LA PELÍCULA DE LA CAMPAÑA

Luis Lacalle Pou planeó la revancha, confió en su método y se apegó al guion

En la campaña de Lacalle Pou no hubo casualidades ni improvisación. Hubo tormentas, sí, que al final terminaron siendo "solo espuma”. Él nunca se desvió del plan, que incluyó aprendizajes de 2014.

Luis Lacalle Pou
Luis Lacalle Pou. Foto: Fernando Ponzetto

Cinco años atrás, las horas previas al balotaje encontraban a Luis Lacalle Pou protagonizando una pesadilla. Pero todo había empezado como un sueño. Impensado para muchos, pero perfectamente realizable para él, que incluso en la intimidad de cuatro paredes les aseguraba a los de su círculo privado que estaba convencido de sus chances de ser presidente.

El sueño arrancaba en enero de 2012, durante un congreso del sector herrerista —por entonces llamado Unidad Nacional— en el que se ponía en común que el político de más aceptación de esa ala del Partido Nacional era él. Ese año recorrería el país para medir su respaldo y conseguiría varios apoyos de figuras potentes por ese entonces: José Carlos Cardoso, José Luis Falero, Armando Castaingdebat, Carmelo Vidalín, Ricardo Planchón. Ya contaba con Javier García y Graciela Bianchi, a quien se había acercado por recomendación de un amigo pese a su pasado comunista. Lacalle sumó los votos que cada uno de los dirigentes conquistados le arrimarían. La suma lo daba ganador frente al experimentado Jorge Larrañaga.

Dibujó el plan en un papel. Proyectó que Pedro Bordaberry votaría igual o más que el 17% de 2009 y siguió soñando. El balotaje con Tabaré Vázquez era cantado y el Partido Colorado le prestaría sus votos para ganar. El desgaste de 10 años de gobiernos frenteamplistas haría lo suyo.

Y se largó. Partió con un 6% de adhesiones pero trepó y trepó en las encuestas. Seguía sin ser favorito pero él confiaba en sus números. Finalmente, en la interna de junio se impuso por 54% a 45% ante Larrañaga. El sueño tomaba forma.

Supo leer los ánimos de los blancos y se permitió flexibilizar el guion: en vez de Carlos Moreira, su vice sería Larrañaga para aunar las dos mitades del partido. En esencia, el plan avanzaba.

No contó con la maquinaria del Frente Amplio, que se rearmó para enfrentar al candidato sorpresa y pegó por varios lados: en su juventud e inexperiencia (40 años de edad, dos períodos como diputado), en los errores del gobierno de su padre (la eliminación de los Consejos de Salarios, el caso Pan de Azúcar), en su estirpe conservadora (la agenda de derechos que no había votado), en su clase social (su educación en colegio y universidad privada, su residencia en La Tahona).

Fueron muchos los golpes, pero nada fue más implacable que la indiferencia y hasta el ninguneo del candidato oficialista. El “pompita” de jabón de Vázquez, la “bandera” de Lacalle en Soriano y otros condimentos —podríamos agregar las debilidades prácticas de “la positiva”, un paro del Pit-Cnt en su contra y unos ministros muy activos en campaña— fueron desdibujando el sueño.

Luis Lacalle y Tabaré Vázquez
Luis Lacalle y Tabaré Vázquez en Melo, 2014. Foto: Paula Barquet

Y Lacalle se chocó de frente contra el mamado que se había despertado del susto y contra un expresidente que transmitía más confianza y liderazgo. El 26 de octubre cosechó solo 30% de los votos y Bordaberry votó cinco puntos menos de lo esperado, con lo cual la probabilidad de remontar una segunda vuelta se desplomó.

En este diario, la nota que resumía su campaña se tituló: “La película de Lacalle Pou: ascenso, clímax y final amargo”.

Hoy, cuando se le recuerda ese momento y relee aquella nota, dice: “Qué increíble. ¡Qué días horribles!”. La película que vive ahora es una muy distinta, y por eso dice: “Lo que no mata, endurece”.

Equipo que pierde.

Como cada jueves previo a las urnas —lo hizo en junio, antes de la interna, y también en octubre, antes de la elección nacional— Lacalle pasa las horas en la sede de su comando de campaña. Ya casi en veda, sin actividades políticas, se encuentra encerrado en su despacho con dos de sus colaboradores más cercanos: Nicolás Martínez, el jefe de campaña, y Roberto Lafluf, el encargado de la comunicación publicitaria.

Abren la puerta y reciben a El País. Bromean con que en esa reunión están “tratando de ganar una elección”. El candidato está distendido y notoriamente contento. Antes de irse, conversan sobre un video que pondrán a circular en redes sociales con parte del último discurso, en el acto de cierre en Las Piedras.

—Yo les hago caso a ustedes. Es lo que hice toda mi vida— dice Lacalle con sonrisa pícara, acercándose a la puerta.

—Mal no le fue— repone Martínez, ya con el candidato prácticamente afuera.

Quizá no “toda la vida”, pero sí los últimos 10 años, Lacalle confió buena parte de sus decisiones de campaña en esos dos hombres. Desde la elección de 2009, en la que su padre perdió contra José Mujica, tanto Martínez como Lafluf pasaron a trabajar con él. Lacalle Pou se quedó con otras dos personas de confianza de Lacalle Herrera: el psicólogo Alejandro Weinstein, especializado en investigación cualitativa, y Oscar Licandro, a quien se le encargaron los estudios cuantitativos.

El comando de campaña que funcionó religiosamente cada lunes en la elección de 2014 se integró con estos cuatro hombres y otros más, como el politólogo Oscar Silveira y el periodista Daniel Supervielle. Y con Pablo da Silveira, el filósofo al que en 2012 invitó a trabajar con él y en quien confió la tarea de coordinar los contenidos programáticos y las propuestas de educación.

También trabajaron con él ya en la elección pasada Azucena Arbeleche y Álvaro Garcé, referentes en economía y seguridad respectivamente.

El golpe de 2014 fue duro, pero los primeros meses de 2015 lo encontraron a Lacalle apreciando el vaso medio lleno: la experiencia ganada tanto por él como por su entorno. Fue entonces que dijo: “Equipo que pierde no se toca”.

El comando se mantuvo casi intacto. Dejó de participar Silveira, se incorporó Aparicio Ponce de León para manejar la prensa y también se sumó Juan Seré, amigo personal de Lacalle y nexo con el mundo empresarial. A la mesa de los lunes se sentaron Arbeleche y Margarita Morales, a cargo de las redes sociales.

Durante 2015, 2016 y 2017, ese equipo siguió trabajando aunque con encuentros esporádicos. A partir de 2018, y hasta esta semana, se reunieron cada lunes de mañana en la sede de campaña que se instaló en Bulevar Artigas y Guaná.

Los que nunca dejaron de verse las caras cada semana fueron Lacalle, Lafluf y Martínez, un trío que jugó con la táctica de la estricta continuidad y la máxima confianza para “darse y cascotearse”, en palabras del jefe de campaña, que afirma: “No hubo un corte. No hubo que armar todo de vuelta. Nos pegamos el porrazo, nos limpiamos, y seguimos. Y ahora, mal o bien, se está plasmando todo eso”.

A su lado, Lafluf agrega: “Cuando miramos al costado —en una buena— vemos que no hay una planificación. Ahí te das cuenta de la espalda que tenés: el peso de lo acumulativo”.

A diferencia de la campaña anterior, desde el vamos se definió que los equipos no se acoplarían a los de quien se sumara a la candidatura tras la interna, como sí ocurrió en 2014 con la Alianza Nacional de Jorge Larrañaga. Esta vez, después de junio solo se agregó a Beatriz Argimón. “No hubo que conciliar nada, por eso no hubo errores”, sostiene Martínez.

Fórmula blanca
Fórmula del Partido Nacional en la noche del 30 de junio. Foto: Fernando Ponzetto

Al igual que en la campaña pasada se planificó cada mes, pero esta vez fueron cinco años. Cada uno de ellos fue estructurado en torno a tres eventos clave: los eneros en La Paloma para armar la agenda anual, los 2 de marzo para presentar propuestas al gobierno, y los julios en Trinidad para celebrar el congreso nacional del sector. Entre medio, se fijaron giras. En 2016 todos los legisladores fueron departamento por departamento, y salieron a recorrer pueblos en duplas. En 2017 les tocó a los técnicos ir por el interior escuchando quejas y pedidos, que luego se volcaron a un “pre-programa”.

En 2014 hubo un trabajo “a lo bestia” en el programa, dicen Martínez y Lafluf, y sobre esa base se profundizó. La actualización sistemática generó una “acumulación gigantesca” que los llevó a sentirse preparados, algo que Lacalle repitió cual mantra. Dice Lafluf: “Yo te puedo asegurar que ese grupo de personas no tienen el conocimiento del Estado, está bien, pero les das la llave, abren la puerta y saben lo que tienen que hacer”.

Luis Lacalle Pou
Luis Lacalle Pou, acto de lanzamiento, marzo 2019. Foto: Fernando Ponzetto

No es cuestión de olfato: la pelea con las encuestadoras

Cuentan Nicolás Martínez y Roberto Lafluf, dos actores clave en la campaña de Luis Lacalle Pou, que con “los chicos de las encuestas” trabajaron mucho y muy bien, pero tuvieron muchas discusiones. Principalmente con Ignacio Zuasnabar, de Equipos, y Rafael Porzecanski, de Opción, a quienes contrataron para conocer los trasfondos de las cifras. “Mirábamos las encuestas de uno y de otro y decíamos ‘están mal, están mal’”, dice Martínez. No porque erraran metodológicamente, sino porque recogían un “estado de ánimo” que era parte del “efecto espuma” de algunos rivales. “Cuando baje, va a quedar la verdad”, anunciaba. Los encuestadores retrucaban que los políticos están “acostumbrados al olfato”, pero que solo transitan una vereda. Martínez miraba el mapa, departamento por departamento, hacía sus cuentas en base a los apoyos recibidos, e insistía:_“No, no hay chance”. Hoy se jacta (medio en broma y medio en serio) de haber confiado en su método.

Espuma, yerba y paciencia.

Algunos años atrás, Lacalle solía pararse frente a la biblioteca de su padre y sentirse completamente abrumado ante la cantidad de títulos que, pensaba, jamás terminaría de leer. Algo le decía que sus virtudes como candidato presidencial iban por otro lado. Se sentía un “experto en seres humanos”.

Sin embargo, hoy en su entorno lo ven “más maduro” y los estudios de opinión indican que es una percepción ampliamente compartida. El libro Once rounds, del periodista Alfredo García, sorprendió hasta a sus más íntimos por la “profundidad” que había adquirido. En esas páginas de extensas discusiones, coinciden Martínez y Lafluf, “está la cabeza de Luis”.
Se dejó atrás “la positiva” y se propuso “un gobierno para evolucionar”. Este concepto no tuvo el impacto esperado porque otros aspirantes a la Presidencia los señalaron como representantes de un cambio “light”, un cambio a medias. Aun así, se mantuvo. Confiaron en “la sustancia” del candidato y siguieron el guion, a pesar de las tormentas que sobrevinieron.

Primero fue Edgardo Novick, recuerda Martínez: el empresario exitoso, la antipolítica. Después fue Juan Sartori, el que parecía respirarles en la nuca y por el que algunos se replantearon si cambiar la estrategia. Y tras la interna fue Ernesto Talvi, a quien las encuestas lo daban mejor en un eventual balotaje. “Nosotros seguimos. Tranquilos que vamos bien”, evoca Martínez.

Sartori con Lacalle y Argimón
Sartori con Lacalle y Argimón durante una gira, tras la interna. Foto: Fernando Ponzetto

Y agrega Lafluf: “De la línea de flotación para abajo, ¿quién te corre? En estructura, laburo, gente trabajando, todo. No había forma. De la línea de flotación para arriba aparece un candidato, tiene determinado éxito, se genera una especie de espuma como decimos nosotros, pero hacés así (simula un corte con la mano), y ¿qué hay debajo?”. Espuma, coinciden.

“Es ahora”, dijeron en junio de la mano de Argimón. “Ahora sí”, reafirmaron en octubre con el respaldo de los excompetidores devenidos en socios de la flamante coalición multicolor. Nada era casualidad. Todo formó parte de esta segunda película de Lacalle en busca de la Presidencia, que incluyó largos encuentros de mucha “yerba y paciencia” con varios de esos dirigentes que durante años frecuentaron en silencio el despacho del senador blanco para tejer los acuerdos que se exhibieron como novedosos hace menos de un mes.

Esta vez, la película de Lacalle fue un plano continuo de escenas calculadas, emociones controladas y cero improvisación. El clímax esperado para el  domingo quedó en suspenso y recién hoy Lacalle puede celebrar un final felíz.

Coalición multicolor
La reclamada foto de la coalición multicolor, sin Novick. Foto: Francisco Flores
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