Jorge Burel: “Después de la censura durante la dictadura, los periodistas vivimos el resabio de la autocensura”

El comunicador presentó ayer su libro de memorias sobre sus primeros pasos en el periodismo. Burel reconstruye el clima de vigilancia de aquellos años y recuerda la clausura total o parcial de varios medios.

Jorge Burel
Jorge Burel.
Foto: Estefanía Leal/Archivo El País.

En marzo de 1977, Jorge Burel tenía 21 años y acababa de encontrar, casi sin proponérselo, el oficio que marcaría una parte de su vida. El país llevaba casi cuatro años de dictadura y el periodismo estaba lejos de ejercerse en libertad. Sin embargo, para aquel joven que llegaba al vespertino El Diario, la redacción también era un lugar de descubrimiento, camaradería y aprendizaje. Casi medio siglo después, esa contradicción está en el centro de El mejor lugar, el peor momento. Memorias de un joven periodista en dictadura (Fundación de Cultura Universitaria), el libro que Burel presentó ayer y en el que vuelve sobre sus pininos en el oficio.

Para el periodista, publicista y docente, el Diario de la Noche era el mejor lugar imaginable para aprender la profesión: una redacción poblada por personas de distintas generaciones, donde la noticia se discutía, se escribía y se corregía bajo una exigencia diaria. Pero era también el peor momento para ejercerlo. La dictadura había reducido el espacio de la prensa y había instalado una vigilancia que no terminaba en la censura directa: se prolongaba en la autocensura.

Burel no escribió el libro únicamente para reconstruir aquella atmósfera. El impulso nació de la muerte de algunos de los periodistas que fueron sus compañeros y maestros. Uno de ellos fue Antonio Mercader, quien cuando Burel ingresó a El Diario era secretario de redacción. También recuerda a Antonio Pippo y a Luis Casal Beck, fallecidos más recientemente. Y a Romeo Otero Bosque, “Oterito”, quien fue luego director de El Diario y dejó huella en varios medios. “Comprendí que yo les debía a todos ellos, a unos más, a otros menos, un recuerdo y un homenaje, porque fueron mis maestros”, cuenta.

El aprendizaje podía ser áspero y directo. Burel recuerda especialmente una frase de Mercader que se convirtió en un principio profesional. Había escrito sobre un eclipse de luna a partir de un texto técnico aparecido en otro diario. Esperaba cumplir con el trámite de “levantar” aquella información, pero Mercader leyó el texto y le preguntó: “Decime una cosa, ¿no tenés algo que le interese a la gente?” El joven periodista entendió que informar no era simplemente trasladar datos: había que encontrar aquello que conectara con quien estaba del otro lado.

“Tenés que atrapar a quien te lee, a quien te escucha, a quien te ve en la televisión. Y tenés que atraparlo con algo que le interese”, resume Burel.

Milicos y churrascos

La escuela de El Diario funcionaba dentro de un país donde la libertad de prensa estaba severamente restringida. Burel reconstruye el clima de vigilancia y recuerda también la clausura de La Mañana en 1976, después de publicar una declaración del presidente Aparicio Méndez sobre el Partido Demócrata de Estados Unidos, y otra sanción al diario El Día.

En setiembre de 1977 ocurrió el episodio de los avisos clasificados de El Día, en los que apareció la expresión “Milicos putos”: la dictadura clausuró el diario durante 10 ediciones y responsabilizó a Leonardo Guzmán como director responsable. El 28 de setiembre se decretó la revocación de su residencia legal y su expulsión de Uruguay, por lo que Guzmán (quien mucho después será ministro de Cultura) debió abandonar el país.

En El Diario, la censura podía aparecer de maneras menos espectaculares. Burel cuenta el episodio de los “churrascos luminosos”, una información que comenzó con el llamado de una mujer alarmada porque había encontrado en su heladera un trozo de carne que emitía una extraña fluorescencia. Ya había escrito brevemente sobre un caso similar ocurrido en Salto y esta vez decidió comprobarlo personalmente. El episodio terminó convertido en titular, pero días después llegó una llamada: no se podía publicar una línea más sobre el tema. Nadie explicó públicamente qué ocurría con aquella carne ni si era seguro consumirla.

Ese tipo de intervenciones definía el clima. Al entrevistar a un jerarca militar o a un integrante civil del gobierno, había que tener cuidado de no modificar una coma o un punto. La vigilancia producía castigos, pero también algo más profundo y duradero: el periodista empezaba a vigilarse a sí mismo. “Esa vigilancia y esos castigos y esas censuras tenían como consecuencia la autocensura”, destaca Burel.

Para él, aquella sensación no desapareció inmediatamente con el final de la dictadura. La compara con el residuo de ciertos insecticidas: una marca que persiste después de que la causa original ha desaparecido. “Al periodismo le costó finalmente sacarse de encima esa sensación de que el poder lo estaba vigilando, que tenía que tener cuidado con lo que decía, que había ciertas cosas de las que más valía no hablar”, afirma.

Burel lamenta haberse iniciado en el periodismo bajo esas condiciones porque entiende que la profesión necesita, antes que nada, libertad. Pero, al mismo tiempo, considera aquellos años decisivos para su formación. Allí descubrió que podía ejercer el oficio y encontró a los maestros que lo acompañaron. “Para mí fue una etapa seminal. Descubrí una profesión, me sentí capaz de ejercerla, fui ayudado por esos maestros que tenía a mi alrededor”, dice.
El comunicador observa que aquellos periodistas tenían una cultura general que les permitía abordar cualquier asunto que llegara a la mesa de redacción. Había una aspiración literaria y una atención particular a la expresión.

Jorge Burel
Jorge Burel.
Leonardo Maine/Archivo El Pais

Periodismo ayer y hoy

Casi cinco décadas después, Burel cree que ese cuidado se ha debilitado. No lo atribuye únicamente a los periodistas, sino también a una transformación cultural más amplia. “En aquella época había un cuidado en el lenguaje, en la expresión escrita, que se ha perdido, lamentablemente”, sostiene.
El “retroceso” de la prensa, sostiene, también afecta la forma en que una sociedad ordena lo que sabe. “Un diario no solo reunía información: jerarquizaba las noticias, decidía qué era importante y qué ocupaba un lugar secundario. No hay equivalencia entre tener un diario de papel en las manos y mirar un portal en la web”, afirma, aunque el contenido informativo pueda ser el mismo.

Cuando revisa hoy aquella prensa, Burel dice que le sorprende la cantidad y la calidad de la información publicada. Para obtener una noticia había que buscar fuentes, llamar a teléfonos fijos, encontrarse con alguien, invitarlo a tomar un café y hacerle preguntas. “Era mucho más incómodo, pero el periodismo se hacía en la calle”, resume.

“Antes había que tomar ómnibus, ir a los boliches, llegar hasta el lugar de los hechos y desarrollar allí la historia. Hoy existen herramientas que permiten conocer de inmediato la repercusión de una nota y medir lectores, por cantidad de clics o ‘likes’. Eso puede generar otra forma de dependencia. En aquella época había que tener olfato, había que tener calle”, destaca.
Burel trabajó en publicidad y en prensa, radio y televisión; fue cronista de cine en el semanario Opción, colaboró con El País y El Observador y participó en espacios televisivos como Usted decide y Agenda Confidencial. También desarrolló una extensa actividad docente vinculada a la comunicación. En paralelo publicó libros de crónica, memorias, ficción y reflexión cultural, entre ellos Iván Kmaid. El gran Turco y El país que no estaba en los mapas. Ahora vuelve a aquella primera redacción con El mejor lugar, el peor momento.

Al final, la mirada de Burel se dirige hacia quienes hoy comienzan. El contexto es completamente diferente: los jóvenes periodistas tienen acceso a una cantidad de información que para su generación era inimaginable, pasan por universidades y disponen de herramientas que facilitan tareas que antes exigían horas de trabajo. Pero el acceso no resuelve por sí solo el problema esencial del oficio.

“Hoy uno tiene el mundo a su disposición”, reconoce. La pregunta, entonces, no es cómo recuperar aquellas limitaciones, sino qué puede rescatarse de aquella forma de trabajar. Burel cree que la calle, la observación, el contacto con las fuentes, la cultura general, el cuidado del lenguaje y la capacidad de distinguir qué merece ser contado siguen teniendo valor.

Esa es, finalmente, la razón por la que decidió dejar testimonio. No pretende que los nuevos periodistas trabajen como se trabajaba hace 50 años, sino que conozcan de dónde viene la profesión. “Me parecería muy bueno que quienes están iniciándose en el periodismo, quienes lo practican siendo jóvenes, que los hay muy talentosos, le echen un vistazo al libro para ver de dónde viene esto”, dice. Y agrega: “En todo caso ver qué hay que rescatar del ejercicio de la profesión de aquellos tiempos para volcarlo al presente”.

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