Irán a lo Sansón

Sabiendo que no lo puede ganar a través de las armas, Irán busca convertir en proyectil la presión internacional para que el caos sea el refugio donde guarecer el régimen.

Manifestante iraní
Un manifestante sostiene una bandera iraní durante una protesta contra el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán y el asesinato del líder supremo.
Foto: AFP.

Irán parece imitar a Sansón en su última lucha contra los filisteos. Privado de la fuerza que le daba su larga cabellera cuando sus captores la cortaron, el héroe bíblico fue cegado por sus enemigos. Pero pidió a Dios que le diera una última bocanada de fuerza y, con ella, derribó las columnas del templo de Dagón para que al derrumbarse el edificio, mueran los filisteos, muriendo también él.

La estrategia de Irán resulta desconcertante. En una guerra contra enemigos poderosos, se procura sumar aliados. Irán hace lo contrario. En lugar de sumar aliados, acumula enemigos.
Los ataques a los países árabes y el que llegó incluso a un rincón europeo, Chipre, lo que hace es multiplicar sus enemigos. A eso agrega bloquear el estrecho de Mormuz perjudicando gravemente a potencias con las que tiene buena relación, como China.

¿Cuál sería la lógica de semejante estratégica?: crear un caos global en el cual refugiarse.

Si estrangulando la yugular del petróleo, que es también por donde sale el gas qatarí, los precios de los hidrocarburos saltan a niveles estratosféricos, la economía global puede entrar en estado catatónico, lo cual hará que potencias como India, China y algunos países europeos, entre muchos otros, generen sobre Washington una presión formidable para que Trump ponga fin a esa guerra ruinosa.

En rigor, sabiendo que al conflicto no lo puede ganar a través de las armas, Irán busca convertir en proyectil la presión internacional para que el caos generado sea el refugio donde guarecer el régimen del chiismo duodecimano.
Si la economía global entra en crisis serán muchas las voces poderosas que tronarán exigiendo el fin de la guerra. Una estrategia casi suicida, como sansón derribando las columnas del templo filisteo, pero quizá logre la presión del mundo y de los norteamericanos para que acabe pronto un conflicto al que la mayoría en Estados Unidos se opone.

Esta guerra no es lo mismo para los israelíes que para los norteamericanos. Cuando en 1989 Alí Jamenei se convirtió en el nuevo líder máximo tras la muerte de Ruholla Jomeini, cambió la prioridad en la política exterior iraní. Jomeini odiaba a Israel y a Estados Unidos, país al que llamaba el Gran Satán y al que le ocupó la embajada durante casi un año. Pero la prioridad principal de su liderazgo era generar una ola de revoluciones encabezadas por las comunidades chiitas de los países árabes para derrocar a las monarquías y gobiernos seculares suníes.

Con Jamenei como líder, la prioridad del régimen fue la destrucción de Israel. Por eso, cumpliendo órdenes del ayatola abatido el sábado, Ahmad Vahidi organizó a Hisbolá para causar dos masacres contra blancos judíos en Argentina y posteriormente el general Qassem Soleimani armó el llamado “eje de la resistencia”, fortaleciendo al Hezbolla en Líbano, a Hamás en Gaza y a los houtíes en Yemen.

Se entiende que los israelíes quieran destruir al régimen que se ha propuesto destruirlos. Pero ese no es el caso de los Estados Unidos. Una cosa es defender a Israel y otra muy distinta es seguir a Netanyahu a cuanta guerra genere.
Por eso el generalato iraní parece haber calculado que la mayor chance.de sobrevivir que tiene el régimen, está en incendiar Oriente Medio y sus alrededores, y hundir la economía global en un caos infernal.

Incluso en la debilidad, una guerra contra Irán siempre resulta peligrosa.

Cuando en 1979 estalló la primera guerra del Golfo Pérsico se pensó que la recién nacida teocracia liderada el ayatola Jomeini iba a ser rápidamente derrotada por Irak. Saddam Hussein la inició con esa certeza, invadiendo territorios en litigio en el estuario del Shat el-Arab. Su infantería tenía fusiles Kalashnikov, armas, varias divisiones de blindados y escuadrones de cazabombarderos soviéticos Mig y Tupolev.

En cambio el ejército iraní estaba destartalado, carecía de fuerza aérea y la infantería tenía viejos fusiles Máuser. Pero a cada soldado los clérigos le colgaban del cuello una llave, diciéndoles que era para abrir la puerta del cielo donde Alá y el profeta los esperaban agradecidos.

La guerra que Irak iba a ganar en pocas semanas, se prolongó ocho años y los iraníes no fueron vencidos. El fanatismo religioso elevado a niveles lunáticos, es un arma poderosa.

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Claudio Fantini

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