"Este es el hombre que me puede hacer las marionetas”. Eso fue lo que pensó uno de los concurrentes a la exhibición del corto Bichos locos hace unos meses en Cinemateca. Poco tiempo después, William Moreira Cruz, creador de esos muñecos hechos en base a desechos, recibió un llamado de la producción de El futuro es nuestro, la serie apocalíptica que Netflix está filmando por estos días en Uruguay. Lo querían para que les diseñara un personaje muy particular.
“Me pidieron una cosa bien caótica para un mundo del futuro donde está todo hecho pelota, contaminado”, relata William a Domingo sobre la reunión que mantuvieron.
Tenía que ser una estructura de tamaño natural, hecha en base a chatarra tecnológica… o lo que dentro de muchos años será considerado como tal. La propia producción aportó “unos cajones llenos de porquerías”, según cuenta el artista, y él sumó lo suyo. “No tenía mucha cosa. Lo que había en mi taller era una pistola para cargar combustible, algunos lentes, dientes de caballo y un oclusol dental que es un articulador con el que trabajamos los protesistas dentales”, acota William, que durante 30 años desarrolló esa profesión.
Con todo eso creó cuatro marionetas de las que poco puede contar y mucho menos mostrar. Temas de confidencialidad a los que obliga una superproducción de estas características cuyo elenco encabeza el uruguayo Enzo Vogrincic.
“Año 2047. El colapso ecológico ha llevado a la creación del FedSur, una coalición de países sudamericanos que aplica medidas extremas para proteger la naturaleza y contrarrestar el hambre y la violencia reinantes”, describe la sinopsis oficial sobre el escenario en el que todo transcurre en esta miniserie a estrenarse en 2027.
“Tenía que salirme de lo lindo y cálido que yo busco y usar cosas más grotescas. Son encargos que para mí escapan a lo habitual y está bueno salirse del rubro”, explica William. “Debía ser basura con olor a gasolina y a mugre y a futuro y a decadencia y a mundo caótico…”, describe sobre un trabajo que le tomó un par de semanas y casi muere antes de nacer.
Es que cuando tenía las marionetas prontas, recibió un llamado comunicándole que ya no iban a contar con ellas porque el director de la ficción había eliminado la escena donde aparecería una de ellas. No se preocupó porque ya había cobrado una seña importante, el 50% de lo que finalmente le iban a pagar.
Pero como todo es muy dinámico, cuando ya liberado de ese compromiso había publicado en redes sociales lo que había armado, lo volvieron a llamar para decirle que sí iban a necesitar sus creaciones. “Tuve que despublicar las fotos enseguida”, cuenta.
Además, de la misma producción le encargaron unos instrumentos musicales hechos con lata que combinan lo antiguo con lo moderno. “Tipo banjos, pero caseros. Como los hacían los esclavos norteamericanos”, detalla.
El salto de los Bichos Locos a la gran pantalla
“Un día un ex alumno me visitó con un proyecto que me había anunciado hacía años, pero nunca había sucedido, que era hacer un corto con la técnica del stop motion con los Bichos Locos”. Así cuenta William el origen del cortometraje Bichos Locos, una creación de Juan Pablo Bornio que ha dado la vuelta al mundo y cosechado varios premios y aplausos.
“Le hice cinco personajes y son los Bichos Locos que están ensayando la obra Hamlet, de Shakespeare, y se empiezan a cuestionar qué son ellos”, detalla el artista.
Son 14 minutos de una historia que tiene mucho humor y apunta a todas las edades.
“Juan Pablo Bornio se estrenó haciendo stop motion conmigo”, apunta William con orgullo.
El corto ya fue exhibido en Cinemateca; a fines de mayo formó parte del FUA! (Festival Uruguayo de Animación) e integrará la programación de Montevideo Fantástico.
En cuanto a premios, ganó en Anatolia International Film Festival, LIFT-Off Sessions Online, Golden Short Film Festival y Rohip International Film Festival (India), y consiguió otras tres nominaciones en otros festivales del mundo.
William aparece en los créditos del corto como responsable de la producción y el diseño de personajes. Quedó muy entusiasmado con el resultado y no descarta que la historia de sus Bichos Locos pueda tener segundas partes.
Mientras tanto continúa con sus otras obras, advirtiendo siempre que no le gusta que lo llamen artesano. “Soy un artista, un creativo o un creador”, dice enfático. “Capaz que soy un mal artista, eso sí, pero aprendí con Joaquín Torres García que quería que se viera la cocina detrás de la obra”, agrega sobre lo que siempre está buscando.
Otros encargues
Los Bichos Locos suelen verse en ferias como Ideas+, o galerías como Acatrás del Mercado (Mercado del Puerto) o Galería Azur (Punta del Este).
Pero últimamente el arte de William está cambiando un poco.
“Me he abierto hacia otra cosa que yo considero de más peso, que son las esculturas con chatarra. Son de tamaño natural, de lata”, relata.
La primera que hizo fue un monseñor con un violín en la mano, luego un linyera con un palo al hombro y unas cacharpas colgando, y la tercera fue un paisano de la década del 20 o del 30 en bicicleta.
“¿Sabés quién me compró algunas? Marcelo Aquistapace para el Museo de la Mente que está armando en el Centro. No es que las hice a pedido, me compró esculturas que ya tenía hechas”, cuenta.
Agrega que también está realizando esculturas de más o menos unos 70 centímetros de estilo figurativo. “No son los Bichos Locos, es otra historia más... no sé… artística”, aclara. Si bien reconoce que en el mundo está todo inventado, asegura que no ha visto en ningún lado este tipo de figuras que lo tienen muy entusiasmado. “Son como una especie de origami, pero fabricados con lata y sin usar soldadura”, comenta.
Ahora deberá volver a El futuro es nuestro por un rato y nosotros deberemos esperar al estreno de la miniserie para conocer la otra locura de William que saltó a la pantalla.
De pintar gauchos a los muñecos de desechos
William Moreira Cruz pintaba gauchos, escenas costumbristas, obras que llegó a exponer en La Latina, una de las galerías más importantes de Montevideo. Pero no era lo suyo.
En un viaje a Nueva York se topó con un cuadro de girasoles secos de Van Gogh que le cambió la perspectiva artística.
Cuatro años después conoció a quien considera su maestro, Guillermo Fernández, y llegó a lo que llamó “una pintura más profunda”. Un contacto con una galería y antigüedades de Punta del Este hicieron el resto.
Fue ahí que le empezó a tomar el gusto a la búsqueda de objetos en desuso. “Esas cosas que tienen la huella del tiempo”, dice. Empezó a trabajar en esculturas, hizo unas bicicletas con unas perchas de madera y la obra se vendió. Eso lo motivó a seguir investigando.
Cerró el laboratorio dental que tuvo durante 30 años para dedicarse de lleno al arte sin importarle los costos económicos que implicaba esa decisión. Para ello fue fundamental el apoyo de su esposa y de sus dos hijos: una médica y un estudiante de ingeniería de sistemas.
Para ese entonces ya tenía “unos macaquitos”, como los denomina, a los que resolvió buscarles un nombre que le resultara divertido. Fue así que nacieron los Bichos Locos, una serie de muñecos u objetos hechos con materiales de desecho.
No dejó de pintar, sino que se pasó a un tipo de pintura más abstracta.
En 2018, la galería española Malvin Gallery, propiedad de una uruguaya, lo invitó a exponer una colección de Bichos Locos. Le pagaron todo, menos el pasaje que se compró para ir con su esposa y disfrutar de una experiencia que le permitió vender mucho.
También está presente en la galería Pays de Poche, que tiene otro uruguayo en París, a la vuelta de Notre Dame. A eso ha sumado galerías en Buenos Aires, Montevideo, Colonia y Punta del Este.
Actualmente se está dedicando a hacer esculturas en chatarra. Todo su arte se puede encontrar en Instagram en
@bichoslocosuy.