La primera vez que habló sobre inteligencia artificial fue hace quince años, en una columna en la radio. Hoy es el orador más esperado en un evento de tecnología a sala llena, en el que conviven emprendedores, curiosos y hasta algún político. Habla durante una hora sobre inteligencia artificial: sobre por qué es el cambio más importante de la historia; sobre cómo puede cambiar la productividad; sobre las bondades de los modelos y los errores que cometen; sobre la brillantez de los agentes; sobre por qué la IA no es un oráculo y a veces se pone chupamedias; sobre los enfoques erróneos de los medios al publicar notas del estilo “Los cinco mejores barrios para vivir según la IA”; y sobre por qué te estás perdiendo algo espectacular si aún no la incorporaste a tu vida.
Santiago Bilinkis estudió Economía, pero fue uno de los precursores del emprendedurismo tecnológico en Argentina. Es divulgador, tiene un canal de YouTube con 570.000 suscriptores y escribió libros y guías para sobrevivir al presente. Este jueves fue el expositor central de la Mercado Libre Experience. Esta es una reproducción de la charla que mantuvo con El País tras el evento.
—Su exposición la semana pasada en Uruguay giró en torno a cómo incorporar la inteligencia artificial a nuestras vidas, ahora que es parte del presente. ¿Al final fue tan catastrófica como anunciaban algunos?
—Una cosa que me gusta decir es que la IA solo admite adjetivos superlativos. Es fantástica y calamitosa. Es alucinante y tremenda. De alguien que venga con algo del estilo: “No, bueno...”, desconfiá, porque toda herramienta sumamente poderosa, bien usada, es espectacular y, mal usada, es un desastre. O sea, es casi decir lo mismo: que es tremendamente útil y que es recontra peligrosa. De hecho, se viralizó mucho un video mío en Instagram hace algunas semanas en el que hablaba de que en los próximos seis a doce meses podría haber un gran incidente de seguridad en el mundo. No era yo quien lo decía, sino Dario Amodei, que es quizá una de las mentes más brillantes y el fundador de Anthropic, la empresa creadora de Claude.
—¿Por qué cree que hay tantas expresiones de temor en cuanto a la IA?
—Creo que quienes están en contacto cotidiano con los modelos más avanzados ven cosas que te dejan perplejo y que, si se salen de control, pueden generar problemas importantes. Hay quienes hablan de la extinción de la humanidad. Esa es una premisa un poquito más descabellada en algún punto, ¿no? Es muy, muy poco probable que esto termine en la extinción de la humanidad, pero que tengamos algún tipo de crisis seria, te diría que es bastante probable.
—Está cambiando la forma en que hacemos todo. ¿Hay algún área en la que le haya llamado la atención el impacto de la IA, algo que no imaginaba que iba a cambiar tanto?
—Creo que hay dos características de la IA que no me imaginé que fueran a ser así. Una es cuán empática es, cuán sutil es su entendimiento de las intenciones, los motivos y los deseos humanos. Y la segunda es cuán creativa es. En lo que tiene que ver con la música, hace grandes canciones. Muchos creadores humanos se enojan cuando lo digo, pero es la verdad. Hace muy buenas canciones, escribe buenos cuentos y crea imágenes espectaculares. Te doy un dato: esta semana quebró Getty Images, que era una de las principales empresas del mundo para comprar imágenes de banco. Hace cuatro años había salido a la bolsa en su punto de máximo auge y, en cuatro años, la inteligencia artificial se la comió cruda. Creo que eso demuestra que las producciones de la IA son rápidas, baratas y buenas.
—Hablábamos antes de la polarización: genera amor y odio. ¿Qué momento atraviesa el debate público en torno a la inteligencia artificial y cómo vio este cambio con el correr de los años?
—La mayoría de la gente todavía está en otra. La gente adoptó ChatGPT como reemplazo de Google: lo que antes buscaba en Google ahora se lo pregunta al chat. Y ese es un uso que no le cambia nada a nadie. Me parece que la mayoría de la gente no debe entender por qué hay tanto lío, porque no está usando las herramientas que realmente te rompen la cabeza. Entonces, creo que la discusión está muy estancada. No hay una gran discusión sobre la IA, salvo cuando aparecen cartas como la de Amodei y todo el mundo pregunta: “Che, ¿es verdad que puede causar problemas?”.
—En el último tiempo hubo varias advertencias de los CEO de estas empresas sobre el avance de la IA y también episodios de seguridad. ¿Hasta dónde tenemos que estar alerta y hasta dónde es un poco exagerado?
—Sí, hay gente que plantea que es todo marketing. Yo no creo que sea así. Creo que puede haber algo de marketing, pero claramente también hay una razón real detrás. Creo que hay que estar alerta. Es un momento muy sensible, en el que seguro no te tiene que agarrar en Babia. La mayoría de la gente no está prestando mucha atención a las cosas que pasan. Los políticos no tienen la menor idea de lo que está pasando. Aquellos que tendrían que evaluar, en algún sentido, si hace falta algún tipo de regulación no están suficientemente en tema. Quizás lo más preocupante no es solo si la IA es peligrosa o no, sino cuánto les cuesta a las instituciones humanas acompañar el ritmo de cambio que estamos teniendo.
—Ahora, el ciudadano de a pie, ¿qué hace ante estas advertencias?
—El ciudadano de a pie no puede prevenir el apocalipsis, pero sí puede, a partir de mañana, laburar al triple de velocidad, con más calidad, y hacer cosas que la semana pasada imaginaba que eran imposibles y que la semana que viene estará haciendo. O sea, realmente el salto que das cuando te metés a usar una IA agéntica es tan grande que creo que la mayoría de la gente no se imagina lo que se está perdiendo.
—Hablaba de los políticos. ¿Qué lugar tienen los gobiernos y la geopolítica en el impulso de la inteligencia artificial en este momento?
—Es central, absolutamente central, porque la mayor comparación es con lo que fue la carrera nuclear que llevó a las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. El bloque geopolítico que llegue primero a la superinteligencia es el ganador. Es game over. Y están los dos corriendo a toda velocidad. En parte, por eso las compañías de IA en Estados Unidos y en China no paran: ambos países están compitiendo para ver quién llega primero.
—La tecnología se ha colado como nunca antes en el debate político...
—Sí, no sé... No te puedo decir en Uruguay; en Argentina no se habla mucho.
—No, me refería, por ejemplo, a Estados Unidos.
—En Estados Unidos, Trump tuvo que salir a decir que estaba en contra de regular. También hubo una reunión con Xi Jinping en la que se discutió si podían establecer algún tipo de coordinación. Por ahora estamos muy trabados. Mi pesimismo, de nuevo, va por ahí: la tecnología avanza a una velocidad que las instituciones humanas no son capaces de acompañar.
—En Uruguay el debate sobre la regulación pasa por si este es el momento o si es mejor esperar. ¿Cómo lo ve?
—El problema es que los países marginales, como Argentina, Uruguay y toda América Latina, no tenemos qué regular. La IA no se desarrolla acá. Nosotros usamos los modelos desarrollados en otros lados, así que no hay un objeto que regular. Podés regular cosas como si queremos que se use en las escuelas o no, o cómo adaptamos los procesos educativos. Eso, con certeza, es importante que los gobiernos lo miren. Ahora, las cuestiones más de fondo, como si los modelos tienen que ir más rápido o más despacio, lamentablemente quedan fuera de nuestra discusión.
—Se habla mucho también de si Latinoamérica —y, en especial, en el último tiempo, el Río de la Plata— se puede convertir en un hub tecnológico. Hay muchos de estos CEO mirando hacia el Río de la Plata. ¿Qué lectura hace?
—En un escenario de despelote geopolítico en serio, estar en el hemisferio sur siempre es una buena cosa. Tanto Argentina como Uruguay son países relativamente autónomos en producción de alimentos, generación de recursos hídricos y, en mayor o menor medida, energía. Argentina, con Vaca Muerta, después de mucho tiempo de ser deficitaria en energía, empieza a ser superavitaria. Entonces, si vos tenés más o menos asegurada la energía, tenés más o menos asegurada la producción de comida para toda tu población y tenés acceso al agua, estás en una posición bastante privilegiada.
—En Uruguay hubo varios proyectos de inversión extranjera que se anunciaron en el último tiempo para construir, por ejemplo, data centers...
—Claro, pero traer el data center acá es como traer la fábrica, ¿no? Al final del día... Es como la soja: no está mal producirla y que entren miles de millones de dólares por exportaciones, pero el que convierte la soja en alimento balanceado, en aceite y en todos los productos derivados gana mucho más dinero que el que produce el grano y lo exporta sin procesar. El data center es la etapa más burda, la más básica del proceso de inteligencia artificial. Igual, no me quejo: prefiero tener eso a no tener nada, ¿no?
—¿Tenemos algo particular para ofrecerles a otros países?
—En el caso de Argentina, más que de Uruguay, el clima frío. Gran parte del problema de los data centers es la refrigeración. Es muy cara y consume mucha agua. Si vos estás en un lugar que naturalmente es muy frío, abrís la ventana y se refrigera.
—Mirando hacia adelante, ¿qué es lo más radical que piensa que podemos llegar a ver en lo que tiene que ver con la inteligencia artificial?
—Lo primero que se me ocurre es que creo que vamos a empezar a ver, en un plazo relativamente corto, gente que desarrolla vínculos de apego muy fuertes a las máquinas. Relaciones muy intensas, muy fuertes, que hasta hace unos años podían parecer completamente inimaginables. La película Her, de 2013, mostraba el escenario de un humano que se enamoraba de una IA y parecía una ciencia ficción absurda. Creo que eso está a la vuelta de la esquina.
—¿Van a tener conciencia o no?
—Hice un video específicamente sobre si las máquinas van a tener conciencia o no. No te lo voy a contestar para que vos y los lectores lo vean.
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