La historia de Valentino y la tía que lo gestó: siete intentos de subrogación y un solo caso exitoso en Uruguay

Valentino es el único bebé nacido por gestación subrogada en Uruguay. Nueve meses después de su nacimiento, su madre, Valeria, reconstruye el camino: desde la malformación de su útero hasta el momento en el que una de sus hermanas, Sofía, decidió gestar a su sobrino.

En la foto una familia feliz: Valeria y Luis sostienen a su hijo Valentino, junto a su tía Sofía, hermana de Valeria.
En la foto una familia feliz: Valeria y Luis sostienen a su hijo Valentino, junto a su tía Sofía, hermana de Valeria.
Foto: Cedida por la familia.

Valeria Meneses se emociona cuando recuerda el nacimiento de su hijo, Valentino. “Fue el día más feliz de nuestras vidas, no hay palabras, tampoco para agradecerle a mi hermana Sofía”, dice. Cuando este bebé llegó al mundo todo cobró sentido en la vida de ella y de su esposo, Luis Martínez. La espera de casi dos décadas, los intentos fallidos, los años de incertidumbre. Lo tuvo en brazos y en ese instante, cuenta, todo lo demás quedó atrás.

Pero tampoco fue un día más para Uruguay. El 7 de julio de 2025, en el hospital de Tacuarembó, nació el primer niño por gestación subrogada -y, hasta ahora, el único- bajo el marco de la ley que había sido aprobada más de una década atrás.

La norma establece criterios muy restrictivos: la gestación sólo puede realizarse dentro de vínculos de consanguinidad de segundo grado, es decir, entre hermanas o cuñadas. Una limitación que, en la práctica, reduce significativamente las posibilidades de acceso a este procedimiento, según fundamentan varios especialistas consultados para este informe.

En 2013 se sancionó la ley 19.167, que regula las técnicas de reproducción humana asistida. Un año después se le asignó presupuesto y recién en abril de 2015 comenzó a implementarse. Sin embargo, 13 años después, el nacimiento de Valentino expuso el alcance y las limitaciones de un sistema que, en la práctica, ha tenido muy pocos casos concretos.

El director del área de Salud Sexual y Reproductiva del Ministerio de Salud Pública (MSP), Rafael Aguirre, quien participó directamente en el análisis y seguimiento del caso, dice que esta historia no solo marcó un hito sanitario y legal: también dejó al descubierto las “tensiones, vacíos y desafíos” del sistema.

Si bien este fue el primer y único nacimiento, no fue el único intento. En total, la Comisión Honoraria de Reproducción Humana Asistida recibió hasta ahora siete planteos, aunque no todos cumplieron con los requisitos legales o continuaron el proceso. Además, hubo padres de intención -es decir, las personas que buscan tener un hijo a través de la gestación subrogada y que asumirán la filiación del niño- que se arrepintieron en el proceso, y también subrogantes. Un dato que refuerza la idea de que, más allá del avance que representa este caso, “el acceso a la gestación subrogada en Uruguay sigue siendo excepcional”, dice el médico.

Solo en dos casos se llevó adelante la gestación. “En uno de ellos el embarazo no progresó luego de la implantación del embrión y está el que sí se concretó, el de Valentino”, señala Aguirre.

Leonel Briozzo, subsecretario de Salud Pública.
Leonel Briozzo, subsecretario de Salud Pública.
Foto: Estefanía Leal.

Por ahora, el MSP no tiene previsto avanzar en cambios o ampliaciones en materia de subrogación, es decir no proyecta flexibilizar la normativa, como en otros países. El subsecretario, el ginecólogo Leonel Briozzo, dice a El País que “no han habido propuestas en ese sentido” para modificar la ley de fertilidad. Entre los especialistas, además, hay consenso en que, dentro de esta agenda, existen otras áreas más urgentes en las que avanzar, por lo que la subrogación no aparece hoy como una prioridad. Aunque los problemas de fertilidad sean muy comunes. Y, de hecho, cada vez más parejas y mujeres solteras acceden a tratamientos de fertilidad cubiertos por el Fondo Nacional de Recursos, tanto de alta como de baja complejidad. Gestar, sostiene Leonel Briozzo, “es un derecho sexual y reproductivo”. Él mismo participó en 2014 en la reglamentación de esta ley, aprobada con el respaldo de legisladores de todos los partidos políticos.

Solo hermanas o cuñadas

Subrogación en Uruguay: debate pendiente sobre ley “restrictiva”

Para el director del área de Salud Sexual y Reproductiva del Ministerio de Salud Pública, Rafael Aguirre, el caso de Valentino deja en evidencia los límites legales. “La comisión ya ha planteado que la ley es muy restrictiva”, señala. El principal punto en discusión es quiénes pueden ser gestantes. Hoy la normativa limita esa posibilidad a familiares de segundo grado. Pero ampliar ese margen no es una decisión sencilla. “Ahí entran cuestiones éticas, filosóficas, religiosas y económicas”, explica Aguirre.

Criotanque con óvulos congelados del laboratorio del Centro de Esterilidad Montevideo (CEM).
Criotanque con óvulos congelados del laboratorio del Centro de Esterilidad Montevideo (CEM).
Foto: Fernando Ponzetto.

Uno de los ejes más sensibles es el de la compensación económica. Aguirre advierte que no es fácil legislar sin correr el riesgo de que mujeres en situación de vulnerabilidad sean empujadas a someterse a estos procesos por necesidad. Al mismo tiempo, reconoce que en otros países los pagos contemplan no solo una retribución, sino también los costos y el impacto físico, emocional y laboral que implica un embarazo.

Desde la práctica clínica, la ginecóloga Lucía Abulafia coincide. “Es muy estricta”, resume. Y si bien entiende que el objetivo es evitar la mercantilización y proteger a las gestantes, advierte que, en los hechos, la ley termina dejando a muchas personas por fuera. “Hay mujeres que no pueden acceder simplemente porque no tienen una hermana o cuñada”, dice. También quedan excluidos las parejas de hombres. “La ley está pensada para mujeres que no pueden gestar”, señala.

A nivel internacional, el escenario es diverso. Existen sistemas altamente regulados, como en Estados Unidos, con agencias, contratos y procesos estandarizados. Pero también hay contextos más frágiles, donde los vacíos legales pueden dar lugar a abusos. “No todo lo que implica dinero es explotación, ni todo lo altruista está libre de conflictos”, plantea Abulafia.

Incluso en los casos exitosos, persisten zonas grises: quién cubre los gastos, qué pasa si la gestante debe dejar de trabajar, cómo se resuelven beneficios sociales. Por ahora, el tema no está en la agenda inmediata. Pero el precedente ya está marcado.

¡Mamá, mamá!

Hay sueños que no se apagan. Pueden quedar en pausa, agazapados durante años, incluso después de haber sido declarados imposibles. Pero siguen ahí, latentes, esperando su momento. Para Valeria, la maternidad fue durante mucho tiempo eso: un anhelo persistente, una certeza íntima que resistía incluso a la peor de las noticias.

Valeria junto a su hijo Valentino.
Valeria junto a su hijo Valentino.
Foto: Cedida por la familia.

Tenía 16 años cuando empezó a sospechar que algo no estaba bien: no menstruaba. Pasaron los meses, después los años, y el embarazo no llegaba.

Ya entonces estaba en pareja con Luis, hoy de 46 años. Ella tiene 44. Trabajó como empleada doméstica y hoy hace algunas horas de limpieza por semana. Él es obrero de la construcción y básicamente hace changas. Los dos se organizan como pueden para cuidar a Valentino.

Las consultas en Tacuarembó no alcanzaban. “No me sabían decir qué tenía, qué me pasaba”, recuerda Valeria, quien es usuaria de la salud pública. El camino empezó a alargarse: viajes a Montevideo -unas cinco horas de ida y otras cinco vuelta-, las esperas, los estudios, las expectativas. Hasta que, hace unos 20 años, una laparoscopía -una cirugía mínimamente invasiva que permite observar el interior del abdomen- terminó de confirmar lo que ya se intuía: no iba a poder ser madre.

Para la ginecóloga especialista en medicina reproductiva Lucía Abulafia, quien llevó adelante todo el proceso médico y los trámites para que Valentino naciera, el caso de Valeria, Luis y Sofía también tuvo un componente humano excepcional. “Son unos divinos, una familia amorosa, muy comprometida con todo el proceso”, resume. Este dato que puede parece de color, no es menor cuando se va a entablar este camino.

La ginecóloga especialista en medicina reproductiva, Lucía Abulafia.
La ginecóloga especialista en medicina reproductiva, Lucía Abulafia.
Foto: Leonardo Mainé.

¿Pero qué era lo que le impedía ser madre? Valeria padece síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser, una malformación congénita poco frecuente -afecta aproximadamente a una de cada 5.000 mujeres- que implica un desarrollo incompleto del útero. “Ella tiene un útero rudimentario, no funcional para sostener un embarazo”, detalla Abulafia. Sin embargo, sus ovarios pueden funcionar y producir óvulos viables si se extraen a tiempo. En estos casos, la subrogación no es una opción más, sino la única alternativa para gestar un hijo biológico.

La noticia fue devastadora para la pareja. “Fue la peor confirmación, espantosa. No me hubiera gustado recibirla nunca”, dice hoy. Ese sí, “fue el peor día de mi vida”. No cayó en una depresión, aclara, pero estaba en una inquietud persistente, en una sensación de falta de respuesta que la acompañó durante años. El tiempo siguió su curso. La vida también.

A su lado estaba Luis. Están juntos desde los 17 y llevan más de dos décadas compartidas en Tacuarembó. Él esperó. Los dos esperaron. Se fueron “conformando”, dice Valeria, con los hijos de otros: sobrinos, ahijados, niños que llegaban a la familia y que de alguna forma “llenaban” -sin completar- ese espacio.

Luis junto a su hijo Valentino.
Luis junto a su hijo Valentino.
Foto: Cedida por la familia.

A pocos días de haber nacido el bebé, en entrevista con El Observador, Valeria contó que Luis compartía el mismo deseo de formar una familia “propia”. Las comillas no son casuales. “Hay muchos niños que requieren cariño y necesitan una familia adoptiva, pero, antes de ir por esa opción, queríamos intentar un hijo propio”, relató.

Hasta que un día, en una conversación cualquiera, entre mates, algo cambió.

Fue su hermana Carolina la primera en decirlo en voz alta: si podía hacer algo por ellos, lo haría. Son seis hermanos en total -cuatro mujeres y dos varones-, y fue una de las hermanas la que encendió esa posibilidad. La frase, que podría haber quedado en una intención, volvió a abrir un camino. Valeria regresó a su ginecóloga de confianza. Y esta vez la respuesta fue distinta: había una opción. Empezaban a abrirse paso los primeros intentos de gestación subrogada entre familiares.

No había antecedentes exitosos. Pero había una puerta.

Comenzaron los estudios. Para Valeria, para Luis y para su hermana. Durante meses -años, en realidad- el proceso avanzó entre análisis, consultas y decisiones difíciles. Pero Carolina, que inicialmente se había ofrecido, dio un paso al costado: tenía dos hijos y no sabía cómo explicarles que el bebé que crecería en su panza no sería su hermano, sino su primo. Su caso llegó a ser aprobado por el MSP pero no se concretó.

Entonces apareció Sofía.

Tenía 25 años cuando decidió hacerlo. Es hermana de Valeria pero no fue la primera opción: su hija tenía apenas unos meses de nacida cuando Carolina había empezado el camino para ser subrogante. Aun así, no dudó. Se sumó al proyecto familiar con una convicción que, con el tiempo, sería clave para sostener todo el proceso. También, con miedos.

Sofía, Valentino y su mamá Valeria.
Sofía, Valentino y su mamá Valeria.
Foto: Cedida por la familia.

Uno de los desafíos más concretos fue cómo explicarle a su hija -de cuatro años- que estaba embarazada de un bebé que no sería suyo. Sofía eligió no contarlo. Transitó ese tiempo en silencio, disimulando la panza con ropa amplia, esquivando preguntas, sosteniendo una verdad compleja incluso para los adultos.

La psicóloga Liliana Grattarola, que acompañó a las dos hermanas durante el proceso, lo plantea con claridad: “Es la persona más vulnerable”. Y en ese lugar, explica, poner límites no solo es válido, sino también sano y necesario.

Esa decisión -no compartir el embarazo con su hija- fue, justamente, una forma de cuidarla y de cuidarse a sí misma. Aunque tanto el equipo técnico como la propia Valeria consideraban importante hablarlo, Sofía se mantuvo firme. No fue un gesto de ocultamiento, sino de entereza: la capacidad de sostener un límite en un proceso atravesado por emociones intensas, incluso cuando eso implicaba ir a contracorriente.

El tratamiento médico fue largo y exigente. Como los óvulos de Valeria ya no eran viables, recurrieron a una donante anónima, seleccionada por tener características físicas similares a las de ella. El tratamiento -que en el ámbito privado puede costar cientos de miles de pesos- fue cubierto en su mayor parte por el Fondo Nacional de Recursos, aunque la familia asumió algunos gastos. “Fueron muchas ecografías, gastamos unos 70.000 pesos”, dice Valeria.

Desde el punto de vista médico, la técnica no difiere sustancialmente de un tratamiento de fertilización in vitro. En este caso, se recurrió a la ovodonación -ya que la madre tenía una reserva ovárica muy baja a raíz de su enfermedad- y se utilizó el esperma de Luis, quien es el padre biológico. “La ley establece que al menos uno de los gametos debe ser de la pareja”, precisa Abulafia.

Se generaron varios embriones, pero se transfirió uno solo al útero de la gestante. Funcionó en el primer intento. Los restantes quedaron criopreservados.

Tiempo después, Valeria y Luis tomaron una decisión concreta. “Teníamos embriones guardados, pero como era imposible conseguir otro vientre o que Sofía volviera a hacer todo este proceso para que Valentino tuviera hermanitos, decidimos donarlos”, cuenta ella.

Tía y madrina

Antes de que exista un embarazo, antes incluso de que haya un embrión, lo primero que aparece -y lo que sostiene todo el proceso- es lo emocional. Para la psicóloga Grattarola, la gestación subrogada intrafamiliar no empieza en un quirófano ni en un laboratorio, sino mucho antes: en los duelos, en las motivaciones y en los vínculos.

Sofía junto a su sobrino, Valentino.
Sofía junto a su sobrino, Valentino.
Foto: Cedida por la familia.

“El mayor desafío para la madre de intención es elaborar el duelo de que no va a poder gestar”, explica. En el caso de Valeria, ese proceso había comenzado muchos años antes, cuando supo que tenía una malformación uterina. Con el tiempo, a ese duelo se le sumaron otros: la baja reserva ovárica, la necesidad de recurrir a ovodonación, la renuncia a una maternidad biológica en los términos tradicionales.

Pero si para la madre de intención el eje es el duelo, para la gestante lo central es la motivación.

“El principal desafío para quien va a gestar es procesar que está llevando adelante un embarazo de un niño que no va a criar”, explica la psicóloga. Por eso, en la evaluación previa no solo se analizan los recursos emocionales, sino también las razones profundas que llevan a tomar esa decisión.

¿Es un acto de amor? ¿De solidaridad? ¿De empatía? ¿O hay también otras dimensiones más complejas, como sentimientos de deuda dentro del vínculo familiar?

En contextos intrafamiliares -el único permitido por la ley uruguaya- esas preguntas adquieren un peso particular. “Hay historias compartidas, hay vínculos previos, hay dinámicas que ya existen y que pueden influir”, dice Grattarola.

En esta familia, por ejemplo, había una historia de cuidado mutuo entre hermanas, de convivencia, de apoyos cruzados. “Es como una lógica más de tribu, donde todos se sostienen”, describe. Ese entramado puede ser un sostén, pero también un espacio donde aparecen tensiones sutiles, las cuales son completamente normales.

Valeria, Luis y su hijo Valentino.
Valeria, Luis y su hijo Valentino.
Foto: Cedida por la familia.

Volvamos a la historia. Sofía se sometió a un tratamiento hormonal para preparar el cuerpo. Durante todo el embarazo hubo seguimiento psicológico, tanto en Montevideo como en Tacuarembó. Era necesario: no solo por lo médico, sino por la complejidad emocional de un proceso sin antecedentes en el país.

El embarazo fue perfecto. Sin complicaciones.

Desde el primer momento, Sofía se posicionó en un lugar claro: era la tía. Así lo sintió y así lo vivió. La familia, consciente de los posibles conflictos, cuidó cada gesto, cada límite. Valeria evitó presionarla, Luis respetó los espacios. Todo se sostuvo sobre un delicado equilibrio, porque había todo un equipo de salud preparado para esto.

Ese equilibrio se sostuvo también en el momento del nacimiento. La cesárea había sido planificada. La decisión de evitar el trabajo de parto respondía, en parte, a lo emocional: reducir el impacto físico y psicológico en Sofía. Ese día, en el quirófano, estaban todos. Valeria, Luis, la madre de ambas, Sofía. La familia entera orbitando alrededor de ese momento.

El caso que se concretó -en el hospital de Tacuarembó- obligó a construir procedimientos sobre la marcha. “El desafío fue entender un montón de cosas que como equipos de salud teníamos que abordar”, dice Aguirre.

Hospital de Tacuarembó.
Hospital de Tacuarembó.
Foto: Presidencia.

Uno de los puntos centrales fue la definición legal del nacimiento. En Uruguay, la ley establece que la madre es quien da a luz, pero en este caso se aplicó una excepción: el certificado de nacido vivo se emitió directamente con los nombres de los padres de intención, tras una coordinación con el Registro Civil. Es decir, Luis y Valeria figuran como padres de Valentino Martínez Meneses.

También hubo que preparar al personal de salud. “Son detalles que parecen mínimos, pero no lo son. Desde cómo dirigirse a la paciente hasta evitar comentarios inadecuados”, explica Aguirre. Para eso, se realizaron instancias de sensibilización con los equipos médicos y de enfermería.

Además, se planificaron aspectos operativos clave: dónde se internaría cada parte, si habría contacto inmediato con el bebé, cómo sería la lactancia y qué tipo de apoyo psicológico recibirían los involucrados. “Todo se organizó para garantizar derechos, confidencialidad y un entorno adecuado”, afirma el director del área de Salud Sexual y Reproductiva.

Valeria y Luis sosteniendo a su hijo recién nacido.
Valeria y Luis sosteniendo a su hijo recién nacido en el hospital.
Foto: Cedida por la familia.

Valentino pasó primero por los brazos de sus padres. Después volvió un momento con Sofía, que le dio un beso. Más tarde, cuando se recuperó de la anestesia, pudo cargarlo. Es su madrina y la mujer que tuvo la fuerza de llevarlo en su útero por nueve meses.

Desde el inicio el equipo médico tomó otra decisión: que el bebé permaneciera con Valeria y Luis, en una sala aparte, para favorecer el vínculo. Era, de alguna manera, recuperar el tiempo que no habían tenido durante el embarazo. Sofía, mientras tanto, iniciaba su propio proceso de desprendimiento, acompañado también desde lo médico -incluso con medicación para inhibir la lactancia- y lo psicológico.

Valeria intentó amamantarlo. Empezó un tratamiento hormonal pocos días antes del parto, pero no fue suficiente. Valentino creció con fórmula. Hoy tiene nueve meses. Está sano. Es, según su madre, “igualito al padre”.

Valentino, el primer bebé que nació por subrogación en Uruguay.
Valentino, el primer bebé que nació por subrogación en Uruguay.
Foto: Cedida por la familia.

Cuando la historia empezó a circular, llegaron los mensajes. Preguntas. Dudas. Confusiones. ¿Quién es la madre? ¿La que gestó o la que cría? Valeria lo tiene claro. Y también tiene claro por qué quiso contarlo.

“Así como a mí me faltó información durante años, hay otras mujeres que capaz no saben que esto existe”, dice. Ella tardó una década en enterarse de que la ley permitía la subrogación dentro de la familia. Diez años. Por eso habla. Por eso cuenta cada detalle.

Hoy, todo eso desemboca en Valentino, un bebé sonriente que parece callar con la mirada todas las preguntas ásperas y prejuiciosas. Porque los de afuera son de palo. Y sí, también hay historias felices que merecen ser contadas. Porque, a veces, los sueños no se rompen: solo están en reposo, esperando el momento indicado para estamparse con toda la fuerza de vida en la realidad.

De Uruguay a Estados Unidos

Tres hermanos: “Uno de mi panza” y dos por subrogación

Su primer embarazo había sido todo menos sencillo. Hubo preeclampsia, transfusiones de sangre semanales y un cuerpo que, según describe Natalia, “se desacomodó todo”. Los médicos fueron claros: otro embarazo podía costarle la vida.

Mujer embarazada
Mujer embarazada.
Foto: Freepik.

La advertencia llegó temprano, cuando ella tenía 29 años. Y aunque la maternidad no estaba en discusión -ya tenían a su primer hijo-, el deseo de tener más seguía ahí. “No sabíamos bien qué hacer, pero sí sabíamos que no queríamos quedarnos solo con una opción cerrada”, cuenta ella. Entonces Natalia y Rodolfo empezaron a hablar de algo que hasta entonces parecía lejano: cómo agrandar la familia sin volver a poner en riesgo su vida.

Fue entonces cuando apareció la subrogación. Hace más de una década, el tema todavía era incipiente. Investigaron, leyeron, preguntaron. En ese momento, las opciones legales eran pocas: básicamente India o Estados Unidos. Eligieron este último.

El proceso fue tan largo como minucioso. A través de una agencia, completaron formularios, definieron expectativas, límites y formas de vínculo. No era solo elegir: también ser elegidos. “Es como una especie de cita a ciegas, pero con reglas muy claras”, dice Natalia. Todo estaba previsto: desde hábitos de vida hasta escenarios extremos, pasando por decisiones médicas y legales.

Finalmente dieron con la mujer que llevaría adelante los embarazos. Tenía tres hijos, no quería tener más y había atravesado una experiencia personal que la motivó a ayudar a otras familias. “Pegamos una conexión inmediata. Fue mutuo”, recuerda.

El primer intento no resultó. Pero el segundo sí. De ese proceso nació su segundo hijo. Más adelante, con nuevos embriones, generados en Uruguay que fueron enviados en cápsulas criopreservadas por avión a Estados Unidos, llegó el tercero. Ambos fueron gestados por la misma mujer.

El vínculo con la gestante se volvió cercano. Intercambiaron fotos, siguieron el crecimiento de la panza semana a semana. “Es una relación divina”, resume. Hasta hoy mantienen el contacto. Natalia dice que a veces se ve como algo frío, como un intercambio meramente económico, pero que eso no fue lo que les pasó a ellos.

Aunque, claro, también hay una dimensión económica difícil de ignorar. En Estados Unidos -el proceso lo realizaron en Chicago- una gestación subrogada puede costar entre 120.000 y 200.000 dólares, dependiendo de la agencia, los tratamientos médicos y los aspectos legales.

Los nacimientos fueron por cesárea programada. En el quirófano estuvieron todos: la gestante, su marido, Natalia y Rodolfo. Él cortó el cordón. Ella fue la primera en sostener al bebé. “Desde el minuto uno, eran nuestros hijos. Nunca hubo dudas”, dice.

Hoy tienen tres hijos: uno gestado por Natalia y dos por subrogación. Todos son biológicamente suyos y de Rodolfo. La historia, aseguran, siempre fue contada con naturalidad en la familia.

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