No hay preámbulos. Al entrar a la inmensa sala del teatro Gran Rex de Buenos Aires, un aroma espeso a cacao atrapa las fosas nasales e invade el cuerpo. Es el primer bocado de una propuesta que, desde el vamos, avisa que no se va a quedar a medias tintas. Minutos después, las luces bajan y la golosina se vuelve visual.
Hay espectáculos que se digieren rápido y se olvidan a la salida, pero Charlie y la fábrica de chocolate es de los que se quedan impregnados para toda la vida. Es una invitación a reencontrarse con la infancia durante un buen rato, a través de una puesta en escena que desafía los límites de la imaginación: sobre las tablas hay ardillas gigantes que ejecutan una coreografía, un televisor al que se puede entrar por el costado de la pantalla y salir convertido en una versión en miniatura, y hasta un ascensor transparente que levanta vuelo para recorrer el aire de la platea ante los ojos encandilados de la gente. No por nada se convirtió en el gran suceso de la cartelera porteña que lleva convocando a más de 100.000 espectadores.
Hay cuatro elencos infantiles que rotan en cada función. En esta, el encargado de sostener la ilusión sobre sus hombros es el pequeño Mateo Argibay. Con 14 años, le aporta al personaje de Charlie la dosis justa de dulzura y una naturalidad que le permite ir con la misma comodidad desde una emotiva canción sobre la falta de su padre hasta un cuadro repleto de entusiasmo por conocer los ingredientes secretos del chocolatero estrella.
Su Charlie es el contrapeso perfecto para Agustín "Rada" Aristarán, que ya demostró la química infalible que tiene con los niños en School of Rock y ahora descolla como un Willy Wonka que convierte en propio. El dueño de la fábrica conserva la excentricidad que conocemos de las películas, pero el actor le suma los trucos de magia que suele hacer en televisión, una personalidad más irreverente propia de estas latitudes y una cuota de humor ácido que el público agradece.
A esta estructura monumental llegó Sebastián Almada. El actor uruguayo venía con el paladar entrenado y conocía los antecedentes de la productora en este mismo escenario con éxitos como La Sirenita o la mencionada School of Rock. Sin embargo, tomó noción de la dimensión del proyecto el día que asistió en persona para las fotos promocionales y la marquesina. Al ver la magnitud de vestuario, maquillaje y la infinidad de personal técnico coordinado detrás de escena, cayó en cuenta de que la advertencia de sus colegas era real: era el equivalente a jugar en la NBA.
Al comediante le toca ponerse en la piel del abuelo Joe, que exhibe un tierna relación con el niño protagonista y comparte idas y vueltas delirantes con Wonka. El artista, que trajo varios de los recursos que tiene incorporados de su carrera musical a la obra, está nominado como mejor actor a los Premios Pinti del teatro argentino por este entrañable personaje.
La entrevista con Almada ocurre entre bambalinas, en el corazón del gigante de la Calle Corrientes. Mientras por la puerta del camarín desfilan algodones de azúcar gigantes y elementos de utilería que parecen salidos de un sueño, el actor no para de sorprenderse e invita a mirar el escenario vacío, casi con la misma fascinación que su personaje.
En diálogo con El País, el artista analiza esta experiencia única en su carrera, pero también se permite salir de la fábrica para meterse en la realidad: se refiere al reciente conflicto en su canal de streaming Blender, recuerda la emotiva pérdida de Julio Frade, habla de su vínculo con Marcelo Tinelli tras los escándalos y repasa el sabor amargo que dejó el desempeño de la selección uruguaya en el Mundial.
-¿Cómo te llegó la oportunidad de sumarte a una mega producción como Charlie y la fábrica de chocolate?
-Fue a través de una audición cerrada. Me pasaron el material, me llamaron para audicionar y desde el principio creí que iba a funcionar. Me gustó mucho el proyecto. Había visto la primera película hace años y me había encantado.
-¿En qué momento tomaste real conciencia de la escala del proyecto en el que te estabas metiendo?
-En el shooting, el día que nos sacamos las fotos para la marquesina. Cuando vi el despliegue de maquillaje, vestuario y todas las áreas, me di cuenta de que iba a ser increíble. Es como jugar en la NBA. Yo ya venía advertido por compañeros como Osvaldo Laport, que trabajó en esta producción. Pero el impacto definitivo fue en el primer ensayo, cuando nos juntamos para leer el libro. El lugar era gigante y estábamos en una mesa infinita de unas 150 personas. Cada uno se iba presentando con un micrófono explicando qué hacía en su área. Ahí pensé “esto es un monstruo”.
-En la obra sos el que más tiempo interactúa con el niño protagonista, pero los elencos infantiles van rotando, ¿cómo es esa dinámica de trabajo?
-Tenemos cuatro elencos de niños, lo cual es muy cansador porque hay que ensayar todo cuatro veces. Además, cada niño, si bien hace el mismo personaje, tiene una personalidad diferente y con todos hay que trabajar mucho para lograr el resultado. Los cuatro “Charlie” son mis cuatro nietos en la obra. Para conectar de entrada con ellos tuve que hacer un laburo especial, les enseñé un saludo secreto que solo hacíamos el abuelo con los Charlie y algunos códigos inventados. Logramos una unión espectacular. Ahora llegan al teatro y me dicen: “¡Hola, abuelo!”. No soy Seba, soy su abuelo.
-¿Es muy distinto armar una dupla actoral con un niño que con un adulto?
-Es que ellos vienen a jugar, no vienen a trabajar. Hay uno de los Charlie que está tan metido en la obra que por momentos yo creo que realmente se siente dentro de la fábrica de chocolate. Pero al mismo tiempo son tremendos profesionales. Al tercer ensayo ya se sabían su letra y la de todos los compañeros. A esa edad sos una esponja y adquirís el conocimiento enseguida.
-¿Tu faceta como músico te ayudó frente a un musical de este tipo?
-Muchísimo. Las canciones de la obra son bastante complicadas, pero una vez que le agarrás la mano, fluye. Ser músico me ayuda tanto para cantar como para bailar. Lo que más se desgasta son las cuerdas vocales, porque cantar ahí es como hablar por tres. Y venimos haciendo hasta tres funciones por día. Es un ritmo bravo, pero se disfruta y pasa volando. La temporada termina el 2 de agosto.
-Formás parte del canal de streaming Blender en medio de un clima de tensión por reestructuras internas. ¿Cómo lo vivís?
-Estoy hace tres meses en Blender, no me siento un personaje del canal. No conozco su historia, no sé la coyuntura. Conocía a mis compañeros de programa y a los que pasaban por ahí. Pero somos como una isla y no sabemos qué quilombo hubo. Firmamos una solicitud para que reincorporen a estos compañeros (que desvincularon) por una cuestión de solidaridad, pero sin estar metidos en la interna. Si nosotros no íbamos a hacer el programa, iban a echar también a nuestro equipo, a los técnicos y productores, así que lo seguimos haciendo.
-El año pasado hiciste streaming con Marcelo Tinelli, justo mientras atravesaba una crisis familiar que lo obligó a levantar el programa, ¿cómo fue esa experiencia?
-Estuvo bueno, pero a mí no mata el streaming. Y justo él estaba en un momento familiar horrible. Yo lo conozco hace tantos años que nuestra relación es muy cotidiana. Capaz que no nos vemos por un año, dos o diez, pero nos juntamos y seguimos charlando exactamente de lo mismo que dejamos la vez anterior. Esta vez no tuvo esa mística de “la vuelta a la televisión” porque era un streaming. Fue normal, una linda experiencia que quedó ahí. Él tuvo que optar en su momento por seguir con el laburo o acomodar las cosas familiares, y eligió lo segundo, lo cual me pareció perfecto.
-¿Cómo estás viviendo el Mundial en Buenos Aires, tras el fracaso de Uruguay y el éxito de la selección argentina?
-Recaliente. Y acá en Buenos Aires, imaginate, todo el mundo festejando. Yo amo a la Argentina, tengo dos hijos argentinos, me dan trabajo y hoy formo parte de la producción teatral más grande del país. Pero en el fútbol hincho por Uruguay. Después de que se fue Uruguay, me puse contento por mis hijos, mis amigos y mis compañeros, sobre todo por lo castigado que está este pueblo; la única alegría que les pueden dar es que ganen. Pero yo solo grito los goles de Uruguay, ni en pedo grito el gol de otro.
-¿Qué balance o lectura hacés de lo que pasó con la selección?
-No conozco los pormenores. Lo que sé es que me gustaría un director técnico uruguayo para el próximo proceso. Veníamos de una camada de la Sub 20 que había sido campeona del mundo y siento que eso se desperdició. Me dio mucha lástima que no se siga ese proceso.
-Hace poco partió Julio Frade, la última gran figura de la camada de artistas que integró tu padre Enrique. ¿Cómo te pegó la noticia?
-Me quedé muy triste. Yo me encontraba con Julio y al hablar con alguien de ese elenco de algún modo sentía que estaba vivo mi viejo. Quedamos huérfanos de esa generación. De aquel primer grupo solo está Pelusa Vera. El sello de los uruguayos en Buenos Aires lo dejaron ellos, no nosotros. Cuando los argentinos dicen “los uruguayos”, se refieren a Ricardo Espalter, a Eduardo D’Angelo. El otro día vino Beto Casella al streaming y me contaba que era fanático. Fueron inolvidables.
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