Asesor honorario del presidente Yamandú Orsi y referente histórico de la renovación sindical, Richard Read analiza en profundidad el nuevo escenario político uruguayo.
Cree que el gobierno logra representar a la “Olímpica” -esa franja de votantes huérfanos de representación-, critica la degradación del debate público y presenta su programa para reinserción de menores en prisión.
-Usted se desempeña como asesor honorario del presidente Yamandú Orsi. ¿En qué consiste exactamente esta tarea?
-Prefiero quitarle brillo a esto. Se trata de conversaciones muy informales, mano a mano, en torno a distintos temas de la agenda política diaria. No es nada del otro mundo, ni una estructura rígida. Hablamos de temas generales. Mi comunicación con él es directa, por teléfono; a veces lo llamo, agendamos una charla y voy. Es un intercambio de pareceres entre dos personas que se conocen, sin protocolos innecesarios.
-¿Cómo se proyecta usted en ese rol de asesor?
-Sinceramente, no me veo en un papel de gran estratega. Él tiene asesores de mucho más nivel, gente que maneja mucha mayor información que yo y que seguramente forma parte de un entorno político de confianza estrecha. Mi visión es la de un observador que aporta otra mirada, pero zapatero a sus zapatos.
-Luego de la derrota del Frente Amplio en 2019, usted impulsó la idea de formar otro partido con sensibilidad de izquierda, pero por fuera de la estructura tradicional. Hablaba de “captar a la diáspora”. ¿Qué pasó con ese plan político?
-Eso fue en el año 23 y el foco principal era apuntar a la tribuna Olímpica, a ese centro que no quiere líos. Luego la idea no se concretó como estructura propia, y eso tuvo mucho que ver con la figura de Yamandú Orsi, que de alguna manera absorbió esa inquietud. Cuando hablo de “diáspora”, me refiero a ese voto que está fluctuante y que no se siente dueño de nada. Noto que ahí hay entre 300 y 400 mil votos, y es un número que va aumentando año a año.
Hay un voto que crece por el ingreso de los nuevos jóvenes a la mayoría de edad; gente que está más “descostada”, más alejada del sentimiento tradicional por la política. Una parte es el voto Sartori, el voto Salle, el voto Novick o el voto Cabildo; buscan, y lo digo con todo respeto, salir de las estructuras de la oferta partidaria común para ir hacia el outsider. A ese votante no lo representa ninguno de los grandes bloques cerrados; no está ni en la Colombes ni en la Amsterdam. Pero tampoco está ahí lo que yo llamo la Olímpica, que en su momento estuvo representada por figuras como Danilo Astori y un montón de cuadros políticos del Frente Amplio de aquella época. También estaba representada por el “guapo” Jorge Larrañaga y, en su momento, por Ernesto Talvi. Falleció Larrañaga, Talvi se fue de la política de un día para el otro y Astori también falleció; ahí quedó un voto huérfano. Al final, en este último proceso, lo captó la lista 609, que armó una propuesta atractiva, una suerte de mini Olímpica. Fíjate que hasta a mí me llamaron para asumir una banca. Armaron algo interesante con figuras como Cristina Lustemberg, Blanca Rodríguez o Edgardo Ortuño; algo más allá de los extremos de las otras tribunas.
-¿Cree que la derrota de 2019 se debió a que el Frente Amplio había descuidado a esa centro-izquierda?
-Yo creo que hay una centro-izquierda que es mayoritaria dentro del Frente Amplio. Si sumás los sectores, te da que es la mayoría. El tema es cómo definimos hoy a la izquierda. Yo recurro mucho a un video de Lula de hace un par de meses que me parece tremendo y muy gráfico. En él hace una crítica fuerte a la izquierda latinoamericana, diciendo que a veces promete una cosa en la campaña y realiza otra cuando gobierna. La izquierda debería mirarse más en el contexto de estas realidades que están pasando no solo a nivel regional, sino mundial. Yo no creo que todos los chilenos sean pro Kast; creo que más bien son “anti”, como pasó con Bolsonaro en Brasil. No creo que hubiera un voto genuinamente pro Bolsonaro, era un voto anti-PT. ¿Saben dónde se ve esto con claridad? En los plebiscitos. Porque ahí hay una definición sobre un tema determinado, sin caras de por medio. Cuando se votó en contra de la ley de empresas públicas, hubo una definición clara: la sociedad quería que las empresas no se privatizaran. Cuando la gente está entre blanco y negro, su voluntad se ve de forma transparente.
-Ese fenómeno del voto “anti”, ¿se dio también en el Uruguay de los últimos años?
-En 2019 hubo un voto castigo evidente. Sin quitarle mérito a la coalición republicana, cuando en su momento me preguntaban por Luis Lacalle Pou, yo decía que era un buen “paseador de perros”. Y lo digo porque juntó y ató bajo una misma correa a todo lo que andaba suelto por ahí. Lo ató bien, lo agarró firme, fue a las elecciones, ganó y gobernó cinco años con esos perros que se mordisqueaban entre ellos todo el tiempo. El Frente pasaba por al lado y les tiraba un gato por adelante para ver si se peleaban, pero el tipo llega, con los perros aún atados, hasta el 1° de marzo de 2025. Eso, políticamente, es un mérito que hay que reconocer.
-¿Qué tanto peso tuvo Orsi en la capacidad de captar a esa “diáspora” desencantada?
-Escuché el otro día a Durán Barba decir que llegamos al mundo de los presidentes genuinos y no al de los presidentes estereotipados de laboratorio. El otro día fui a ADM a escuchar a Yamandú. Estaba sentado al lado del “Canario” Legnani y le decía: “Yo voté a ese”. No voté a un Einstein ni a un Cary Grant; voté a ese tipo que ves ahí. ¿Por qué ganó? Porque tuvo 10 años de gestión intachable desde el punto de vista ético, creció políticamente en Canelones y lo votó todo el mundo.
-¿Usted hace una diferencia entre la figura personal del presidente y la gestión de su gobierno?
-Es que eso siempre es así. Sanguinetti siempre fue una figura despegada. Batlle fue el primero que inauguró eso de salir a caminar por 18 de Julio como un vecino más. Mujica iba a tomar algo al boliche de barrio. Hay que encuadrarlos en su contexto social. Los cuadros del Frente de sus primeros tres gobiernos son muy distintos a los de ahora porque la sociedad cambió. El nivel de debate político que tenés hoy, si lo comparás con el de la década del 90, la verdad es que esto parece un chiste.
-¿Cree que hay un “círculo rojo” que no entiende a Orsi mientras el grueso de la sociedad sí?
-Es que hay que tener en cuenta que el gobierno realmente empieza a funcionar en 2026, tras el presupuesto. En Uruguay no hay reelección y se gobierna cinco años: el primero es presupuesto y el último elecciones. Tenés solo tres años del medio. Si no tenés viento en la camiseta o inversiones, se te va todo el tiempo y perdiste la oportunidad. Sobre Orsi, yo creo que este año él ya se ganó el respeto. Hay un grupito que le pone nombretes de forma ordinaria. Hay gente que pesca en los lagos, pero otros prefieren pescar en charcos de barro y estiércol. Me impacta ver a gente con nivel para pescar en el Océano Pacífico pescando en el charquito con términos como “Tribilín”. Tampoco apruebo lo de “Pompita”. Hay que ser mejores y dejar de chapotear en el barro.
-¿Se actuó de forma distinta cuando el Frente Amplio era oposición?
-A mí no me gustó la actitud cuando apareció la pandemia. Era momento de estar espalda con espalda. La respuesta fue un cacerolazo y pedir encierro total. Lo hizo el tránsfuga de Alberto Fernández en Argentina y fue un desastre, mientras él hacía fiestas. ¿Qué hacen los 45.000 cuentapropistas que tienen que salir a changar para poner la olla? Murieron miles de uruguayos y la oposición debió cumplir otro rol.
-¿Hay alguna crítica de la oposición que considere válida?
-Varias. No está muy claro, por ejemplo, el tema de la compra de la estancia María Dolores; si es constitucionalmente correcto o incorrecto. En la interpelación a Alfredo Fratti, que después lamentablemente se convirtió en un show, la oposición tuvo argumentos válidos y toda una definición detrás. Creo que hay cosas ahí para mirar. Después hay cuestiones que están muy entreveradas y falta información clara. Ahora hace un mes y medio que andamos con el tema de las lanchas torpederas, como si fuera el único tema importante del Uruguay. Está bien, son 100 palos verdes, es mucha guita, pero hay un montón de temas pendientes que a la gente realmente le interesan y le cambian la vida. Andá por algunos barrios y preguntá qué opinan: si el tema es darle de morfar a ese 20% de gurises que están en una situación terrible, o si la chapa de la lancha es de 4 o de 5 milímetros. Me parece que la agenda política a veces se aparta de la gente.
-¿Cómo ve el planteo del impuesto al 1% más rico?
-Creo que hay que meterle el diente a un impuesto a la tecnología. Ese chip que te volteó puestos en el peaje o los tótems que sacan laburo. Me parece bárbaro el progreso, pero pagá un impuesto por el desplazamiento humano. También hay que revisar el costo del Estado. Tenemos 19 departamentos con 19 recursos distintos; hay departamentos con menos gente que un barrio de Montevideo. ¿Por qué nadie habla de esta reforma? Lo habló Astori hace 20 años y nunca más. Yo garpo por el Estado y quiero que sea eficiente.
-¿Es viable la jornada laboral de seis horas?
-Es el camino inevitable. En la cervecería se trabaja seis y se cobra ocho desde 2006, y con sueldazos. Lo dice Carlos Slim: el capital no puede tener 1.200 millones de desocupados por la tecnología en 2035. Hay que meter a esa gente al sistema. La reducción es un hecho y debería intentarse en este quinquenio.
-¿Le sorprendió la convocatoria de “Cosechando Esperanzas”: fue Orsi, Lacalle, intendentes, senadores, empresarios, sindicalistas...?
-No, porque hablé con todos ellos. Es una causa justa: darle la mano a gurises que, de otra manera, el 70% reincidiría. Estuvieron todos u es esa “Olímpica” que yo añoro.
-¿Cómo funcionará el programa?
-De aquí a fin de febrero, el Inisa seleccionará a 80 chiquilines con criterios claros, como la voluntad propia de querer reinsertarse y buscar una alternativa distinta al delito. Una vez seleccionados, la idea es armar cinco grupos de 16 personas. Uno va a ir a la Colonia Berro al trabajo de huerta -en un predio que va a duplicar su tamaño- y los otros cuatro vendrán a la Federación de la Bebida para recibir talleres diarios de tres horas. Luego, es bien práctico: liberan a un chiquilín un lunes a las 9 de la mañana y yo voy a buscarlo con el auto y un tutor. Se lo presento, vamos a ir a comprar ropa, lo vamos a vestir de punta a rabo para que se sienta digno. Vamos a almorzar juntos ese día y, si no tiene dónde vivir porque lo rajaron de todos lados, va a ir a un hotel o una pensión y durante tres meses nosotros lo vamos a bancar económicamente. Al otro día lo iremos a buscar con el tutor e iremos a la empresa donde está destinado a trabajar. Le vamos a dejar una guita para el mes, para que morfe y para el boleto. Sobre el cumplimiento: esto es derechos y obligaciones. Si falta a laburar, pierde; que pase el siguiente. Sonará bien o sonará mal, pero el que tenga otra idea mejor, que la haga. Yo estoy haciendo esta.
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