Aunque nació en Ucrania, Alexsander apoya la causa rusa. Desea haber borrado una foto de su teléfono.
No afirma ser el espía más brillante de Rusia.
Sin embargo, Alexsander de verdad quería el trabajo. Nació en Ucrania pero creía en Rusia. Y era difícil salir adelante con sus turnos en McDonald’s. Así que cuando dos agentes rusos se le acercaron con la oferta de un trabajo de espionaje a destajo, aceptó de inmediato.
Estaba en Francia en ese momento, dijo. Los rusos querían material comprometedor de un funcionario del gobierno occidental. Parte de lo que hizo Alexsander fue verdadero espionaje de campo, como ver dónde vivía el funcionario. Gran parte fueron búsquedas en Google. Alexsander no necesitó mucho usar disfraces.
"Tenía un par de gafas de sol negras, pero rara vez las usaba. Solo cuando brillaba el sol", dijo con ironía.
El trabajo de Alexsander cambió cuando Rusia invadió Ucrania en 2022. Se unió a un grupo de Facebook para extranjeros que se enlistaban en el ejército ucraniano. Se ganó la confianza de otros miembros. En viajes a Ucrania, informó a Rusia sobre la ubicación de las fuerzas ucranianas, sus operaciones de asalto planificadas y sus datos personales. Sus acciones, dijo, provocaron la muerte de soldados.
Entonces, todo le pasó factura.
Mientras conducía por el norte de Ucrania, Alexsander fue detenido en un puesto de control. Un guardia le pidió ver su teléfono. Había olvidado borrar un mensaje a su jefe ruso.
"No digo que sea un buen espía", me dijo Alexsander. "Me atraparon".
Conocí a Alexsander un día soleado de verano en una sala de reuniones de la Colonia Penitenciaria n.º 122 en el centro de Ucrania, donde permanecerá en el futuro previsible después de declararse culpable en un tribunal ucraniano de los cargos en su contra, incluida la alta traición.
Es imposible corroborar todo lo que me dijo, aunque partes de su historia pudieron ser confirmadas mediante documentos judiciales ucranianos y entrevistas con funcionarios ucranianos.
Yo había recibido una llamada de un contacto misterioso que decía que Alexsander estaba dispuesto a hablar. Durante toda la guerra, el gobierno ucraniano ha organizado encuentros entre periodistas y prisioneros rusos. Esta, sin embargo, sería mi primera vez reuniéndome a sabiendas con un espía ruso.
Alexsander, de 42 años, llevaba una gorra de béisbol gris gastada, pantalones deportivos y una chaqueta deportiva con rayas blancas a lo largo de las mangas. Me miró directamente a los ojos con una mirada juguetona pero penetrante. Se recostó sin prisa en su silla, rebosante de confianza en sí mismo. De vez en cuando, le sonreía a un oficial militar que estaba en la habitación por motivos de seguridad.
Quería asegurarme de que Alexsander supiera lo que hacía al decidir hablar conmigo. “¿Te das cuenta de que lo que me digas será publicado en un artículo y que no necesariamente será un retrato positivo de ti?”, pregunté.
La última parte pareció sorprenderlo. “¿Por qué?”, respondió.
Hay 2570 espías rusos detenidos en prisiones ucranianas
Alexsander está orgulloso de ser un espía ruso. Por lo que pude notar, solo quería que el mundo conociera su historia, aunque dijo que no quería que se publicara su apellido para proteger a su familia. No dejaba de preguntarme si yo de verdad era de The New York Times. Tal vez Rusia lo recordaría, dijo, y pediría que fuera incluido en un intercambio de prisioneros.
Hay 2570 espías de Rusia en las prisiones ucranianas, según Yevhen Pikalov, viceministro de Justicia de Ucrania. El 99 por ciento son ciudadanos ucranianos. Alexsander, que se mudó a Israel de niño, es tanto ucraniano como israelí. Es el único espía de este tipo encarcelado en Ucrania, dijo Pikalov.
Los espías aún desempeñan un papel importante, incluso cuando la guerra se define por ojos robóticos en el cielo. Ambos bandos tienen más armas que nunca. El espionaje humano a la antigua les ayuda a encontrar objetivos.
Hay pocas categorías de espías, dijo Viktor Yahun, exsubdirector de la principal agencia de seguridad nacional de Ucrania.
Los de más alto nivel son cuidadosamente controlados y rara vez descubiertos, dijo. Atrapar a uno cada seis meses cuenta como un éxito.
Luego están los espías de menor nivel reclutados por dinero. Ucrania captura a unos 120 de esos al año, según Yahun.
Estos espías son un poco como los drones que ambos países despliegan: baratos de desarrollar y producidos en masa. A menudo son delincuentes juveniles, borrachos o soldados descontentos reclutados en internet por pequeñas sumas, dijo Sean Wiswesser, exjefe de estación de la CIA que pasó gran parte de su carrera trabajando en la antigua Unión Soviética.
Alexsander parecía pertenecer a una categoría intermedia. Parecía motivado por la ideología, partidario del esfuerzo de Rusia por controlar Ucrania y restaurar el poder e influencia de Moscú en Europa del Este. No más de una decena de tales agentes son capturados cada año.
Pero al final, como todos menos los espías más valiosos, ellos también son prescindibles, dijo Wiswesser.
Alexsander dijo que había servido en el ejército israelí y que había salido en 2011. Se negó a describir el trabajo que hacía antes de que los dos rusos se le acercaran en Francia.
La Embajada de Israel en Ucrania y los ministerios de Defensa y de Relaciones Exteriores de Israel en Jerusalén no respondieron a las solicitudes de comentarios sobre Alexsander.
Los rusos, dijo, procedieron lentamente con él. La primera vez que lo entrevistaron, hicieron solo preguntas sencillas, y observaron su comportamiento e intentaron determinar su motivación.
“Les conté mi ideología”, dijo. “Primero que nada, trabajar del lado de la verdad. Rusia es la verdad para mí. Así que, sí, me considero, por así decirlo, parte del mundo ruso”.
Agencias de inteligencia rusas suelen reclutar exiliados
Aunque nació en Ucrania, la mayor parte de su familia vive en Rusia. Dijo que se sintió alienado mientras vivía en Israel y en Europa occidental, y que quería volver a sus raíces. Las agencias de inteligencia rusas reclutan extensamente en la comunidad de exiliados rusos, dicen los expertos.
En su primer trabajo en Europa, a Alexsander se le asignó la tarea de buscar trapos sucios de un líder empresarial. El hombre resultó ser intachable. Declaraba a las autoridades fiscales cada centavo que ganaba, nunca engañaba a su esposa y siempre estaba en casa para cenar, descubrió Alexsander.
“Te diré, honestamente, estas personas son fastidiosas”, dijo Alexsander.
Aun así, la paga era buena, dijo: unos 5000 euros al mes, aproximadamente 5700 dólares.
Cuando Rusia inició su guerra a gran escala contra Ucrania, Alexsander escribió en grupos de chat en línea para combatientes extranjeros que quería unirse al ejército ucraniano. Nunca lo hizo, pero después de hacerse amigo de los extranjeros, viajó a Ucrania para reunirse con ellos. Dijo que les dio consejos, entre ellos cómo manejar los problemas con sus comandantes.
Alexsander envió a Rusia todo lo que pudo averiguar sobre los soldados e intentó frustrar sus esfuerzos. Parte de su trabajo podía ser bastante elaborado.
En Francia, dijo, había provocado que un par de aspirantes a combatientes franceses causaran un accidente automovilístico, por el que fueron arrestados, y frustró sus planes de unirse al Ejército ucraniano.
Se mantuvo en sus tareas asignadas durante más de dos años, hasta el 10 de septiembre de 2024. Ese día, Alexsander cargó su Citroën gris con una caja de municiones de pistola y partió hacia la frontera rusa en la región ucraniana septentrional de Járkov. Su objetivo era engañar a combatientes extranjeros para que participaran en una operación de sabotaje que, en realidad, era una trampa.
En cambio, él mismo cayó en una trampa.
Espía fue atrapado por una fotografía en su celular
Alexsander nunca pensó que un guardia militar en un puesto de control le pediría que mostrara su teléfono. Este guardia muy minucioso encontró una fotografía que había sido enviada a Rusia. Mostraba el pasaporte de un soldado que luchaba por Ucrania.
“Metió las narices donde no debía”, dijo Alexsander, con enojo, sobre el oficial del puesto de control, mientras exhalaba humo de cigarrillo en una habitación ya muy llena de humo, en cuya bruma quedaban suspendidas franjas de luz del sol.
El oficial militar que vigilaba durante nuestra entrevista se encogió de hombros a medida que la conversación se volvía tensa. Permitió que los guardias trajeran más cigarrillos.
Alexsander dio otra calada y se quitó la chaqueta. En su brazo derecho había un tatuaje: “Amat victoria curam”, “la victoria ama la preparación” en latín.
Dijo que tenía un solo arrepentimiento en la vida.
“Si pudiera volver atrás”, dijo, “lo único que cambiaría sería borrar esa foto”.
Por Maria Varenikova del The New York Times. Natalia Yermak, Michael Schwirtz y Nataliia Novosolova colaboraron con reportería.
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