y qué parte tienes que traicionar para llevarlo a la pantalla. Aquí no quería que fuera una película sobre la muerte ni sobre la enfermedad. Quería que fuera sobre qué es estar vivo. Y eso es algo que tuvo la autora, Michela Murgia, hasta el final. Tres meses antes de morir, empezó a aprender coreano, un detalle que me gustó muchísimo y por eso lo incorporamos a la historia. Ahí está la clave: estaremos muertos en el momento en que dejemos de respirar. Y ese es el tiempo que tenemos para hacer lo que queremos hacer, o lo que sentimos que queremos hacer, para aprovecharlo hasta el último nanosegundo. Alguien de su entorno me lo contó y fue el motivo por el que decidí hacer esta película.

—Tiene cercanías con anteriores trabajos. Pienso en el corto Bastille y, obviamente, Mi vida sin mí. Son temas que la vienen rodeando...

—Desde pequeña tenía muy presente la finitud de la vida y que esa conciencia de finitud me iba a acompañar. Soy la persona menos hipocondríaca del mundo. He tenido cosas graves, como todos los de mi edad, pero no estoy obsesionada con la muerte. Mientras sintamos que estamos vivos, estamos vivos. Y eso es algo que me ha acompañado siempre.

—Por eso la película termina con un chiste en el medio de los créditos finales...

—Sé que la gente se siente muy conmovida por la película y lo agradezco, y me parece muy bonito. Pero yo también tengo el punto de decir: “Vale, estamos viviendo estas dos horas pensando en todo lo que tenemos que hacer ahora y no dejarlo para pasado mañana, pero ese es momentáneo y se nos va a olvidar enseguida”.

—Sarah Polley, Emily Mortimer, acá Alba Rohrwacher. ¿Cómo es su trabajo con actrices así de fuertes?

—Tengo que poder ser absolutamente honesta con una actriz. Sé que un director, una directora, tiene que ser coach, mamá, psicóloga, hermana mayor de los actores. A mí me parece bien eso. Estoy dispuesta a ser todo eso. Pero también tengo que tener una afinidad. Hay actrices que a mucha gente le gustan muchísimo y que conocí y pensé que no tienen la humanidad que necesito. A excepción de Penélope Cruz, no trabajé con estrellas, pero sí con grandes actrices muy sensibles, muy inteligentes, cultivadas. No sé muy bien cómo dirijo a las actrices y a los actores. Lo que sí sé es que tengo un dispositivo que me permite entenderlos, saber lo que necesitan. Y eso también es una cuestión de empatía, de entrega y de práctica.

"Tres adioses".
"Tres adioses".
Foto: Greta de Lazzaris.

—Un rasgo es la fotografía de Guido Michelotti y el aspect ratio cuadrado. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Qué Roma quería mostrar a través de ese formato?

—Eso quizás era lo que más miedo me daba a la hora de hacer este proyecto: no enseñar Roma como una turista. Es un formato que remite a las películas de Ettore Scola, pero no a las de Fellini. Es más doméstico, más humilde. Tanto Fellini como Sorrentino no son romanos y llegan a Roma con una fascinación de gente de provincias. Eso no lo tenía. A mí Roma me encanta, pero la Roma de barrio, del señor de 85 años que aún abre su café cada día a las seis de la mañana y que te empieza a saludar a partir de la décima vez que has ido. Una Roma más modesta, más cercana a la de Nanni Moretti.

—¿Cuál es la línea que une todas sus películas?

—Mis películas son muy diferentes, pero sí creo que tienen una coherencia interna que cualquiera, con un poco de atención, si se pone a verlas una detrás de otra, puede encontrar. Hay un hilo sobre la condición humana, sobre la soledad, sobre los retos, sobre los errores, todas cosas profundamente humanas.

—Este es un tiempo muy femenino del cine español. Alauda Ruiz Prada, Carla Simón. Pensaba lo sola que se debería haber sentido usted hace 30 años...

—Sí que te sientes sola. He estado en competición oficial de Venecia, Berlín y Cannes, siendo la única mujer. Ahora es diferente, sí aunque podría ser mejor. Sinceramente, pensaba que en este momento de la historia esa cosa tan cacareada de la paridad ya sería real pero en el último Festival de Venecia ha vuelto a haber solo una mujer. Y luego esta cosa como ridícula de: “Como la presidenta del jurado es una mujer, pues le da el premio a esta”. Es todo el rato como disminuir. No digo que todas las mujeres seamos genias. Somos tan genias o tan mediocres como los hombres, pero, por favor, déjennos nuestro sitio y ya está. Es todo lo que pido. Me parece muy raro que el señor que selecciona en Venecia no haya encontrado películas tan buenas o tan malas dirigidas por mujeres. Me parece una aberración, porque hay muchas y muy interesantes. Es un aburrimiento. Hay un momento en que dices: “A ver, hice ya 16 películas, alguna más me queda por hacer, no sé si muchas”. Y todo el rato recordar esto, pedir los mismos presupuestos, las mismas oportunidades.

—¿Cómo está su lugar en este ecosistema del cine? ¿Cuánto cuesta producir sus películas?

—He sido siempre una outsider. Pero pienso que mi carrera es un auténtico milagro porque no me gustan las fiestas, no me gustan los festivales, no me gusta el glamour, no me gusta todo lo que no sea estrictamente cinematográfico. Ir a estos festivales donde no puedes ver películas, donde todo es glamour tan falso, me aburre lo más grande.

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