A sus 31 años, la hermana Domitila Tamo está cumpliendo uno de sus más añorados deseos. Cada martes apronta el bolso para el largo viaje de Tacuarembó a Montevideo. Viene a estudiar instalaciones eléctricas. El curso le lleva cuatro horas. Después regresa al hogar de ancianos donde vive junto al resto de la compañía de Las hijas de la caridad San Vicente de Paúl. El viaje de vuelta se le hace más corto que el de ida. Son otras cinco horas, pero en el camino se entretiene repasando lo que aprendió en la clase, se imagina resolviendo una emergencia que se suscite en el hogar, porque en Tacuarembó —cuenta Domitila— es muy complicado conseguir electricista.
Que una monja estudie un oficio técnico es llamativo para sus compañeros de la Escuela Ma-pa. También sorprende mucho en su entorno. Varios jóvenes le preguntan qué tan útil es para conseguir trabajo, y si es tan peligroso como suena.
—La mayoría de las religiosas somos remiedosas, entonces ellos piensan que soy miedosa con la electricidad pero no es así. Yo estoy tranquila, lo disfruto tanto como el resto de mis compañeros —dice la religiosa nacida en Bolivia.
El curso tiene una duración de seis meses. Parece poco, pero para terminarlo Domitila hizo una promesa: no faltar aunque las 10 horas arriba del ómnibus la dejen agotada. Es un “sacrificio” que vale la pena, dice: “Yo siempre tuve el deseo de aprender oficios para estar preparada cuando las cosas suceden”.
Después de egresar, espera que su superiora la autorice a inscribirse en carpintería. Otro de los oficios que por estos días está viviendo un potente renacer.
El auge es generalizado.
Se equivoca el que piense que el caso de Domitila es un hecho extraordinario. En los salones de las escuelas técnicas la diversidad entre los alumnos está siendo cada vez mayor. Las edades se mezclan. Se suman más mujeres en oficios que antes eran puramente masculinos, como en mecánica automotriz y en construcción. En algunos institutos, el menú de cursos se triplicó. Creció tanto la demanda que en las opciones más populares se abren dos, tres, cinco grupos en simultáneo.
Los alumnos llegan por distintas razones. La mayoría busca una salida laboral rápida. Están aquellos que quieren airearse de su rutina. O encarar la autoconstrucción de sus viviendas. Y están los decididos a reconvertirse.
Estos últimos protagonizan una especie de camino inverso: dejan la oficina y el trabajo computarizado por oficios tradicionales que un tiempo atrás habían pasado a ser una opción secundaria. Ahora resulta que el mercado laboral los solicita cada vez más. Que debido a la demanda insatisfecha los salarios se revalorizan. Y que son empleos blindados contra la amenaza de la sustitución por la inteligencia artificial.
Por primera vez entre los inscriptos, además de las personas que vienen de sectores con menores ingresos, son notorios los perfiles con educación terciaria, de ámbitos administrativos y comerciales, incluso trabajadores vinculados al software que encaminan este plan b guiados por la percepción de que en los oficios hay una estabilidad laboral.
En la cúspide de la era digital, miles se están formando para volver al trabajo con las manos.
Se busca plomero
A las cuatro de la tarde de un martes la Escuela Ma-pa está desierta. El movimiento empieza después de las seis, pero nada se compara con el desfile de estudiantes de los sábados. Decenas vienen desde el interior profundo y pasan el día en los cursos intensivos de ocho horas, explican los directores Bruno y Melina Mieres, hijos del matrimonio de psicólogos que fundó la escuela (de ahí el origen del nombre, madre-padre).
—Hay mucha gente que tiene otro trabajo y que hace esto para dejarlo, o para tener algo propio— cuenta Bruno a El País.
Eligen oficios cuya inversión inicial en herramientas no sea tan costosa, para empezar a sumar un extra trabajando de forma independiente. Hoy por hoy, una apuesta fija es instalación de aire acondicionado: un curso corto, con un costo que ronda los 40.000 pesos y “se paga solo”, considerando que la instalación de un equipo se cobra de 4.000 a 6.000 pesos.
El otro grupo predominante es el de los que perdieron el trabajo y buscan una formación exprés —cuanto más breve mejor, insisten los alumnos— en un rubro con alta demanda.
—Algunos te llaman y te dicen “¿chapa y pintura, o barbería?”. O directamente te preguntan para elegir el curso: “¿qué es lo que más sale?”
Esos casos abundan.
—Ahí lo que hacemos es preguntarles qué es lo que más les gusta, porque tampoco van a hacer una cosa que no les gusta solo por el hecho de que sea fácil conseguir trabajo— apunta el director.
Si fuera por eso los grupos de sanitaria estarían desbordados. “La demanda del mercado laboral está, pero no hay interés de las personas”, cuenta un directivo del instituto técnico profesional IADE. Otra forma de verlo es así: mientras sigan siendo pocos, será cada vez más redituable convertirse en plomero.
Qué piden, qué pagan
La educación formal (UTU) y las distintas escuelas técnicas consultadas para este informe coinciden en que la demanda de los cursos creció después de la pandemia, especialmente en el último año. Eso es así. Después están las particularidades que cada instituto capta al afinar la mirada sobre su alumnado.
Que los interesados que siempre estuvieron en la vuelta ahora sí dan el paso, se inscriben en el curso y efectivamente lo hacen, opina un directivo de IADE. “El público está aumentando porque está el cuco de que la informática no es lo que era antes y está despidiendo a mucha gente”, agrega. Que los oficios habían quedado atrás como “un camino para el desarrollo profesional y económico” y ahora hay una revalorización, “un poco por la caída de la informática y otro poco por una superpoblación de profesionales universitarios”, opina la misma fuente. Y que por eso se nota una baja en el promedio de edad de los alumnos. Si solían tener entre 25 y 50 años, últimamente empezaron a inscribirse más chicos. Que llegan porque hay una realidad y es que falta mano de obra en oficios.
Un análisis que la consultora de recursos humanos Advice realizó especialmente para este informe confirma un incremento sostenido en la demanda de oficios técnicos. En 2025, fue de un 13% en comparación con 2024, según datos del Monitor Laboral que elabora.
“El crecimiento de la demanda está impulsado principalmente por el dinamismo en la construcción, el crecimiento de proyectos inmobiliarios y logísticos, y también por la mayor necesidad de mantenimiento e instalaciones en empresas de otros sectores como retail, industria y servicios que requieren perfiles técnicos para soporte operativo, lo que amplía aún más la demanda más allá de la obra tradicional”, profundiza el estudio.
Hay una demanda insatisfecha, especialmente cuando se requiere un nivel de capacitación alto. La reclutadora de personal ManpowerGroup describe un escenario de “desbalance bastante claro” entre la oferta y la demanda, que se explica porque durante muchos años hubo menos personas formándose en estos oficios. “Hoy es relativamente difícil cubrir este tipo de posiciones. En los procesos de selección vemos que los tiempos para cubrir estos roles son más largos y que hay menos candidatos disponibles por vacante”, indica el vocero Diego Caresani.
Muchos de los técnicos ya tienen empleo o trabajan de forma independiente. “Eso hace que el universo de candidatos disponibles sea más reducido y que las empresas tengan que ser más flexibles o competitivas para atraerlos”. Una curiosa similitud con lo que sucedía unos pocos años atrás en la industria del software.
En el caso de oficios más calificados, como electricistas, sanitarios o carpinteros con experiencia, los ingresos suelen posicionarse entre 45.000 pesos y 75.000 pesos nominales mensuales, pudiendo ser superiores en perfiles con alta especialización o amplia experiencia, relevó esta consultora. “En la práctica, también vemos que los salarios reales que se ofrecen en el mercado suelen ubicarse en torno a un 20% por encima, especialmente cuando se trata de perfiles con experiencia o disponibilidad inmediata”.
Ante la necesidad, las empresas solicitan perfiles a las escuelas. Estas llamadas son cada vez más frecuentes. Los más demandados son instalación sanitaria, electricidad, carpintería, refrigeración comercial y mecánica automotriz.
El boom de la mecánica está directamente relacionado al incremento de la venta de autos. Es el curso más popular del instituto de enseñanza EUCI. El costo anda por los 78.000 pesos, informan. Y cuentan que estas aulas están cada vez más llenas de mujeres.
Cada vez más específico
Es la primera clase de albañilería del año y el docente, acuclillado en el piso, explica cómo se hace un cimiento. Levanta un muro de cinco ladrillos de alto y advierte las precauciones que hay que tomar con la humedad. Los alumnos lo rodean. Todos llevan un casco en la cabeza. Están atentos. Le hacen preguntas. Más preguntas. El grupo es variado: se cuentan tres mujeres y el resto son hombres de diferentes edades y perfiles. Uno de ellos es Guido.
Guido tiene 30 años. Es economista. Le interesa el negocio de los bienes raíces y se le ocurrió que, si algún día se dedica a eso, le va a servir entender cómo es el trabajo de un albañil para pedir los presupuestos. También se proyecta haciendo alguna obra en su casa, dice.
En el fondo se está dando un gusto.
—La verdad es que soy un romántico de los oficios. Y mal no me viene, capaz que con la inteligencia artificial se acaba todo y terminamos todos siendo electricistas o albañiles —dispara.
Siguiendo el pulso de la demanda, los institutos van alterando el menú de cursos. Salen unos, entran otros. Fibra óptica es un boom del pasado: afuera. Soldadura resurgió a partir de la instalación de las papeleras: adentro. ¿Cerrajería? Un clásico entre hombres después de los 50. “Dicen que es una materia pendiente”, cuentan los directores de Ma-pa.
Las modas cambian, pero un imbatible es la albañilería y todos sus derivados. En la UTU, que anda por los 104.000 estudiantes (desde los que hacen capacitaciones profesionales bien específicas, bachillerato, hasta carreras de nivel terciario), construcción en yeso encabeza el top de las populares. Es decir: colocar tabiques de yeso para hacer divisiones internas en las construcciones, lo que antes se resolvía levantando una pared.
Líber Trindade, director del Centro de Capacitación Técnico (Cecatec), asegura que el motor principal de estos cursos es la autoconstrucción de la vivienda. Lo explica así: más que obra nueva se construye en reformas y ampliaciones. Las familias que no pueden costear la contratación de profesionales, o las que han tenido malas experiencias contratándolos, eligen hacerse cargo del trabajo. Presentando la certificación en cursos además pueden tramitar jugosas exoneraciones en el Banco de Previsión Social, agrega.
“Me pongo a estudiar, lo hago con mis propias manos, lo hago en familia y me ahorro dolores de cabeza aunque me lleve más tiempo”, resume Trindade la lógica que hay detrás de esta demanda. En ocasiones, la pareja se divide entre cursos: el hombre albañilería y la mujer electricidad residencial, cuenta.
Los más entusiastas continúan estudiando y se capacitan en cursos más específicos. Es que los sistemas cambian. Como el steel framing (estilo de construcción en seco que utiliza un acero liviano), o el isopanel (que usa poliestileno expandido), o el wood framing (esta vez las estructuras son de madera).
En todos los oficios surgen nuevos materiales, nuevas herramientas o se actualizan los sistemas mecánicos, lo que exige sus respectivas capacitaciones.
“Cada vez más personas en sus casas, como empresas, como sectores, todos demandan oficios más especializados”, apunta Fernando Ubal, director técnico de gestión académica de la UTU, institución que pasó de tener 20 carreras terciarias a 80. “La especialización va haciendo que también las formaciones tengan sus diversificaciones”, dice Ubal.
Así, la refrigeración comercial es una cosa, pero dominar la técnica en cámaras frigoríficas es otra, y en heladeras comerciales una distinta. La carpintería general es más bien algo del pasado o una elección del que busca un hobby; el que quiere capitalizar el conocimiento buscará un curso en diseño y construcción de muebles o en diseño y construcción de viviendas en madera, apunta Ubal.
De hecho, desde Advice señalan que los salarios más altos se concentran en oficios con mayor especialización, “donde el mercado paga una prima por conocimiento específico y capacidad de resolución autónoma”.
Según la Encuesta de Remuneraciones, un aprendiz cobra en promedio 44.668 pesos nominales por mes y un oficial albañil 65.299, mientras que un foguista cobra 77.585 pesos y un oficial electricista 83.586 pesos.
Rinde la especialización, de eso no hay duda. Pero en el amplísimo mundo de los oficios no todos llegan en busca de un título. Están los que necesitan tomarse un respiro y eligen “reencontrarse” con el trabajo manual. Y si después termina convirtiéndose en un trabajo, eso ya será cosa del destino.
Programador/carpintero
El olor terroso de la madera puede volverse adictivo. Este grupo de carpintería nivel uno es variopinto. Salvo un par de personas la mayoría parece estar midiendo, cortando y lijando madera por placer.
Mariana alista los trozos de lo que será un taburete. Lo usará en su casa. Está concentrada, apenas levanta la vista de una tabla para decir que esto para ella es un “escape”.
—De estar todo el día en la computadora a tener acá un tiempo de cuatro horas enfocada solo en la madera, y que en esta tarea todo lo demás desaparezca.
El trabajo manual ya le ha dejado algunas enseñanzas. “Los humanos somos imperfectos, la madera es imperfecta y esas dos combinaciones requieren de mucha paciencia y perseverancia”, dice.
La madera también cambió la vida de Gonzalo Langwagen. Trabajaba en software y estudiaba programación, pero sus planes cambiaron de rumbo después de pasar una temporada de un taller de carpintería. Se compró las primeras herramientas, empezó a armar objetos sencillos, hasta que con un amigo construyeron una silla de diseño holandés. Una para cada uno. Les quedó tan bien que tuvieron sus primeros encargos.
Gonzalo terminó la carrera, pero ya lo había conquistado la carpintería. Creó Rudimentario (junto a un socio), un emprendimiento de diseño mobiliario que se convirtió en su medio de vida.
—Siento que estar sentado en una computadora nunca fue para mí, y le fui encontrando el gusto a esto que ahora me encanta —dice Gonzalo.
En la UTU, el otro pico de demanda que se constata es el de los oficios artísticos que se dictan en las escuelas que Ubal agrupa bajo el nombre “las Figaris”.
“Tenemos a muchos adultos que vuelven a estos oficios, sobre todo a la pintura, la escultura, la joyería, no tanto para una reconversión laboral sino más bien como una forma de querer encontrar espacios de creación”, dice.
Volver a usar las manos.
Ver qué es lo que pueden hacer.
Esta faceta también como una parte del cambio cultural que está revistiendo a los oficios: una perla más de su oportuna y merecida revalorización.
Oficios: están blindados ante la inteligencia artificial
El resurgir de los oficios tiene un valor particular en el contexto actual del mercado laboral, que empieza a dar señales de incidencia de sustitución de algunas tareas (fundamentalmente en la industria del software y servicios globales) por inteligencia artificial. Según los analistas de Advice, el incremento de la demanda de los oficios técnicos “es especialmente relevante en un contexto en el que el mercado laboral está tendiendo a los extremos, en términos del nivel de calificación de los empleos: la demanda crece más en puestos de muy alta y muy baja calificación (ejemplo: ingenieros de inteligencia artificial y repartidores), mientras la zona de calificación media, en general, tiene un menor dinamismo relativo y está más expuesta a la automatización de procesos (típicamente, empleos de escritorio, de soporte operativo: cognitivos, estandarizados, digitalizados y relativamente automatizables).
Sin embargo, en esta zona media (que corresponde en general a un nivel de formación superior a secundaria, sea técnica o terciaria no universitaria), también se encuentran los oficios, que están, podríamos decir, blindados ante la disrupción de la inteligencia artificial porque, si bien están complementados por tecnología, implican necesariamente presencialidad y trabajo físico”.
Aunque la demanda crece, la oferta no va a la par. “Conseguir trabajadores calificados en oficios es difícil. Hay demanda insatisfecha, especialmente cuando se buscan perfiles con experiencia comprobable y autonomía. No es tanto un problema de cantidad de personas, sino de adecuación al perfil que buscan las empresas y/o particulares: cumplimiento, capacidad de trabajo en equipo y, en muchos casos, formalidad en los procesos.”
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