Hace un año Virginia Techera (39) realizaba el instructorado de yoga así que, cuando comenzó a sentir dolor en la zona derecha del pecho, lo adjudicó a una cuestión muscular. Al tercer día, al ver que la molestia continuaba, se tocó el lugar y encontró un bulto duro. “Mierda, ¿será un quiste?”, pensó.
Dice que desde el momento cero hay que poner el cuerpo, que es un estado de vulnerabilidad, que todo es “manoseo y agujas”. Primero llegaron la ecografía y los análisis, luego una biopsia en la que las conversaciones entre los médicos hacían que se mezclaran el miedo y la esperanza de que no fuera lo que intuía.
Veinte días más tarde, se reunió con el cirujano. Agradecida de que el humor se utilizara como un bálsamo, recuerda que le dio la noticia más aterradora de su vida con una sonrisa. Su intuición no falló: el diagnóstico era cáncer de mama.
—Él agarró un manojo de órdenes y me dijo: “Estas son mujeres a las que también les tengo que comunicar lo mismo que a vos, y todas tienen menos de 30 años”.
Virginia y las mujeres cuyos nombres estaban escritos en ese manojo forman parte del 5% de pacientes en Uruguay que reciben este diagnóstico antes de los 40 años, edad en la que el riesgo de la enfermedad comienza a incrementar.
De acuerdo con un estudio de la Revista Médica del Uruguay —publicación científica oficial del Sindicato Médico— dado a conocer en 2024, la incidencia del cáncer de mama aumentó un 0,9% anual en las mujeres de 20 a 44 años entre 2002 y 2019.
La muerte, la fragilidad y la vulnerabilidad son tres cosas que Virginia sintió en cuanto supo que tenía cáncer.
Dice:
—Se despertó mi instinto de supervivencia. Hice todo lo que había que hacer. Recién ahora me estoy dando cuenta de lo que pasó.
Su primera sesión de quimioterapia fue un día antes de Navidad. Así, comenzó una carrera contra el tiempo.
Del autoexamen a la consulta: cáncer de mama
Antes de comenzar la entrevista, Rossina Rombys (40) va a la cocina a rellenar su vaso térmico con agua. “Así después no cortamos la conversación por esto”, explica. También avisa que probablemente tenga que ir al baño en algún momento. Uno de los efectos del tratamiento es la sed: hace 20 días tuvo su primera sesión de quimioterapia. Recibió el diagnóstico de cáncer de mama pocos meses antes de cumplir 40 años.
Durante una noche de enero en la que no podía conciliar el sueño, se tocó el pecho y sintió una “bolita”. Al otro día, llamó al ginecólogo para sacar turno luego de las vacaciones. El médico la mandó a hacerse una mamografía de manera anticipada, ya que en pacientes menores de 40 años no suele realizarse.
De acuerdo con Mariana Araujo, ginecóloga y presidenta de la Sociedad de Mastología, esto se debe a que la alta densidad del tejido mamario en este rango etario puede ocultar las lesiones y reducir la eficacia de la prueba. A su vez, la ecografía tampoco es infalible, ya que algunas pueden pasar inadvertidas. “No hay un método perfecto para las mujeres jóvenes”, concluye.
La prevención primaria consiste en reducir factores de riesgo modificables, como el sedentarismo o el consumo de alcohol y tabaco. Pero, mientras esa estrategia puede aplicarse a cualquier edad, la prevención secundaria —detectar el tumor lo antes posible— parte con desventaja en este grupo etario.
Luis Ubillos, coordinador de la Unidad de Oncología Médica del Hospital Británico, explica que la mamografía puede detectar lesiones incluso antes de que sean palpables. Cuando aparecen signos clínicos, en cambio, el tumor ya ha tenido tiempo de desarrollarse, aunque su presencia no implica necesariamente una enfermedad avanzada.
Araujo dice que el autoexamen mamario sirve para el conocimiento de las mamas, “diferenciar si algo estaba antes o no”, pero, sobre todo, para motivar la consulta ginecológica. El motivo de consulta más frecuente y la forma en la que el tumor se presenta de manera más habitual es el nódulo, pero también hay otros síntomas: cambios en la piel de varios tipos o secreción en el pezón. Cualquiera de estos signos es motivo suficiente de consulta.
El pronóstico de Rossina fue alentador: el tumor era pequeño, de 13 milímetros, y receptivo a las hormonas. En un principio incluso estaba la posibilidad de que no necesitara quimioterapia, pero como era HER2 positivo, podría crecer rápidamente. Se trata de un subtipo de cáncer en el que las células cancerosas producen una cantidad excesiva de una proteína que acelera el crecimiento del tumor. Entonces el tratamiento es para asegurarse de que no queden células cancerígenas en la zona.
Ella no requirió una mastectomía radical. Ahora le esperan cinco sesiones más cada 21 días.
Gonzalo Sotero, presidente de la Sociedad Ginecotocológica del Uruguay, admite que puede ocurrir que un nódulo en una mujer joven sea subvalorado por la baja probabilidad de que tenga cáncer. Sin embargo, cree que todos los profesionales tienen en mente la cifra de que una de cada diez mujeres puede desarrollar cáncer de mama a lo largo de su vida. “Ante una consulta por algo mamario, prestás atención. Alguna se podrá escapar, pero ese reflejo de estudiar la mama está presente en todo el sistema de salud”, asegura.
El cáncer es una enfermedad multifactorial, puede producirse por razones hormonales y reproductivas como una primera menstruación a temprana edad, la exposición prolongada a los estrógenos o una menopausia tardía; por hábitos y estilo de vida —consumo de alcohol y sedentarismo—, o mutaciones hereditarias en los genes BRCA1 y BRCA2.
Tanto Rossina como Virginia se realizaron la prueba genética y el resultado fue negativo.
“En esta franja etaria es donde uno tiene que sospechar que puede haber un riesgo genético hereditario, si bien no todos los casos lo sean. Se tiene que averiguar si hay antecedentes familiares que a veces son desconocidos o fueron pasados por alto”, explica Ubillos. También aclara que por un lado está el riesgo genético —una mutación—, y por el otro un familiar que haya tenido cáncer a una edad cercana a la de la paciente, aunque ambos datos son importantes para valorar el riesgo.
Cuando recibió el diagnóstico, Rossina sintió mucho enojo. Porque le tocó, porque es “cuestión de suerte”, porque “te toca y chau”.
—Es un tema de probabilidades y no puedo hacer nada contra eso. Ahora todo es probabilidad para mí, todo puede pasar —dice.
¿Voy a sufrir mucho?: preguntas en la consulta
“¿Me voy a morir?”, es lo primero que preguntan las pacientes que llegan al consultorio con un diagnóstico reciente, dice Daniele Restano, quien se especializó en psicooncología y trabaja hace más de 20 años en hospitales. Luego, la incógnita del sufrimiento —“¿voy a sufrir mucho?”—, le siguen las dudas sobre la quimioterapia y el miedo de que el pelo se caiga. Por último: “¿Mi vida paró acá y quedó estancada?”.
No se trata solo de combatir la enfermedad. En una mujer joven, el cáncer irrumpe en un momento atravesado por la crianza, el trabajo y los proyectos a futuro.
Yanet de la Quintana recuerda la fecha exacta en la que comenzó su historia: el 28 de setiembre de 2004. Tenía 39 años y una hija de seis, estaba desempleada a consecuencia de la crisis del 2002 y su madre atravesaba un linfoma. La había acompañado a una consulta cuando el médico la miró a ella.
“¿Por qué tiene la tez amarilla?”, “tiene manchada la remera, ¿por qué le secreta el pezón?”, le preguntó. Yanet no supo qué responder ni le dio importancia. Pero el médico ordenó una mamografía de manera inmediata.
Cuando le comunicaron que tenía cáncer, se negaba a asumirlo. No tenía quién cuidara de su hija y además tenía que atender la enfermedad de su madre. “Bueno, señora, la vida es así”, le contestó el médico.
El tratamiento requirió tres sesiones de quimioterapia previas a la operación, que fue una mastectomía radical y un vaciamiento ganglionar.
—Te cambia el físico y también el humor, la piel se te afina. Tenés que ir a un odontólogo porque las encías se te llenan de llagas. Perdés el gusto y el olfato —relata.
Según Restano, el impacto sobre la identidad atraviesa a las pacientes jóvenes. La pérdida de pelo, la mastectomía y las cicatrices, lejos de ser solo cuestiones estéticas, afectan la forma en que una mujer se ve y se reconoce. “Una paciente me dijo: ¿cómo voy a volver a Tinder? ¿Cómo voy a conocer a un hombre y decirle que no tengo una teta?”, cuenta la psicóloga.
En los últimos años, las decisiones quirúrgicas han cambiado y la mastectomía radical se reserva para los casos en que es estrictamente necesaria. Además, gracias al decreto 236/022 del año 2022, la reconstrucción mamaria tras una mastectomía por cáncer de mama es 100% gratuita y de cobertura obligatoria para los prestadores de salud públicos y privados dentro del Sistema Nacional Integrado de Salud.
Hay otros aspectos, sin embargo, que son inevitables y forman parte del proceso. Restano cita a otra paciente que no quería usar peluca, pero que terminó haciéndolo porque cuando salía a la calle sentía la mirada del otro y se volvía a sentir enferma. Se desconocía.
Durante las sesiones de quimioterapia, Virginia utilizó un casco frío, que puede prevenir o reducir la caída del pelo. No llegó a perderlo, a diferencia de las cejas, “que es como el signo de la enfermedad en la cara”.
—Fue duro mostrarme al mundo —admite—. Es un recordatorio constante en la cara del otro de que estás enferma, lo veía en las miradas de curiosidad.
Más allá de lo visible, tuvo que hacer el trabajo interno de autopercibirse como paciente oncológica, con todo lo que eso conlleva. Los estudios y los controles llegaron para quedarse por el resto de su vida. Pero fue la fertilidad uno de los aspectos que más le afectaron, ya que la quimioterapia puede comprometerla; hay determinados tumores que requieren terapias hormonales y pueden provocar una menopausia inducida.
Por eso Virginia tomó la decisión de congelar óvulos “de forma rápida, como si fuera una maratón”. Durante quince días se pinchó hormonas en la panza, “sola, no como ese ritual de las parejas con la heladerita”.
—Fue complejo, solo pude congelar uno. Tengo a un chiquitito esperándome a 150 grados bajo cero.
En 2022 también se aprobó la ley 20.062 que garantiza que el Fondo Nacional de Recursos cubra los costos de la preservación de gametos (óvulos y espermatozoides) para pacientes de hasta 39 años de edad con cáncer cuyos tratamientos puedan afectar su fertilidad futura.
Sotero, de la Sociedad Ginecotocológica del Uruguay, sostiene que antes de empezar cualquier tratamiento por cáncer de mama a una mujer menor de 40 años, el tema reproductivo debe ponerse sobre la mesa. “Cuando uno hace un diagnóstico así, en lo primero que te enfocás es en el tratamiento, pero no podés olvidarte de esos temas porque, afortunadamente, se pueden lograr buenos resultados”, explica.
La vida después del cáncer de mama
Luego del tratamiento, las pacientes comienzan a hacer un trabajo de redescubrimiento. Muchas jóvenes asumen que van a poder volver a ser las mismas. La psicóloga Restano cuenta que les tiene que decir que, más allá de que puedan reintegrarse al trabajo y a otras actividades, su vida anterior no vuelve así nomás. Pero la presión por retornar a las responsabilidades está latente.
Virginia, que hace radioterapia, aún está recuperando fuerzas y se cansa más rápido que antes.
—Yo todos los días me acuerdo de todo lo que viví. Quedás como huérfana, terminaste el tratamiento, ¿y ahora qué? Mi cerebro todavía está entendiendo, toma tiempo en un sistema y un ritmo que te lleva apuradísima —sostiene. Hace poco volvió a tener sesiones de terapia, y cuenta que está haciendo el duelo de la que era.
A Rossina lo que más le pesa es la incertidumbre:
—¿Cómo me aseguro de que no va a volver? ¿Y si en cinco años vuelve? ¿Y si en diez años no puedo ver crecer a mis hijos?
Virginia también menciona el miedo de la repetición, algo que Restano confirma que sucede en pacientes y expacientes oncológicas.
Yanet detesta que se utilice el término “guerrera”.
—Nosotras no queremos pasar por esto. Nos toca y lo tenemos que asumir como tal. Yo trato de no dar sugerencias ni consejos —dice. Hoy en día forma parte de una fundación que acompaña a otras pacientes.
De un segundo a otro, la vida pasa a estar compuesta por preguntas y cada segundo pesa más que antes, pero a su vez pasa más rápido. El reflejo del espejo —algo que todos los testimonios mencionan— devuelve una imagen distinta a la que acostumbraban.
Pero todas hablan de las redes de cuidado y de los vínculos, de cómo los grandes problemas de la cotidianidad se vuelven nimios y lo importante que es mantener una actitud fuerte para transitar al tratamiento. Virginia mantiene lo que dijo cuando decidió hacer frente al cáncer de mama: “De esta mierda voy a sacar flores”.
Mueren 700 mujeres por año en Uruguay: el cáncer de mama en cifras
De acuerdo con una publicación de 2024 del MSP, el 78% de los casos de cáncer de mama se diagnostica en mujeres mayores de 50 años, mientras que el 17 % se presenta en mujeres de entre 40 y 49 años. Las menores de 40 representan alrededor del 5% de los casos. Más del 50% de las pacientes son diagnosticadas en estadios iniciales (I y II), y menos del 9 % en etapas metastásicas o diseminadas. Es la primera causa de muerte por cáncer en mujeres, dando cuenta de más de 700 muertes anuales.
Un tema muy importante: ¿cómo hacerse el autoexamen mamario? Frente al espejo, con los brazos relajados y luego levantados. Recomiendan observar si hay cambios en la forma, el tamaño o la simetría de las mamas. También prestar atención a hundimientos, retracciones de la piel, enrojecimiento o alteraciones en los pezones.
Con las yemas de los dedos, se debe recorrer toda la mama y la zona de las axilas mediante movimientos circulares o de arriba hacia abajo. La idea es identificar la aparición de bultos o zonas diferentes a las habituales.
Al realizarlo acostada, se aconseja repetir la palpación de cada mama con el brazo del mismo lado detrás de la cabeza. En mujeres que menstrúan, se recomienda hacerlo algunos días después de terminado el período, cuando las mamas están menos sensibles.
El Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama se conmemora cada 19 de octubre para concientizar sobre la importancia de la detección precoz y la prevención.
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