Francisco Vernazza: "El FA pasó una raya dibujada en la arena; se sacó de encima las limitaciones ideológicas"

El estratega y referente de la comunicación política analiza el primer año de gestión de Yamandú Orsi, el giro pragmático del Frente Amplio y el rol, para él crucial, del ministro Gabriel Oddone. "El programa del partido es literatura de militancia", afirma.

Francisco Vernazza
Francisco Vernazza: para él, el método de Durán Barba no funciona en Uruguay.
Foto: Leonardo Mainé

Francisco Vernazza es uno de los mayores referentes de la comunicación política en Uruguay. Con una trayectoria que comenzó en el debut electoral del Frente Amplio en 1971, y en paralelo con una exitosa carrera como publicitario en el mercado, ha sido el estratega detrás de figuras tan disímiles como Julio María Sanguinetti, Ernesto Talvi y José Mujica, a quien acompañó en su camino a la Torre Ejecutiva en la campaña del año 2009. Recientemente, fue el artífice de la marca "Seregnistas" con la que se identificó Mario Bergara. También colaboró "orgullosamente" de la fundación el Partido Independiente. En esta entrevista, con su habitual lucidez y sin concesiones ideológicas, analiza el primer año de gestión de Yamandú Orsi, el peso del equipo económico de Gabriel Oddone y la tensión entre la mística militante y la eficiencia gerencial.

—¿Cómo evalúa este primer año de gestión del presidente Yamandú Orsi y del gobierno en general?

—Un año es poco espacio de tiempo para evaluar la calidad de un gobierno. Mi sensación es que recién se sentaron en sus sillas y empiezan a acostumbrarse a ellas; deben estar preparando cosas, pero de los escritorios todavía no ha salido nada relevante. Es un proceso de preparación normal, en parte porque las direcciones reales de hacia dónde vas se piensan una vez que estás en el poder y no antes. Aunque algunos no lo entiendan, los programas de los partidos son, en realidad, literatura o material de militancia; el problema real es qué se hace y cómo se prepara lo que se hace, y eso es algo que no viene cocinado desde el programa.

—¿Esa falta de “novedades” en el escritorio responde a un estilo de gobierno o a la búsqueda de una moderación ideológica?

—El Frente Amplio en sus tres periodos de gobierno —15 años, nada menos— se portó como una “señorita”. Sin causar efectos disruptivos en la economía ni en la organización social, ni transformaciones que asusten demasiado. En los hechos materiales ha seguido un camino muy pragmático, más parecido al de sus predecesores políticos que a los paraísos igualitarios siempre presentes en las consignas. Siempre me pareció que esa contradicción entre el discurso y la realidad está muy bien resumida en la flagrante contradicción de (Tabaré) Vázquez candidato, anunciando que “van a temblar las raíces de los árboles”, y el Vázquez presidente que defiende a capa y espada el derecho a que se instale Botnia y que se permite dar pasos casi cinematográficos como el pedido de ayuda militar a los Estados Unidos si la presión kirchnerista se hacía más fuerte. Tribunero por un lado, y patriota por otro, despreocupado de lo que en ese momento dijeran los románticos de la “patria grande”. Tanta diferencia entre las ideologías y las acciones reales parece radicalmente reducida en este año de gobierno del FA. En mi opinión, el FA este año pasó una raya dibujada en la arena.

—¿Qué “raya” pasó el Frente Amplio?

—Se sacó de encima las limitaciones ideológicas. Cuando decae la intensidad ideológica en una visión política, nadie le dice “comunista” a su adversario de discusión, ni este le dice “oligarca” al primero; se abre la puerta a una discusión mucho más detallista, más verdadera y compleja. El hecho de que el Frente haya puesto sobre la mesa la idea de que el capitalismo es viable y el socialismo no —algo que el ministro Gabriel Oddone ha expuesto sin dramatismos— tiene una importancia capital. Si tenés barreras verbales descalificatorias, no podés hablar de cómo hacer mejor las cosas reales de mañana.

—¿Esa ruptura o fin de las ideologías, a la que usted ha hecho referencia en otras entrevistas en este mismo espacio, no representa un peligro? ¿No podrían aparecer posiciones extremistas si la gente siente que todos son lo mismo?

—Uruguay tiene la vieja consigna de partidos fuertes, entendidos como organizaciones con capacidad de movilizar gente por votos y por las sillas del Estado. En Argentina la situación es distinta. Allí no ha habido partidos estables en los últimos 40 años, sino coaliciones de logotipos y sindicatos. Lo que dispara fenómenos como el de Milei son las crisis profundas, como la inflación del 300% y la corrupción desparramada; eso es la paja para prender fuego. En momentos de ruptura, la gente se permite hacer cosas que antes no hacía por sus viejos vínculos. Milei es un tipo de afuera que logró concentrar todo el enojo de la sociedad contra los partidos tradicionales. Es un audaz que ahora, desde el control del Estado, se dedica a “robar” o “raspar” gente con antecedentes políticos de otros partidos para reclutarlos. Pero eso es Argentina, no Uruguay.

—Usted mencionaba que ahora hay un consenso sobre el sistema capitalista. ¿Esto no es una ruptura total con el Frente Amplio de 1971, para el que usted trabajó en esa campaña?

—Del 71 y hasta del mes pasado. Si uno observa la trayectoria del Frente, ve que en las decisiones de poder se portó, como decíamos, como una señorita, pero sus palabras no decían esto. Apostaría a que ningún político de relevancia del Frente había pronunciado antes esas palabras: “el desarrollo se hace por el capitalismo”. Este cambio de los hechos, nada menos que de parte del ministro de Economía, es importante. Decir con todas las letras que no hay países desarrollados si no es en el capitalismo es un cambio. El corolario es que ninguno se ha desarrollado en el socialismo. Lo dijo casi como al descuido, y todo el mundo se quedó calladito. El programa escrito del Frente no tiene manera de ser compatible con estas cosas; parece que se ha extinguido el compromiso de que las palabras deben ser fieles a los dogmas y no a la manera real en que se piensa la realidad.

Francisco Vernazza
Francisco Vernazza: el sociólogo y publicista uruguayo habló con El País
Foto: Leonardo Mainé

—Sin embargo, figuras como Jorge Díaz han sido más agresivas en su discurso, marcando claras diferencias con la gestión anterior y problematizando lo que viene desde Economía. Hablando, por ejemplo, de la “Ferrari fundida”, entrando en contradicción con Oddone. ¿Cómo encajan esos dos mundos?

—Eso fue una “burla” política, una agresión para transformar lo que (Luis) Lacalle Pou llamó “entregar la Ferrari andando” en algo negativo. Díaz dijo irónicamente que la “Ferrari estaba fundida”, aludiendo al país entero. Pero casi de inmediato, Oddone declaró que la economía estaba “fuerte y sólida” y que quedaba mucho por hacer. A partir de ahí, el tema de la “herencia maldita” recibida del gobierno anterior bajó mucho su volumen en el discurso cotidiano de los dirigentes del FA. Oddone tiene características particulares: no solo tiene un abordaje técnico muy detallista, sino que es muy consciente de que simplificar las cosas es la manera más segura de equivocarse. Cuando declara, lo hace con un componente de distracción, como si lo que dice fuera lo más natural del mundo.

—Aunque implique una total ruptura con lo que el FA ha sido o dijo ser…

—Llamarle “ruptura total” implica ver a los partidos como un todo enterizo que se mueve para acá o para allá, todo a la vez. A mí me parece que es más claro verlos como un Lego con partes distintas encastradas. Como son distintas, pueden evolucionar independientemente; por ejemplo, una parte rápido y en una dirección, y otra despacio y en otra dirección. La mejor síntesis es que los partidos se estructuran y cambian en respuesta a los cambios de la demanda social; o mejor dicho, de los votantes. Así mirados, los partidos se ofrecen a la ciudadanía como proveedores de dos servicios: servicios de representación y servicios gerenciales. Eso es lo que, en configuraciones y proporciones infinitas, pide el votante. Por un lado, quiere ver que ese candidato lo entiende y va a defender sus intereses sectoriales: si vive en la Ciudad Vieja, mirará si el candidato puede entender cuánto se pierde de calidad de vida por la inseguridad de las calles. Si es comerciante, quiere sentir que el candidato está lejos de aceptar la lógica de que la pobreza es culpa de “los de arriba”. Si me siento comprendido y protegido en mis intereses particulares y sectoriales, estaré conforme. El servicio de representación es probablemente el más importante, pero el votante también quiere que su voto vaya a gente inteligente, honrada y capaz de sacar el país adelante por su capacidad.

—Hay una tensión entre la “gerencia” de un gobierno frenteamplista y el Frente Amplio como fuerza política.

—Hay una tensión intrínseca entre la representación política y la gestión gerencial. En la elección ganaron los abanderados de la solidaridad y la militancia social, pero parece que en la preferencia al elegir gerentes está ocurriendo un regreso triunfal de Astori. Hoy el discurso público del equipo económico parece más orientado a convencer a los mercados y a los organismos internacionales que a la propia base militante. El Frente Amplio está intentando demostrar que puede ser un mejor administrador del capitalismo que la propia coalición de derecha. Pero esa eficiencia técnica choca, a veces, con las demandas de los sectores que se sienten representados por el partido y que esperan un cambio más radical en la distribución.

—En ese esquema, ¿qué rol juegan hoy los sindicatos y las organizaciones sociales?

—Los sindicatos, organizaciones sociales y la Universidad han sido históricamente los pilares de la identidad del Frente. Sin embargo, hoy vemos un fenómeno curioso. El gobierno necesita de la paz social para gestionar, pero la retórica de los sindicatos a veces parece ir por un carril distinto al de las necesidades de la “gerencia” estatal. Hay un intento de “profesionalizar” la política que termina alejándola de la mística militante. Se nota en cómo se comunica. Antes, la política era una asamblea; hoy es una campaña de marketing institucional. Por otro lado, hace años ya que el Frente se comporta como un actor de sociedad tranquila, sin cuestionar la inversión extranjera ni el derecho de los empresarios a gobernar sus empresas sin participación de sindicatos o del gobierno. Incluso, con total serenidad, puede afirmarse que los gobiernos colorados y blancos de las décadas previas fueron mucho más estatistas que el Frente Amplio. Hubo un tiempo en el que para comprar 200 dólares tenías que ir a una cueva en la Ciudad Vieja porque la venta legal estaba prohibida. El Frente, por el contrario, ha contenido la mano del Estado y ha generalizado el uso de servicios privados y tercerizados para tareas como la limpieza en hospitales y oficinas públicas, algo que los sindicatos siempre han rechazado. Además, se despegaron de uno de sus “odios verbales” favoritos, el campo, al reconocer que el sector agropecuario es la razón por la que Uruguay es hoy más competitivo y eficiente (Oddone dixit). Nunca hubo tanta explicitud ni en programas ni en discursos de comité de base.

—¿Siente que hay un vacío de ideas nuevas en este proceso?

—Más que vacío de ideas, hay un exceso de cautela. El miedo a cometer errores que alimenten a la oposición hace que el gobierno se mueva con pies de plomo. Como decía, un año es poco, y más aún si el suelo sobre el que estás parado tiembla tanto que no sabes si se convertirá en un terremoto que redibuje el mapa. Hoy nos levantamos ansiosos por ver qué inventó Trump mientras dormíamos y cómo nos pega eso: si con castigos impositivos a nuestras exportaciones o reduciendo fondos de solidaridad internacional. Esa incógnita cotidiana se vuelve inmanejable porque no sabemos si las medidas de hoy cambiarán mañana. Y para completar la oscuridad, tenemos lo de Argentina. Un presidente que quizá no esté loco clínicamente, pero que lleva los actos y las palabras a límites que nadie creyó que existieran. El espectáculo político mundial es hoy una gran ópera y, aunque suceda en el “mundo grande”, las consecuencias terminan cayendo sobre nosotros.

—Si el Frente Amplio acepta el fin de su proyecto socialista, ¿qué diferencia queda entonces con el bloque de la coalición?

—En el plan macro de organización de la sociedad, ninguna. En lo macro, todos ponen en el horizonte un país próspero e igualitario. La diferencia está en la gestión de las expectativas y en cómo se reparten los énfasis.

—Sin embargo, la oposición es muy activa al criticar aspectos de la gestión actual, ya sea el cese del contrato con Cardama o la suspensión del proyecto Arazatí. ¿Cómo convive esa crítica con este consenso macro que usted señala?

—Es que, precisamente porque el fondo de la cuestión económica y de sistema ya no se discute, la política se reduce a la “periferia” de la administración. La oposición se agarra de casos como los de Cardama o las fallas en ASSE porque es ahí donde pueden marcar una diferencia de “prolijidad”. La crítica se vuelve administrativa: “ustedes gestionan mal este hospital” o “aquella licitación fue turbia”. Pero fijate que nadie cuestiona el modelo de salud en sí o la estructura del Estado. Se discute si el administrador es honesto o capaz, no si el camino es el correcto. Es una política de “denuncia de oficina”. Las diferencias hoy son de gestión, de quién es más eficiente o menos corrupto, pero el barco navega por el mismo canal.

—¿Cómo ve la forma en que se financia y se organiza la política hoy en Uruguay?

—Hay un fenómeno preocupante que es el uso del dinero público para la construcción de carreras políticas individuales. Se utiliza la publicidad oficial de las empresas del Estado para dar a conocer a figuras que, de otro modo, serían invisibles. Invierten fuerzas y recursos para que los medios los vean a través de la publicidad de sus gestiones, por insignificante que sea su rol. Ese dinero no es de los políticos, sino de las organizaciones del Estado que dirigen. Es la política financiada por el contribuyente para el autobombo del jerarca de turno. Y al mismo tiempo vemos una saturación del sistema para juntar votos.

—¿En qué acciones ve esto?

—El caso de Carolina Cosse en la última elección y de la Vertiente Artiguista en la anterior es paradigmático en cuanto a cómo se utilizan las estructuras y las listas para succionar voluntades. Se generan múltiples listas que, en definitiva, responden a un mismo centro de poder, pero que actúan como una red de pesca que intenta no dejar escapar ningún voto. Es una estrategia de ocupación del espacio que requiere mucho dinero. No se trata ya de la discusión de ideas en un comité de base, sino de una maquinaria electoral perfectamente aceitada donde el recurso económico es el combustible. Si no tienes ese flujo de dinero, no puedes sostener esa cantidad de listas y de presencia en la calle. Es la profesionalización extrema de la política, pero vaciada de la mística que alguna vez tuvo el Frente Amplio. El votante cree que elige, pero a menudo lo que hace es caer en una de las tantas redes que la estructura tendió para él.

—¿Cuál es el mayor desafío que enfrenta esta “nueva era” de la política uruguaya?

—El desafío es no perderse en la gerencia y olvidar la representación. La gente no elige a cualquier “chambón” por más que prometa, porque sabe que la sociedad requiere gestión técnica: presupuestos, relaciones con China, el Fondo Monetario. Pero tampoco quiere gestores fríos. Uruguay tiene la ventaja de sus partidos fuertes, con capacidad de movilizar. El problema es que si la discusión política se vuelve puramente técnica, se vacía de contenido emocional e identidad. De todas maneras, si me preguntás a mí, pienso que la sociedad uruguaya debería por un rato hacerse más sensible a las cualidades gerenciales de los candidatos que elige. Por décadas hemos estado sobreactuados en darle preferencia a la intensidad con la que un candidato nos representa. A mediados de los 50, la oferta de representación de intereses pasó a ser un negocio electoral más productivo que exhibir las capacidades intelectuales y morales de los candidatos. Estaban los que ofrecían representar los intereses de los jubilados, de los chacareros, de las empresas con protección arancelaria, de los minuanos preocupados por los canteros de cal. Todas las causas de sectores se vendían como causas de todo el país. Hubo un memorable movimiento de los empleados de UTE cuya consigna era “bajar los precios, subir los salarios”. Ponían en los carteles lo que la realidad no permitía. Todo el mundo hizo demagogia sectorial y la política pasó a ser un negocio de pequeños minoristas. Creo que la tarea primera para los próximos tiempos es restaurar la importancia de las élites intelectuales y profesionales.

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