Resulta que ahora mismo los alumnos ideales en las carreras universitarias son las personas mayores de 60 años. Los jubilados —aunque sobre todo son jubiladas— que vuelven a estudiar. Es un estudiantado cada vez más numeroso tanto en la educación formal como en la que no lo es. La proyección de los referentes de ambos ámbitos es que su ingreso a las aulas seguirá creciendo y exigirá rediseños de las titulaciones y nuevas propuestas que pongan el foco en el desarrollo del aprendizaje que también ocurre en la vejez. Porque esta podría ser la llave para un envejecimiento más sano, plantean los expertos.
Eso mismo intuyó Laura (68) cuando decidió retomar la carrera de psicología que había comenzado 35 años atrás. En ese entonces venía de obtener tres títulos como traductora, tenía una hija chica y trabajaba en un colegio como docente. Asistir en el horario nocturno a las clases presenciales que se dictaban a varios barrios de distancia de su casa se volvió un compromiso imposible. Y abandonó.
Ya le llegaría la revancha.
Una vez jubilada volvió a estudiar. Primero se inscribió en una de las propuestas gratuitas que la Intendencia de Montevideo ofrece a esta población. Cinco años participó del taller Agitando neuronas. Pero sus compañeros eran todos mayores y ella quería estar entre jóvenes. Le preguntó al profesor qué opinaba de que ingresara a la Facultad de Psicología.
—Me parece bárbaro —le dijo él.
Ella le retrucó:
—Pero estoy vieja
—¡Qué vas a estar vieja! ¡Andá!
En enero de 2024 se presentó en bedelía y explicó que ya había cursado antes, más de tres décadas atrás. La buscaron en el sistema y ahí estaban todos sus datos. No tuvo que llevar ni un documento.
—No tuve que llevar nada, y yo le digo, ¿y la foto?
Le dijeron:
-—No, no, ya está.
—¡Pero es de hace 35 años!
Que así estaba bien, le insistieron.
—¿Y el carné de salud?
Que no, no es necesario.
—Pero, ¿ni siquiera el carné de salud? Y dije bueno ta, me meto.
Además le comunicaron que debido a su trayectoria universitaria le iban a exonerar una materia introductoria.
—¡Encima eso! ¡Me regalaron una materia! —recuerda Laura.
Ya era un hecho: volvería a estudiar.
Entonces llegó marzo con el comienzo de clases y la vergüenza. “Yo decía ‘son todos jóvenes, me van a mirar con cara rara’, y no, al contrario, es una facultad muy abierta. Vos sos uno más, tengas 20 o tengas 80. He tenido que hacer clases presenciales con compañeros, armar grupos para trabajar y me han aceptado lo más bien, que era mi miedo”, cuenta.
Sus compañeros más jóvenes le enseñaron a actualizarse con la digitalización —desde las inscripciones a las materias, hasta las pruebas virtuales y las clases que se dictan por zoom—, mientras que ella suele encargarse de mejorar la estructura de los textos que entregan y exponen y redactar las reflexiones finales de los trabajos. Más de una vez le preguntaron si podían incluirla en el equipo para el siguiente trabajo, cuenta Laura. “Les podés aportar muchas cosas a la gente joven y no te rechazan, me di cuenta. Te escuchan, te respetan y yo aprendo de ellos”.
¿Qué le costó de volver a estudiar? Encontrar un método de estudio propio, después de tantos años. “Yo tenía que ver cómo funcionaba mi memoria, si podía retener los conceptos y fue un descubrimiento que aumentó mi autoestima”, dice. “Descubrí que podía y que me iba bien. El año pasado exoneré materias.”
Está empezando segundo año, es decir que va a un ritmo algo más lento que sus compañeros. “Me puse objetivos realizables, fue muy importante para no frustrarme porque si empezás con metas inalcanzables te podés desanimar y esta es una edad en que te desanimás fácilmente. Voy de a poco, sin la presión que tenía cuando era joven. Si pierdo un examen lo doy de nuevo, y si no lo salvo bueno, por algo será. Esto para mí es dis-fru-tar, es tener un espacio para mí a esta altura de mi vida, que no está terminada”.
A esta edad hay que tener un proyecto, dice. “Y mi proyecto es este”.
Empezar una carrera
El alumnado de los adultos mayores no es una rareza para quienes frecuentan la Universidad de la República (Udelar). El propio rector Héctor Cancela recuerda que desde que ingresó en 1986 siempre los ha visto en los pasillos y en las aulas. “Me he encontrado con otros estudiantes que en muchos casos eran mayores de 60, no en grandes cantidades pero siempre han habido y cada tanto uno ve noticias de gente que se recibe arriba de los 70, 80 años. Creo que es una cuestión maravillosa de Uruguay, de tener una universidad gratis y abierta para quien quiera estudiar en el momento de la vida que así lo decida”, dice.
Las inscripciones en la Udelar en general vienen creciendo, plantea Cancela y puntualiza: “Pero las de los mayores de 60 años están creciendo más rápidamente que el promedio general”.
Habrá que ver si se convierte en una tendencia como ya lo es en distintos países europeos. Allá hay universidades diversificando sus propuestas para esta población, experiencias que Uruguay está tomando como inspiración. Los datos aportados por la Udelar en la respuesta a un pedido de acceso a la información realizado por El País indican que en los últimos cuatro años el número de ingresos aumentó y además se amplió la cantidad de carreras escogidas por adultos mayores. En 2025 ingresaron 176 para cursar 48 carreras. En 2024 habían sido 141 y en 43 carreras. En 2023, 108 ingresaron a un total de 33 carreras. Un año antes, en 2022, habían sido 116 los inscriptos para cursar 40 carreras.
Repasando la información de 2025, las carreras seleccionadas van desde arquitectura (2) a contador público (1); de la licenciatura en matemáticas (2) o en física (2) o en geología (1) o en gestión ambiental (1) en la Facultad de Ciencias, a abogacía (11) o relaciones laborales (4) o notariado (4) o relaciones internacionales (1) en la Facultad de Derecho. Fueron 16 los que se inscribieron en la Facultad de Información y Comunicación: en archivología (3), bibliotecología (4) y comunicación (9). Dos se apuntaron en la carrera de doctor en medicina, uno en la licenciatura de laboratorio clínico y un en obstetra partera. Tres en la Facultad de Química, 10 en Ciencias Sociales, seis en Ingeniería.
Es heterogéneo el interés de los adultos mayores pero hay tres facultades que son las grandes favoritas. En 2025, 55 ingresaron a la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación —en particular para estudiar antropología (12), historia (12), filosofía (9) y corrección de estilo (6). Quince ingresaron a Psicología y 16 a la Facultad de Artes, que en 2026 volvió a registrar un salto en esta matrícula. En marzo pasado ingresaron allí 18 alumnos mayores de 60 años, conformando un total de 85 personas que cursan de manera activa algunas de las carreras. Cincuenta y nueve entraron al Instituto de Bellas Artes, 23 estudian danza contemporánea y tres música.
“Hay una cuestión de tradición con Bellas Artes, en muchos casos es una segunda carrera, o una carrera postergada con una orientación vocacional”, dice el decano Fernando Miranda. Esta franja representa apenas el 3% del alumnado de Artes (3.000 en total), “pero por los aportes que hacen gracias a su experiencia de vida consideramos que son una riqueza para la facultad”, dice.
Está próximo a firmar un convenio con el MSP y otro con ASSE para trabajar con población envejecida en dinámicas diferentes a las académicas, y además se está analizando el proyecto español del Aula de la experiencia para aterrizar una dinámica similar en su facultad.
Aunque en general los egresos de los adultos plus 60 son escasos en la Udelar —entre 19 y 27 cada año, de 2021 a 2024—, Artes tiene los suyos. El viernes pasado Miranda entregó 40 títulos a egresados en las orientaciones en dibujo y pintura. Uno de ellos era adulto mayor.
Una segunda oportunidad
En la Facultad de Humanidades convive una tensión entre los “estudios libres” —“es decir, el saber por el saber mismo, cosa que me parece muy bien”, dice el decano Nicolás Duffau— y las personas que cursan como una posibilidad de salida laboral. Por eso se está revisando los planes de estudios vigentes pensando en establecer titulaciones intermedias, una iniciativa ideal para los alumnos más grandes.
Aunque los hay que egresan, la circulación de la población “extra edad” es un factor histórico en este ecosistema, que por lo menos tiene tres o cuatro décadas. Según el decano, está directamente relacionado al tipo de carreras, que no solían ser asociadas a un mercado laboral. En la jubilación, entonces, se elige estudiarlas como “una segunda oportunidad”.
“Me pasó como docente, un escribano jubilado que me dijo que toda la vida había querido estudiar historia pero que el padre lo había obligado a hacer notariado. Ahora que se había jubilado por fin podía”, cuenta el decano. Otras veces, como profesor de la licenciatura en historia, le ha ocurrido de terminar hablando de acontecimientos que esa población vivió. Ahí la pulseada es entre la historia y la memoria.
Puede pasar en estos pasillos compartidos por alumnos de distintas generaciones de escuchar a alguna persona mayor quejándose de que no hay fotocopiadora mientras que los alumnos más jóvenes leen todos los materiales desde su celular. En un aula, los docentes ven cómo unos sacan apuntes en cuadernolas y otros en su notebook. Y está la distancia entre el uso y el desconocimiento del ChatGPT. Aún así, trabajan muy bien juntos.
Algo parecido sucede en Psicología: se empezó a notar el incremento cada vez más evidente de estos alumnos cuando cambiaron el plan, allá por 2013. Mónica Lladó, docente e investigadora especializada en envejecimiento, señala que las motivaciones que expresan son la actualización y por otro lado saldar un pendiente, “la idea de la postergación”. Esto sucede especialmente entre las mujeres.
Por lo general los estudiantes mayores son exprofesionales. El perfil más común es de excontadores, escribanos, maestras, nurses y profesores. “Tenés al estudiante inseguro y al sabelotodo, que interviene constantemente, diciendo lo que piensa, que se pasa haciendo relacionamientos, o se queja ‘porque en mis tiempos se usaba otro autor’. Pero algunos jóvenes son iguales”, apunta. “Son los estudiantes ideales para nosotros, porque son muy aplicados, preparan para las clases, estudian siempre más allá, no solo el texto que les damos”.
Cada vez más se encuentran adultos mayores que van en busca de una nueva vida profesional. Entre los egresados de los últimos cuatro años, 15 son de Psicología. A Lladó le tocó dirigir la tesis final de grado de tres personas mayores, de las cuales una está ejerciendo. “Es razonable también, porque en términos de proyecto de vida si vos te jubilás con 60, 65 años y tenés una expectativa de vida por delante de 30 años más, necesitás algo que te llene”.
Además está el asunto de la socialización. La estadística indica que 37% de las personas mayores viven solas.
La universidad feliz
Son las tres de la tarde de un miércoles y la casa central de UNI 3 se está llenando de alumnos. Antes de ir al salón se anuncian con la recepcionista: es su forma de pasar la lista en cada uno de los 129 cursos que se dictan en esta institución sin fines de lucro, orientada a la organización de actividades culturales educativas para adultos mayores.
Ahora mismo empiezan tres: latín, un curso sobre África y otro de literatura brasileña que dicta Ney Fernandes, profesor brasileño que está enseñándole a un grupo cómo analizar un cuento. En la clase son todas mujeres menos un varón. Cada alumno analizará un cuento de autor brasileño empezando por Clarice Lispector, siguiendo con Joaquim Machado de Assis.
En otra habitación, Andrés Pereira, unos de los fundadores de UNI 3 en 1983, dicta una clase por zoom de Historia de la Cultura. Se entusiasmó y se pasó de hora. Termina la clase. Mira el reloj: tiene 20 minutos para la entrevista antes de ir a buscar al nieto al colegio.
—Avanti —dice, guiando a su prolijísimo despacho.
En Montevideo, UNI 3 tiene tres locales a los que asisten 1.800 afiliados. En la Costa de Oro van por 1.200. En todo el interior —con excepción de Flores—, de forma independiente, también hay casas en las que se estiman hay otros 8.000 inscriptos. Nunca fueron tantos. Y ni así alcanza para todos los interesados. “Siempre estamos excedidos de demanda. Entre 300 a 400 personas quedan afuera todos los años, desde hace mucho tiempo”, dice Pereira.
¿Debería entonces el Estado apoyar cediendo un nuevo local en comodato, como dos de los que tienen en la capital? “No se puede crecer más, no se debe crecer más, porque entonces se pierde, se diluye una cantidad de temas”, dice el presidente de la directiva. “Lo que nosotros les decimos a las autoridades es que tienen que crear más instituciones del tipo de UNI 3, que nosotros podemos ayudarlos en el encausamiento y en el know how de cómo armarlas”. Algo de eso están trabajando con Inmayores, en el Tercer plan nacional de enjevecimiento y vejez, adelanta Pereira.
UNI 3 se autofinancia con una módica cuota mensual de los socios. Los docentes -llamados animadores- son voluntarios. De estos también hay lista de espera, especialmente de profesores universitarios jubilados deseosos de compartir sus conocimientos. “Acá nadie tiene que venir a estudiar. Acá se viene a disfrutar. El que quiere leer algo, el que quiere profundizar, lo hace por su cuenta. Acá compartimos conocimientos”, dice Pereira.
Como Raquel (77), exodontóloga y docente universitaria de bioquímica que una tarde a la semana está al frente de la biblioteca, es alumna y también animadora. Da el curso Compartiendo viajes. Ahora mismo prepara una clase sobre la ciudad italiana de Lecce y otra sobre la Antártida, cuenta con los ojos brillantes.
—Cuando llego a casa después de estar acá, yo vuelvo contenta —dice.
Acá algunos llegan por recomendación de sus médicos. “Es fundamental el tema de la socialización porque es una etapa de la vida en que hay pérdidas continuas. Acá venís y normalmente después se van a tomar un cafecito, se van al cine, al teatro, y se vuelve a reconstruir una red de sustento que viene a compensar esa red despedazada por las pérdidas”, dice el director. Los vínculos que se hacen son incluso más importantes que el aprendizaje que se adquiere.
Nueva curiosidad
La Universidad Católica lanzó el programa UCU Sénior en octubre pasado imaginando que tendría entre 20 y 30 estudiantes, “pero fue una locura y vamos más de 300 membresías”, dice su director Facundo Ponce de León. El éxito fue tal que llevaron el programa a Punta del Este y tienen a Salto en la mira.
La propuesta fue creada para personas mayores de 60 que quieran empezar o retomar la vida universitaria, pero a diferencia de la Udelar acá se desprenden de la idea tradicional de la carrera.
No hay exámenes, no se pasa de año, ninguno egresa: “Se aprende”. Hay ateneos y hay cursos de ocho clases. Los cursos se nuclean en cuatro áreas: Arte, cultura y sentido —“que básicamente son las humanidades”—; Ciencias, tecnología y salud —“ahí tenés desde una introducción a la inteligencia artificial a una materia de plasticidad neuronal para vejez activa”—; Uruguay y el mundo —“hay toda una cuestión entre lo geopolítico y lo histórico”— y una cuarta área que es Ocio, tiempo y recursos, “que trabaja desde finanzas personales al manejo del tiempo libre.
Rodrigo Álvarez dicta la materia Finanzas para la vida y se encontró con un alumnado preocupado por el retiro: “Cómo iban a hacer para cubrir su costo de vida con la jubilación que iban a recibir. Esa era una preocupación latente. Otros parecía que el tema ya lo tenían resuelto y era más por curiosidad intelectual”, cuenta. “Como docente lo que me pasó es que aprendí yo muchísimo más que ellos porque cada uno tenía una experiencia para contar que era sumamente rica sobre cosas prácticas”, dice, refiriéndose a que en el aula había desde exgerentes de empresas, bancarios jubilados, hasta personas que no tenían formación terciaria.
Por otro lado, Javier Mazza, a cargo del curso Tecnología y lo que somos, dice que “ese supuesto inicial de que el que viene a aprender es porque no sabe y el que enseña es porque sabe de lo que enseña, empieza a romperse cuando se empieza a trabajar con este alumnado”. “El balance se invierte” y “la planificación de la clase se va al demonio”, explica. Se trata de dejarse fluir como docente, sin las presiones de la educación formal, como los alumnos que tiene enfrente. “Tienen una curiosidad distinta a la de los jóvenes. Es como una satisfacción como de función vital existencial”. Dice: “Sentarse acá a aprender, para ellos, es como un espacio de realización personal”.
“Te abre mucho la cabeza en la aceptación de cosas distintas”
“Hay un determinado momento en que hay una cantidad de tiempo disponible que es cada vez mayor. Y el tema es qué hacemos con ese tiempo. Hoy por hoy, a nivel general, algo que maneja todo el mundo es que ese tiempo puede ser utilizado en forma provechosa y en forma que nos llena de alegría y de autoestima, dedicándonos a cosas que nos gustan, a cosas que teníamos en el debe y no habíamos podido hacer y todo lo demás”, dice Andrés Pereira, director de UNI 3 en Montevideo. “Eso ha marcado fundamentalmente a las mujeres más que a los hombres. A los hombres les cuesta mucho trabajo reordenarse y reconstruirse después de la pérdida de su rol fundamental, que fue el rol laboral y de sustento”, concluye.
Laura, por su parte, cree que la experiencia de retomar los estudios universitarios a los 66 años “le abrió la cabeza”. Así lo explica: “Para mí desde el punto de vista social es ir a una facultad a encontrarme e interactuar con gente sobre todo joven. Me sirvió mucho para darme cuenta de cómo funcionan muchas cosas del mundo que nunca me había detenido a reflexionar. Estoy pensando más en los procesos económicos, en la historia, en la filosofía; reflexiono de dónde nacieron las cosas, pienso en el origen de las cosas. Creo que te abre mucho la cabeza por ejemplo en cuanto a la diversidad que para algunas personas mayores es difícil de aceptar. Yo tengo todo tipo de compañeros. Se te abre mucho la cabeza en la aceptación de cosas distintas que no están dentro de tu construcción cultural”.
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