Es un premio al que todos hemos aspirado en cierta forma, pero que, a su vez, parecía lejano, incluso inalcanzable”, dice Claudia Anselmi, la artista visual que acaba de ganar el Premio Figari.
“Por su extensa trayectoria como artista y docente, es una de las artistas de mayor relevancia de la generación de la dictadura (...) Un recorrido que, sin interrupción, le ha valido distinciones y premios en nuestro país y en el exterior”, según establece el acta del fallo de la 35.ª edición del Premio Figari.
Ese recorrido comenzó como “dibujante prodigio”, como la definió Nelson Di Maggio, precoz alumna en el taller de Nelson Ramos, integrante del Club de Grabado y del taller Malvín de Mirta Nadal de Badaro. Fue parte de “El Dibujazo”, un movimiento de ilustradores, y desde hace más de 35 años dirige el taller Cebollatí, “desde donde mantiene viva la disciplina del grabado a pesar de las conocidas carencias en nuestro medio al respecto”, de acuerdo al acta del jurado.
“Sin prisa y con pausa venció en la tenaz tarea de construir una estructura plástica que fuera algo más que la mera habilidad”, escribió Di Maggio en su Diccionario crítico de las artes visuales en Uruguay. “Pasó del plano al volumen, en una serie de cajas que la notabilizaron, donde dio una versión opresiva de la realidad. Empleando varias técnicas (arena, papel, cuero, dibujo, monocopia), logró en instalaciones complejas una voz propia”.
Ese texto es de 2013 y, desde entonces, Anselmi no ha parado de explorar nuevos territorios, como quedó claro en Uróboros, la muestra retrospectiva que se exhibió en setiembre de 2022 en el Museo Juan Manuel Blanes. Allí estaban algunas constantes (los bosques, por ejemplo) de una trayectoria difícil de encasillar.
Sobran los motivos, entonces, para que Anselmi haya merecido el Figari, el premio instituido en 1995 por el Banco Central del Uruguay y al que oficialmente se lo define como el “principal reconocimiento institucional a la trayectoria de las artes visuales en Uruguay”. La muestra de Anselmi que acompaña la entrega del premio se inaugurará el 11 de noviembre en el Museo Figari.
Sobre todas esas cosas, una tarde prometedoramente veraniega, Anselmi recibió a El País en el acogedor Taller Cebollatí. Este es un resumen de la charla.
—¿Pensaba que el Figari iba a llegar un poco más adelante en su carrera?
—Estos reconocimientos llegan más tardíamente en las mujeres. No sé bien por qué. Aunque algunas cosas se están alineando en los últimos años, si miro la nómina de los catálogos de colegas —a los que respeto muchísimo—, me parece que también llega en distintas etapas de las carreras. A mí me tocó esta y la disfruto muchísimo. Es algo muy importante para mí. Fue un aluvión ese fin de semana: gente que hacía muchos años que no veía, colegas, amigos y, sobre todo, gente con la que he ido trabajando a lo largo de estos casi 55 años de trabajo. Fue mucho amor, emoción y reconocimiento. Agradezco muchísimo la acogida y la alegría.
—Llega cuatro años después de Uróboros, la muestra retrospectiva del Blanes.
—Ahí ya estaba buena parte de todo el recorrido. Era imposible poner todo en esa exhibición en el museo, pero fue una muestra muy grande en la que trabajé de una forma muy interesante: tener acceso a trabajar con restauradores, el equipo de fotografía, la directora, el equipo del museo. Todo eso que hace posible una exposición. Ese tipo de trabajo —en el que cada uno pone lo máximo— suma a la muestra, que deja de ser solo mía.
—¿Esa idea de lo colectivo, de la horizontalidad, ha estado siempre en su obra?
—Es una forma que empecé a transitar desde el Club de Grabado. Desde ese momento, yo misma puedo ir haciendo como etapas de la carrera. La formación fue con Nelson Ramos, que para mí fue el maestro, pero tuve tantos maestros, aunque pueda no haberlos conocido o ido a sus talleres. También está cómo se va moldeando la personalidad. Empecé muy chiquita y me fui formando en la vida con cada pasaje.
—¿En qué etapa de su carrera la encuentra el premio?
—Después de Uróboros vino como una meseta, como una forma de asimilar el haber revisitado tantos años, seleccionado obras y también desestimado otras porque no era el enfoque que yo quería en ese momento. Ahora puedo mostrar otras cosas y el premio es un gran incentivo para hacerlas.
—¿Y cuáles son esas cosas?
—Estoy trabajando con otros sustratos y otros materiales. No solo pintura, dibujo o grabado, sino que son hilos. Va a haber alguna pieza en la muestra. La puerta está abierta hacia otra cosa.
—¿Cómo llegó a los hilos?
—No es tan raro. Vengo de una familia en la que hubo mujeres que trabajaron en distintas áreas. Una abuela muy cercana trabajó para el London Paris, haciendo vestidos, uniformes y ropa de muñecas. Mi madre cosía. Y todo eso convivió conmigo. Cuando mi abuela vino a vivir a casa, trajo su máquina de coser, su pasión por las muñecas. Yo iba corriendo a su cuarto y empezaba a meterme en ese mundo. Y mi abuela paterna dibujaba y fue al Círculo de Bellas Artes. Conservo dibujos de ella y siempre tuve una gran admiración por el oficio del dibujante. La línea me atrapó.
—No es casualidad lo de El Dibujazo, entonces...
—Ese fue un término de María Luisa Torrens para definir una generación con la que me siento totalmente identificada. Aunque por mi edad me correspondería otra. Le pasó lo mismo a Nelson Ramos, que era más joven que los de su generación. El Dibujazo surge en torno a la Galería Palacio Salvo de Enrique Gómez.
—Etariamente, su generación sería con la que fue a la Bienal de San Pablo siendo muy joven...
—Me encontré en mi medio por edad y por inquietudes plásticas. Fidel Sclavo y Fernando Álvarez Cozzi fueron importantes para mí: cuando volvimos de la Bienal expusimos los tres en la Galería del Notariado de Nancy Bacelo. Eso fue en 1982. Y a partir de ahí iniciamos un camino juntos. Yo estaba en esa plenitud de estar exponiendo, presentándome a concursos, interactuando y también conformando mi opinión. Una opinión que ya venía gestándose desde el taller de Nelson, donde se desarrollaba un espíritu crítico. Después, en el Club de Grabado, el saber fue mucho más compartido.
—¿Cuál siente que fue un momento bisagra en su carrera?
—Abrazo un cambio importante desde la exposición en 1995 en Casa Gandhi. En aquel momento que tenía con la obra anterior es la interacción con el público.
—Necesito que me cuente cómo fue que pintó el Cilindro Municipal.
—¡Eran 7.000 metros cuadrados de muro! Cuando salió el concurso, enseguida invité a Beatriz Battione y Lala Severi para armar el equipo. Había que estudiar desde el punto de vista arquitectónico cómo estaba emplazado, qué había, qué signos y símbolos, cómo era para el barrio y cómo se iba a imponer. Fue increíble estar ahí. Cada una de las partes del mural miraba hacia un lugar diferente de la ciudad y, por lo tanto, estaba separado por colores y por dibujos, se implosionaba en el espacio.
—¡Y lo derrumbaron!
—Marco Maggi me dijo: “Tenés una obra implosionada”. Y López Lage me mandó un mensaje que decía: “Hoy cayó un mural”. Y era verdad. Fue muy fuerte ver implosionar una obra mía.