Por Tania Ferreira
Al consultorio de la psicóloga Liliana Grattarola llegan a menudo historias de mujeres que quieren postergar su maternidad. Que quieren ser madres pero entienden que este no es el momento. Que prefieren esperar un poco más. “La natalidad está descendiendo en el mundo. Hoy muchas parejas están optando por no tener hijos porque tienen otros proyectos de vida, y la preservación de la fertilidad, en muchos casos, estaría al servicio de patear la decisión de ser padres para más adelante”, dice Grattarola, psicóloga especializada en acompañamiento emocional en procesos de fertilidad. Y agrega: “Antes el reloj biológico incidía en la decisión; ahora con la preservación de la fertilidad esa decisión se posterga y muchas veces nos preguntamos si no va a haber cambios en cuanto a fomentar una maternidad más tardía. Lo digo para pensar, sin cuestionar decisiones”.
Agustina, una contadora de 36 años, tiene el tema bien presente. “Congelé óvulos como tres veces, la primera vez a los 33 y el último tratamiento fue el año pasado”, relata. Una amiga había tenido problemas para quedar embarazada y había congelado óvulos, decidió preguntarle por eso al ginecólogo y le dieron pase a fertilidad. Se hizo un estudio para ver cómo estaba su reserva ovárica y le dio niveles muy bajos; primero se asustó con el resultado y demoró en volver a consulta, luego entendió que la de congelar era su mejor opción ya que quería ser madre, pero no en ese momento. Hoy, tres años después, está pensando en usarlos: “No tengo pareja ahora, pero quiero ser madre soltera”.
En Uruguay la preservación de óvulos puede responder a motivos médicos o personales (también llamados "sociales" o “electivos”). Desde 2022, tras una modificación de la ley 19.167 —de regulación de las técnicas de reproducción humana asistida—, se amplió el acceso y el Fondo Nacional de Recursos (FNR) financia el procedimiento a pacientes oncológicos (hombres y mujeres, pero no a todos sino a las que recibirán tratamientos gonadotóxicos que afecten la fertilidad y solo hasta los 40 años).
El tratamiento en las mujeres consiste en una estimulación ovárica con medicación hormonal durante unos 10 o 12 días para que maduren varios óvulos a la vez, con controles ecográficos y de sangre. Cuando alcanzan el tamaño adecuado, se realiza una punción ovárica bajo anestesia para extraerlos. Ya en el laboratorio se analizan los ovocitos, se cuentan y se congelan mediante la técnica de vitrificación (nitrógeno líquido a unos 180 grados bajo cero) durante los años que sean necesarios.
En Uruguay hay tres clínicas privadas habilitadas por el MSP para realizar este tratamiento de alta complejidad: el Centro de Esterilidad Montevideo (CEM), la Clínica Suizo Americana y el Centro de Reproducción Humana del Interior.
El CEM concentra la mayoría de los procedimientos: atendió 214 casos en 2025 (154 por motivos sociales y 60 oncológicos) y reúne el mayor equipo de especialistas en fertilidad (22 especialistas; las otras dos clínicas más pequeñas tienen dos cada una). Tras una caída durante la pandemia, la cifra creció notoriamente año a año: pasaron de atender 89 casos en 2022 a 146 en 2023, 182 en 2024 hasta llegar a los 214 en 2025. Las otras dos clínicas registraron 20 y 14 casos cada una durante el año pasado. En total suman 248.
Jimena Alciaturi, embrióloga clínica y directora del CEM, dice que este “crecimiento bastante interesante de casos también nos hace pensar en prever el lugar de almacenamiento”. Y explica: “Estamos creciendo como un tanque de ovocitos por año”. Ese fenómeno, sostiene, muestra “un mayor interés en planificar la maternidad y congelar óvulos a edades más tempranas”. Desde el 2022 el promedio de edad de las mujeres que han elegido postergar la maternidad en esa clínica bajó de los 37 a los 34 años. En 2016 el promedio era 38,2.
En simultáneo a los tratamientos electivos, el aumento progresivo de los casos de oncofertilidad se asocia a los cambios introducidos en la ley de reproducción asistida: desde 2022 el trámite con el FNR ha sido cada vez más “rápido y expeditivo”, señala Alciaturi. La mayoría de los tratamientos son en mujeres, aunque un porcentaje muy bajo es en hombres.
Marisa Dellepiane, ginecóloga especializada en fertilidad y reproducción asistida, coincide en que la congelación de óvulos ha crecido sistemáticamente en los últimos 15 años y dice que el motivo principal ha sido el cambio en la técnica de conservación. Antes “no se podía guardar ovocitos con razonables chances de recuperarlos”, pero la incorporación de la ya mencionada vitrificación —un método con alta tasa de éxito— permitió ofrecer este procedimiento a las pacientes a nivel global.
¿Cuáles son las motivaciones de las pacientes? “La mayoría no saben ahora qué quieren, ni si en un futuro desean ser madres o no, pero no quieren perder la oportunidad”, explica la ginecóloga Viviana Pérez, directora de la clínica Suizo Americana. Y dice que es frecuente el caso de mujeres sin pareja que no desean tener hijos solas, “no quieren que se les pase de edad” y prefieren preservar sus óvulos mientras esperan a la persona indicada.
Tasa de “usabilidad”: solo el 10% de las que congelan óvulos, los utilizan
En Uruguay la tasa de “usabilidad” es baja y no supera el 10%, señala Dellepiane. La tendencia coincide con lo reportado a nivel internacional, donde distintos estudios sitúan ese porcentaje entre el 5% y el 15%. La ginecóloga agrega que “cuanto más jóvenes los guardan, menos los usan” y, si no se utilizan, se tiran. Lo cierto es que lo ideal es guardarlos entre los 30 y los 35 años de edad.
Pero Pérez, la directora de la Suizo Americana, agrega que “por suerte están recibiendo a pacientes cada vez más jóvenes”, muchas de las cuales llegan a través de las redes sociales. Igual siempre “llegan pacientes cerca de los 40 que quieren congelar óvulos y vos no les podés decir que no, porque en realidad hacerlo lo pueden hacer a cualquier edad”. Ahí los riesgos aumentan: cuanto mayor es la edad al momento de preservar el material genético, menor es la calidad de los ovocitos (deterioro, errores cromosómicos). “Ellas se quedan tranquilas de que congelaron y capaz luego ese material no se puede usar…”, advierte Pérez.
Lo importante es recibir esta información a tiempo. “En la consulta ginecológica se habla mucho de la anticoncepción y muy poco de la planificación familiar” o de las opciones de fertilidad asistida, dice Alciaturi. “Qué pena que no lo supe antes, nadie me dijo”, o “estoy desde la adolescencia con el mismo ginecólogo y nunca me preguntó si yo pensaba ser madre”, son frases frecuentes en la terapia, agrega la psicóloga Grattarola.
Florencia es ginecóloga pero además ella misma congeló óvulos el año pasado. Y relata: “Yo trato de ser muy cuidadosa con cómo se trae a la consulta la maternidad o el deseo de la reproducción. No quiero que desde nuestro lugar, también de mujeres, se vea la maternidad como algo impuesto”, más cuando son jóvenes y los deseos de maternidad no siempre forman parte del plan de vida. “No lo hago sistemáticamente, pero obvio que lo traigo a la consulta si amerita, les informo sobre el tratamiento como una posibilidad y no como una presión, porque además sale un montón de plata. A mis amigas también les he recomendado mi experiencia”, resume.
Florencia decidió congelar óvulos a los 35 años por motivos profesionales, hoy tiene 36. “Empecé hace poco a ejercer la especialidad de ginecología y eso me resultaba incompatible con la maternidad. En ese momento resultó que tenía una reserva ovárica maravillosa y me preguntaron si no quería intentar ser madre de forma natural, pero yo estaba segura de que no era el momento”, dice. Lo considera una salvaguarda, una oportunidad para poder tomar una decisión con más tiempo y junto a su pareja. Sin embargo, cuenta que al momento de congelar se dio cuenta de que el deseo de la maternidad “es algo muy latente” y que “en relativamente corto plazo” lo intentará de forma natural. “Si sale, genial, y si no, está bueno saber que ese resguardo está ahí”, explica.
Costos y presiones laborales al congelar óvulos
El tratamiento completo cuesta entre 7.000 y 8.000 dólares. Los costos se dividen en tres etapas: el proceso de criopreservación (extracción y vitrificación) vale unos 5.000 dólares, la medicación hormonal previa entre 2000 y 3.000 dólares dependiendo de lo que cada mujer necesite (según edad, respuesta ovárica, etc) y luego el mantenimiento anual de congelación unos 300 dólares más por año.
No es un gasto único: muchas veces requieren más de un ciclo para aumentar probabilidades y entonces repiten el tratamiento (lo que se conoce como “acopiar ovocitos”). Lo cierto es que, aunque la ley 19.167 busca facilitar el acceso a las técnicas de reproducción asistida de alta y baja complejidad —incluida la criopreservación de gametos y embriones—, la congelación de óvulos sigue fuertemente condicionado por el costo. Quienes pueden hacerlo son, en general, mujeres con estabilidad económica y desarrollo profesional que postergaron la maternidad, mientras que queda fuera la población de menores ingresos, que suele tener hijos a edades más tempranas. En el medio queda también una brecha de mujeres de clase media-baja a la que les cuesta acceder a este privilegio, coinciden los entrevistados.
“Esto representa una desigualdad importante porque hay un porcentaje alto de mujeres que si quieren hacerlo se quedan sin esta posibilidad por el alto costo”, opina la psicóloga Grattarola. “En un país con una natalidad que está descendiendo es algo para pensar y reflexionar”.
Mientras tanto, bancos como el BBVA otorgan préstamos para financiar el tratamiento (exclusivo para pacientes de la clínica CEM) hasta en 24 cuotas sin interés y tasa 0%, según un presupuesto de la clínica al que accedió El País. Y hay empresas que financian tratamientos a sus empleadas: Mercado Libre cofinancia hasta un 70%, al igual que otras como Globant y L’ Oreal. En un artículo titulado “Mercado Libre: la primera empresa en financiar la preservación de óvulos”, explican que el beneficio —implementado en 2018 para mujeres mayores de 33 años con al menos un año de antigüedad— busca “acompañar” decisiones vinculadas a la maternidad, ya sea por motivos laborales o de salud. “Creemos que cada persona es libre de tomar decisiones sobre su vida laboral y familiar, y queremos apoyarlos en esos procesos”, señalan.
La iniciativa, explica el mismo artículo, se inscribe en una tendencia global iniciada por Facebook en 2014, cuando una de sus trabajadoras fue diagnosticada con cáncer y le pidió ayuda a la compañía de Mark Zuckerberg. Y un año más tarde fue replicada por otras empresas tecnológicas como Google, Apple y Yahoo, que incorporaron la preservación de la fertilidad como parte de sus políticas de recursos humanos. En esa línea, desde Mercado Libre destacan el beneficio como una herramienta para dar mayor autonomía a las mujeres sobre el momento de ser madres, junto a otras medidas como horarios flexibles y salas de lactancia.
“Hay empresas que ayudan a sus funcionarias a congelar óvulos. ¿Será porque no quieren que se embaracen?”, se pregunta Dellepiane. En la misma línea, Grattarola opina: “El rol que ocupan muchas mujeres en lo laboral hace que en algunos casos sea incompatible con la maternidad y eso ejerce presión sobre la mujer, que de pronto no quiere perder oportunidades laborales importantes. De alguna manera implícitamente se les ha expresado en el trabajo que sería mejor que no se embaracen”. Que algunas empresas cubran la vitrificación puede verse como un apoyo para las mujeres, pero también conlleva un mensaje de postergación de la maternidad, resume la psicóloga.
“Al Estado no le interesa ayudar a posponer la paternidad”
La posibilidad de ampliar la cobertura pública de prestaciones es debatida: algunos entrevistados sostienen que la congelación de óvulos no es una prioridad del sistema de salud frente a otras necesidades, como la fertilización asistida en casos de infertilidad, hoy reconocida como una enfermedad.
“Es muy discutible. Podés llevarlo a nivel político a ver si hay que dar cobertura para esto, cuando en realidad hay que dar más cobertura para los que necesitan fertilización in vitro”, opina la ginecóloga Marisa Dellepiane, sobre un debate que es ético y político. “Al país y al Estado le interesa que la gente tenga hijos. No le interesa financiar, con los impuestos de todos, el ayudar a posponer la paternidad. Entonces congelar óvulos no es una prioridad ni lo va a ser”, arriesga la ginecóloga.
Una batalla tras otra: el caso de Antonella
“Si bien hace muchos años pensé en esto de congelar óvulos, nunca imaginé que iba a ser de esta forma…”, comienza su relato Antonella Febles, paciente oncológica. En abril del año pasado fue al ginecólogo de urgencia después de sentir un bulto en el pecho. Al día siguiente ya la estaban llamando para más estudios. En pocas semanas pasó de un control que parecía rutinario a un diagnóstico que le cambió el mapa completo: cáncer de mama. “Ahí empecé como la etapa de shock”, recuerda.
Tenía 36 años, estaba en pareja pero sin hijos. Y en medio de ese proceso — estudios, cirugía, oncóloga, decisiones sobre el tratamiento— apareció la opción de congelar óvulos. No fue una elección aislada ni completamente libre. Como parte del protocolo de su mutualista, le explicaron que debía hacerlo luego de la cirugía y antes de empezar la quimioterapia, que el tratamiento químico podía afectar su fertilidad y que, por su edad, todavía estaba en una ventana posible. “Tenés que empezar antes de la quimio, antes de todo”, le sugirieron los médicos, entre ellos Viviana Pérez (de la Suizo Americana). El margen no era amplio: había que decidir rápido.
La decisión, cuenta, no fue automática: “Lo dudé, lo padecí”. En ese momento convivían varias cosas: el diagnóstico reciente, el miedo al tratamiento, la idea de un proyecto de vida que se desarmaba y se reconfiguraba al mismo tiempo.
El FNR aprobó su solicitud en menos de una semana. El procedimiento empezó en agosto, pocas semanas antes de iniciar la quimioterapia. Fueron días de inyecciones hormonales, controles diarios y un cuerpo que ya venía atravesado por estudios, cirugía y estrés. “En todo el proceso, lo peor que pasé fue el tratamiento de congelación”, dice. No la quimioterapia. No la operación. “La previa a congelar óvulos la pasé horrible. Te inyectan tanta hormona que no sabés ni a dónde ir”, admite.
Fue un proceso físico y emocionalmente desgastante: inyecciones que alteran el ánimo, controles invasivos, la incertidumbre de no saber si los folículos iban a crecer. “Era como una meta a la que no llegás más”, recuerda. Hubo días en que quiso dejar; “en algún momento dije: ¿para qué lo hice? No hubiese tenido hijos y ya está”.
El tiempo en contra otra vez: tenía que terminar ese proceso antes de empezar la quimioterapia. Finalmente, a mediados de agosto, los folículos alcanzaron el tamaño necesario. La extracción fue rápida: 15 minutos. El resultado, tres óvulos. “Para mí fue un montón, valió la pena”, recuerda.
El tratamiento fue cubierto totalmente por el FNR, algo que —sabe— no es la regla. “Yo no podía pagar un tratamiento así. Siento que en eso estamos muy avanzados”, dice sobre la cobertura en Uruguay para pacientes oncológicas.
“El diagnóstico de una enfermedad oncológica ya genera un fuerte impacto emocional y amenaza la vida de esa persona. A esto debemos agregar la posibilidad de perder la fertilidad, por lo cual preservar óvulos mejora el bienestar psicológico de los pacientes”, analiza Grattarola. Y agrega: “La preservación es un mensaje de esperanza, los conecta con la vida, pero también los enfrenta a tomar decisiones en un momento de fuerte crisis emocional”. La psicóloga también señala el peso de las presiones familiares y sociales: hay entornos que no siempre validan el deseo de ser madres; algunas reciben comentarios como “no pongas en riesgo tu vida” o deberían “agradecer que están vivas”.
Antonella dice que no ha sentido esas presiones. Hoy, los óvulos están congelados. No como una garantía —“nada es seguro”—, sino como una posibilidad. Una decisión en pausa. “Mal o bien, tengo eso ahí”, dice. No sabe si los va a usar. No sabe si en cinco años va a querer ser madre. Le gustaría, pero después del tratamiento las prioridades cambiaron; “Hoy sé que no es lo primordial. Todos los pacientes oncológicos vamos a vivir siempre con miedo y lo más importante es mi cuerpo”, explica. Y al final agrega: “Cuesta, duele, es difícil… pero vale la pena”. Ese es su consejo para otras mujeres que atraviesan algo similar.
Lo emocional al diván: expectativas y miedos
¿Cómo suelen llegar las pacientes a la decisión de congelar óvulos: informadas, con dudas, con ansiedad? ¿Qué es lo que más sorprende o desilusiona a esas mujeres? La psicóloga Liliana Gratarola dice que a su consultorio las pacientes en general llegan informadas porque ya han tenido la consulta con el médico especialista en reproducción. Depende de cada paciente pero están las seguras de la decisión tomada: no quieren ser madres en ese momento y por eso realizan la vitrificación, pero se enfrentan a temores e incertidumbres respecto al tratamiento; cuántos logrará congelar, si van a ser suficientes, temor al procedimiento médico en sí, ansiedad ante los resultados. También están las pacientes que no están seguras si van a usarlos alguna vez y “por las dudas” se están enfrentando a un tratamiento que tiene un costo y es muy invasivo.
La mayoría están esperanzadas, pero en general con expectativas realistas, dependiendo de la edad en que lo están haciendo y de su reserva ovárica, explica la psicóloga. La tranquilidad lograda postratamiento está relacionada a la cantidad de ovocitos que logren vitrificar. “Se produce una gran desilusión cuando no se logra obtener la cantidad de ovocitos pensada. Hay que trabajar con esa paciente las expectativas, porque si tiene una baja reserva ovárica no va a lograr recuperar una buena cantidad, o se tiene que someter a varios intentos, lo cual eleva los costos y a veces no lo puede sostener desde el punto de vista económico”, resume.
Florencia, de 36 años, cuenta: “Me sentí tranquila. Sentí que eso ya estaba resuelto y podía seguir con mi vida sin esa presión constante”. Ella realizó el tratamiento el año pasado y además es ginecóloga. Aunque tiene claro que los óvulos congelados no garantizan la maternidad, valora recurrir a ellos si es necesario. “No es una solución, pero deja de ser una espada de Damocles todo el tiempo”, resume. “Mi madre hasta hoy me dice: voy a visitar a mis nietos congelados a la clínica”, bromea sobre las presiones familiares.
En cambio, Agustina (congeló óvulos tres veces, la primera a los 33 años) cuenta que el congelar no le dio la tranquilidad que esperaba. “No, no tanto… Soy muy racional y, hasta que no los usás, no sabés si realmente sirven”, explica. Aunque reconoce que le aportó cierta seguridad, no lo vivió como una garantía ni como algo que le permita “esperar hasta los 40 y estar tranquila”. De hecho, lo mantuvo en reserva y solo lo compartió con un círculo muy reducido de familiares y amigos.
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