A Tomás Linn el periodismo le llegó primero como una inquietud y, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una forma de vida. A los 19 años, en 1970, se fue a Buenos Aires porque en Uruguay no existía la carrera que quería estudiar. La decisión suponía mucho más que elegir una profesión: era dejar Montevideo, llegar solo a otro país y encontrarse, casi de inmediato, con una época de convulsión política. Apenas dos meses después de su llegada asistió a su primer golpe de Estado, cuando Juan Carlos Onganía fue derrocado.
Estudió en el Instituto Grafotécnico, pero su formación no ocurrió solamente entre aulas y apuntes. También estuvo en las revistas que leía cada semana, en el cine, en las conversaciones y en la observación de una sociedad que cambiaba a toda velocidad. Allí conoció, además, a Lidia Campana, quien luego sería su esposa.
Cuando regresó a Uruguay pasó casi un año intentando entrar a un medio. Guillermo Pérez, entonces secretario de redacción de El País, le pedía notas de prueba y publicaba buena parte de ellas. Linn las guardaba en una carpeta y después las llevaba a las reuniones mensuales que mantenía con Antonio “Manino” Mercader. Finalmente, este le comunicó que había una vacante en El Diario de la Noche. Y en 1974 comenzó allí una carrera que ya supera el medio siglo.
En El Diario empezó con notas sobre personajes y acontecimientos curiosos. Después llegó la actividad municipal, la información internacional, la jefatura de información y la mesa de redacción. Pasó por Opción -clausurado definitivamente por la dictadura- y Aquí, trabajó brevemente en Reuters, en radio y televisión, cubrió acontecimientos en numerosos países y durante 27 años fue columnista político de Búsqueda. Ha enseñado a varias generaciones de periodistas desde la Universidad Católica del Uruguay, donde fue profesor durante más de tres décadas, y hoy es columnista de El País.
Periodismo en la sangre
Hablar con Linn sobre periodismo es, en buena medida, hablar de una profesión que él entiende como una mezcla de conocimiento y temperamento. Estudiar sirve. Da herramientas, permite conocer procedimientos y ayuda a entrar mejor preparado en una redacción. Pero hay algo anterior a todo eso: una disposición particular para mirar el mundo. “Está lo que llevás adentro, la pasión; te tiene que gustar”, afirma.
No se trata de una frase romántica sobre la profesión. Para Linn, la vocación tiene consecuencias concretas. El periodista no puede organizar completamente su vida alrededor de un horario porque los hechos no esperan. “Los hechos se producen cuando quieren, no cuando uno los organiza”, acota.
La formación académica y la experiencia, entonces, no son caminos enfrentados. Una proporciona las herramientas iniciales; la otra enseña el oficio. En una redacción se aprende el ritmo, los cierres, los procedimientos, el vínculo con las fuentes y también esas pequeñas “picardías” que pueden permitir conseguir una primicia. “No es que salís de la carrera y vas a ser director de un medio”, advierte. Y resume su concepción con una frase: “La carrera la hacés en el medio”.
Cuando la dictadura llamaba
En Opción fue secretario de redacción y redactor responsable. El semanario sufrió dos clausuras parciales durante su primer año hasta que fue cerrado definitivamente por la dictadura. El mecanismo de control no siempre llegaba convertido en una orden escrita.
“La dictadura llamaba por teléfono: esto no va, en esto no se metan, de esto no se puede hablar”, recuerda.
El problema no era solamente saber qué estaba prohibido. Era no saber exactamente dónde terminaba lo permitido. Había asuntos que los periodistas sabían que no podían tocar, pero la frontera podía desplazarse, y eso hacía que el trabajo fuera “muy asfixiante”.
En los semanarios de los años 80 comenzó otra tarea: ensanchar los límites. Las señales de una eventual transición democrática permitían probar hasta dónde se podía llegar. Cada publicación era, en cierto modo, un ejercicio de tanteo: avanzar, medir la reacción y tratar de no provocar el cierre.
Firma, desorden y engaño
Hubo un tiempo en que los periodistas no firmaban sus artículos. Luego, el “peso” de una firma se convirtió en un capital: el nombre de un autor reconocido podía ser suficiente para que un lector se detuviera ante una nota, incluso cuando el tema no le despertara demasiado interés. ¿Perdió valor la firma en el periodismo? Para Linn, no. Lo que cambió, sostiene, es el lugar que ocupa.
“La información llega a través de las redes sociales y muchas veces lo hace sin contexto ni jerarquía. Después surge la necesidad de encontrar a alguien capaz de interpretar lo sucedido, aportar contexto y ofrecer una mirada propia. La nota firmada pasa a ser un diferencial”, explica.
En este escenario, dice, una de las tareas más antiguas del periodismo recupera importancia: jerarquizar, ordenar y contextualizar. También por eso considera que la enseñanza universitaria no debería quedar atrapada en herramientas que pueden envejecer rápidamente. Lo tecnológico cambia. Los fundamentos, no. “Lo permanente en el periodismo es informar con credibilidad, con claridad, ir a lo relevante. Eso no cambia”, afirma.
Entre todo lo que puede cambiar, hay una regla que Linn considera especialmente importante: no engañar.
El título diseñado para provocar un clic promete a veces una historia que el texto no contiene. El lector entra esperando una revelación y encuentra otra cosa. Puede funcionar una vez. Tal vez dos. Pero la confianza tiene memoria. “Es un engaño que va a hacer mucho daño”, sostiene. Después recurre a la vieja historia del pastor mentiroso: cuando finalmente aparece el lobo, nadie cree en su advertencia.
Para Linn, el clickbait no es un defecto menor de las plataformas digitales. Ataca una de las principales razones por las que alguien debería seguir recurriendo al periodismo profesional: la credibilidad.
Hay otra diferencia para él elemental. El periodista no escribe una novela. “No tiene sentido esconder la información principal para producir suspenso. Nosotros decimos quién es el asesino en el primer párrafo”, ejemplifica.
La frase funciona como una pequeña teoría del oficio. En la ficción, el misterio puede sostenerse hasta la última página. En el periodismo, el lector tiene derecho a saber desde el comienzo qué ocurrió y por qué debería importarle.
El límite y la ética
La credibilidad también se juega en aquello que el periodista decide contar. Para Linn, la vida privada de una figura pública no se convierte automáticamente en asunto público por el hecho de que esa persona tenga un cargo. La pregunta es otra: qué relación tiene ese dato con la función que desempeña.
La salud de un presidente puede ser relevante si afecta su capacidad para gobernar. Una relación sentimental, en cambio, no lo es necesariamente (menciona el caso de Lacalle Pou). Puede adquirir interés periodístico si está vinculada con el ejercicio del cargo, con el uso de recursos públicos o con una contradicción entre lo que el funcionario dice en público y hace en privado.
El criterio se vuelve más claro cuando hay delitos, menores de edad o situaciones de abuso (recuerda el caso de Penadés). Allí el interés no está en convertir la intimidad en espectáculo, sino en informar sobre una conducta que tiene consecuencias públicas.
Algo similar ocurre con el patrimonio: conocer con qué bienes entra un funcionario a un cargo y con cuáles sale no pertenece al territorio de la intimidad, sino al de la transparencia.
¿Debería existir un código de ética periodística?
Linn desconfía.
No porque crea que el periodismo pueda ejercerse sin principios, sino porque teme que una ética convertida en reglamento termine sustituyendo el juicio profesional. Durante años enseñó dilemas de la profesión y escribió Pasión, rigor y libertad, un libro dedicado precisamente a esos asuntos.
Su objeción a un código rígido es sencilla. Una norma puede decir: ante determinada situación hay que hacer determinada cosa. Pero dos situaciones aparentemente iguales pueden esconder diferencias decisivas.
También desconfía de que esos límites sean establecidos desde fuera de la profesión. Los políticos, recuerda, pueden tener interés en ponerle fronteras a una prensa que investiga y publica aquello que les resulta incómodo. “Soy por lo menos desconfiado de los códigos de ética”, afirma.
Después de más de medio siglo entre diarios, semanarios, agencias, radio, televisión, columnas y nuevas plataformas, Linn conserva una idea que parece sencilla pero que se vuelve más exigente cuanto más información circula: el periodismo sigue necesitando libertad, curiosidad y rigor.
Quizá ahí esté la verdadera continuidad del oficio. No en el papel, ni en la pantalla, ni siquiera en la firma. Está en la mirada de quien, frente al ruido de todos los días, todavía intenta distinguir qué ocurrió, por qué importa y cómo contarlo sin traicionar los hechos.