A veces la pelota no va adonde debería. Sale recta y, de golpe, cambia. Viborea, gira, cae, se desvía. No es magia ni azar: es aerodinámica. Lo que ocurrió con la Jabulani en Sudáfrica 2010 -y, en menor medida, con otros balones posteriores- expuso hasta qué punto sus costuras, textura y paneles pueden hacer que un balón sea estable o impredecible.
Uruguay lo vivió de cerca: mientras algunos arqueros la sufrían -“creo que es una vergüenza jugar con una pelota como esta en un torneo tan importante”, arremetió el golero italiano Gianluigi Buffon (y no fue el único)-, Diego Forlán supo sacarle provecho desde lejos. “Aprovechó el efecto sorpresa de su cambio brusco de dirección”, explica Ernesto Blanco, director del Instituto de Física y responsable del Grupo de Biomecánica de la Facultad de Ciencias (Udelar). El 10 celeste marcó cinco goles: dos ante Sudáfrica, uno contra Ghana, otro frente a Países Bajos y otro ante Alemania.
La nueva Adidas Trionda vuelve a poner el tema en la cancha. ¿Es rápida? ¿Se queda corta? ¿Es más predecible o más traicionera? ¿Favorece al que patea o al que ataja? En el fútbol moderno, la física también juega.
Cuando la pelota hace lo que quiere.
Detrás de los remates hay una clave: cómo la pelota interactúa con el aire. Cuando viaja sin efecto -cuando no gira sobre su propio eje-, el flujo que la rodea puede ser ordenado o turbulento, y el paso de uno a otro -lo que los físicos llaman “velocidad crítica”- cambia de golpe su comportamiento. Ahí es cuando aparecen los desvíos inesperados: el balón alcanza una velocidad a la que pasa de un flujo parejo a uno más arremolinado.
“Eso explica lo que pasaba con la Jabulani, pero también lo que pasó con la Telstar 18 -la pelota oficial del Mundial de Rusia- y el gol de (Antoine) Griezmann a Uruguay”, adelanta Blanco sobre el gol “más triste” para el francés, pero mucho más para nuestra selección.
En la práctica, la secuencia es simple: un jugador patea fuerte -por ejemplo, un tiro libre- y la pelota sale a gran velocidad hasta que empieza a frenarse. En ese recorrido, si cruza la velocidad crítica, el rozamiento con el aire aumenta de forma brusca. Ese cambio no solo la frena: también puede generar fuerzas laterales o verticales -dependiendo de su orientación- que alteran su trayectoria. Es en ese momento cuando la pelota parece “estar viva” y descoloca a quien la espera.
En el caso de la Jabulani, esa velocidad crítica era relativamente alta. Eso hacía que, tras un remate potente, la pelota entrara rápidamente en esa zona inestable: apenas perdía un poco de velocidad, empezaba a moverse de forma impredecible. De ahí que el Loco Abreu dijera que parecía una “pelota de playa”. La Telstar 18 tenía una velocidad crítica más baja que la Jabulani, pero lo suficiente para tener algo de vuelo alocado.
Este comportamiento depende, entre otras cosas, de la rugosidad de la superficie y esto depende de cómo está construida la pelota: la cantidad de paneles, la longitud y profundidad de sus costuras y la textura. Cuantos menos paneles tiene, menor es la longitud total de las uniones y más lisa resulta la pelota. La Jabulani tenía apenas ocho paneles -muy por debajo de las pelotas tradicionales- y costuras poco marcadas y, por lo tanto, era muy lisa.
Las pelotas posteriores buscaron corregir ese problema. “Lo que se busca es que la pelota no sea tan impredecible, por lo tanto, que esa velocidad crítica sea lo más baja posible”, dice Blanco.
Más que sumar paneles, los fabricantes empezaron a trabajar la superficie: texturas, relieves y patrones que “rompen” el flujo de aire y favorecen una transición más estable.
La Trionda, la pelota oficial de Adidas para este Mundial, lleva esa lógica al extremo. Tiene pocos paneles -incluso menos que sus predecesoras- y una longitud total de costuras comparable a la de la Jabulani, pero compensa esa lisura con microtexturas y ranuras distribuidas en toda la superficie.
“Esas marcas cumplen el mismo rol que las costuras: reducen la velocidad crítica y hacen que la pelota sea más predecible en las velocidades típicas de juego”, señala el físico.
Ensayos en túnel de viento muestran que, con estos ajustes, el comportamiento se acerca más al de modelos recientes como la Telstar 18 o la Al Rihla (la pelota oficial para Qatar 2022), y se aleja del “descontrol” que caracterizó a la Jabulani.
Pero incluso con esas correcciones, no todo es tan lineal. Hay otro factor más sutil: la orientación de la pelota en el momento del remate. No es lo mismo impactarla justo en la unión de varios paneles que en una zona más “limpia” de la superficie.
En los ensayos, explica Blanco, aparecen diferencias claras. En una de esas orientaciones, la pelota puede generar una fuerza lateral importante incluso a altas velocidades. No es el comportamiento caótico de la Jabulani, pero sí una tendencia a desviarse desde el inicio del recorrido.
“Es una pelota que puede empezar a correrse hacia un lado desde que sale”, resume. Y eso cambia el foco del problema: más que sorprender al arquero en el final, podría complicar al propio pateador, sobre todo a quienes buscan el tiro seco, sin efecto, confiando en una trayectoria recta.
En ese tipo de remate -como el que derivó en el gol de Griezmann en Rusia, cuando la pelota torció su trayectoria hacia la derecha en las últimas décimas de segundo-, lograr precisión podría ser más difícil. Porque, aun sin entrar en la zona de inestabilidad, el balón ya puede traer una ligera tendencia a desviarse.
Hay otra diferencia que aparece en los ensayos y que puede sentirse en el juego: el rozamiento con el aire. Según los estudios, la Trionda presenta un coeficiente de arrastre más alto que las pelotas anteriores en prácticamente todo el rango de velocidades. En términos simples, el aire la frena más. ¿La consecuencia? Un menor alcance: en saques de arco o pases largos, la pelota tendería a quedarse un poco más corta. Las simulaciones de trayectorias sin efecto van en esa línea.
Hay, además, otra variable clave que estos trabajos no abordan en detalle: el efecto. Cuando el golpe no es centrado y la pelota rota sobre sí misma, entra en juego el llamado efecto Magnus, responsable de las curvas en el aire.
“La intensidad de ese efecto también depende de cómo la pelota interactúa con el aire”, explica Blanco en diálogo con Domingo. Y ahí aparece una posible contracara: con mayor rozamiento, la Trionda podría responder mejor al giro, es decir, generar curvas más marcadas.
En otras palabras, si el tiro seco pierde precisión, los remates con efecto podrían ganar protagonismo. Esos disparos con borde interno que parecen alejarse del arco y se cierran sobre el segundo palo -una marca registrada de jugadores como Luis Suárez- podrían volverse aún más peligrosos.
Aun así, estos análisis son necesariamente simplificaciones de situaciones muy complejas. En la cancha, el futbolista se enfrenta a mucho más que la física de la pelota: el viento, la lluvia, la humedad o incluso pequeñas variaciones en la densidad del aire pueden modificar su comportamiento.
Pero también está el juego en sí, lo que cada jugador intenta hacer en cada momento, y la capacidad de adaptarse a situaciones cambiantes e impredecibles. “El fútbol es un deporte en el que David puede enfrentarse a Goliat y vencerlo”, resume Blanco.
Entre la física, que intenta anticipar trayectorias, y un juego que se escapa por definición, el fútbol sigue moviéndose en un equilibrio inestable que es, justamente, parte de su atractivo.
Jabulani, Sudáfrica 2010: Quedó en la historia tanto por su innovación como por la polémica que generó. Con solo ocho paneles termosellados y una superficie más lisa que sus predecesoras, redujo al mínimo la longitud y profundidad de sus costuras, lo que disminuyó su “rugosidad aerodinámica”; el resultado fue un comportamiento impredecible en el aire. Arqueros y jugadores la cuestionaron duramente: fue comparada con una “pelota de playa” o “de supermercado”. La Jabulani terminó siendo un ejemplo claro de cómo el diseño puede alterar el comportamiento en cancha.
Brazuca, Brasil 2014: Fue la respuesta directa al caos de la Jabulani. Con seis paneles idénticos en forma de hélice y costuras más profundas y largas, aumentó la rugosidad de la superficie y mejoró el control del flujo de aire. Ese cambio técnico permitió una transición más temprana a régimen turbulento, haciendo el vuelo mucho más estable y predecible. Probada durante más de dos años y medio por unos 600 jugadores profesionales, la Brazuca priorizó agarre, precisión y consistencia. Fue bien recibida por arqueros y futbolistas.
Telstar 18, Rusia 2018: Inspirada en el modelo de 1970, recuperó el diseño blanco y negro, pero con una estructura moderna de seis paneles termosellados y textura superficial para mejorar el control aerodinámico. Aumentó la rugosidad y buscó un vuelo más estable y predecible. Sin embargo, no estuvo exenta de críticas: algunos arqueros señalaron que “hacía cosas raras” y que su superficie dificultaba el agarre, especialmente en disparos de larga distancia. La Telstar 18 quedó en un punto intermedio: una pelota más controlada que la Jabulani, pero todavía capaz de generar cierta imprevisibilidad en el juego.
Al Rihla, Qatar 2022: Su apuesta era clara: velocidad y precisión. Con una estructura de 20 paneles y una superficie de poliuretano texturizado, incorporó macro y microtexturas para mejorar la estabilidad y el efecto en el aire. Además, su núcleo (CRT Core) garantizaba mayor consistencia y rebotes predecibles. Diseñada para adaptarse al ritmo cada vez más rápido del fútbol, fue presentada como la pelota más veloz en vuelo de los Mundiales. Esa misma cualidad encendió alertas: algunos anticipaban un desafío mayor para los arqueros, por la rapidez de los disparos y la dificultad de reacción.
Datos vs. juego.
Esa incertidumbre no se limita a la pelota o a la física del remate. También aparece en otra capa del juego, cada vez más estudiada: el movimiento de los jugadores, la carga física, la forma en que se recorre la cancha. Hoy, además del balón, se mide prácticamente todo lo que hace un futbolista dentro del campo.
Ahí entran los sistemas de seguimiento y los modelos de análisis del rendimiento físico, desarrollados en distintos centros de investigación y laboratorios especializados -como la Unidad Académica de Biofísica de Facultad de Medicina de la Udelar-, que buscan ordenar una realidad igual de compleja: cuánto corre un equipo, a qué intensidad, cómo se distribuyen los esfuerzos y qué puede decir todo eso sobre el juego.
“No hay una correlación directa entre cuánto se corre y el resultado”, explica el investigador Gabriel Fábrica. Para abordar esa relación, su equipo construyó un índice de rendimiento físico que combina cinco métricas habituales -distancia total, distancia a alta intensidad, sprint, aceleraciones y desaceleraciones- en un único valor. No se trata de mirar jugador por jugador, sino de entender al equipo como un sistema.
El desafío, dice, es que esas variables “no son comparables entre sí”: tienen distintas unidades, escalas y significados. Promediarlas, por ejemplo, no tiene sentido. Por eso recurrieron a una estrategia matemática que permitiera integrarlas y analizar el comportamiento colectivo a partir de datos de la Copa América 2024.
El resultado, sin embargo, es menos lineal de lo que podría esperarse. Al cruzar ese índice con el desempeño de los equipos, no apareció una relación directa entre “correr más” y “ganar más”. Argentina, por ejemplo, se consagró con valores relativamente bajos en comparación con otros equipos, mientras que en el caso de Uruguay sí se observó una asociación más clara entre mayor carga física y mejores resultados.
Más que una contradicción, el hallazgo refuerza una idea incómoda para las métricas: el rendimiento físico no puede leerse en abstracto. “Depende de cómo juega cada equipo y de lo que le propone el rival”, explica Fábrica. En otras palabras, correr más puede ser una ventaja -o no- según el contexto táctico en el que ese esfuerzo se inscribe.
Esa tensión también aparece en la forma en que se recolectan y utilizan los datos. Hoy, con sistemas de cámaras y GPS, es posible registrar casi todo lo que ocurre en la cancha. Pero no todo lo que se mide se entiende igual de bien. Algunas variables, como la llamada “carga del jugador” o la “potencia metabólica”, intentan captar dimensiones más complejas del esfuerzo -desde las fuerzas que actúan sobre el cuerpo hasta el gasto energético-, aunque su interpretación sigue siendo más difícil y su uso, más limitado.
Incluso en las métricas más extendidas hay zonas grises. Dos jugadores pueden registrar el mismo número de aceleraciones, pero en contextos completamente distintos: una carrera larga por la banda o un movimiento corto y explosivo para anticipar una jugada. En los números, ambos cuentan igual; en el juego, no.
Por eso, una de las líneas de trabajo más recientes apunta a cambiar el enfoque: pasar de medir acciones aisladas a analizar secuencias de juego. Es decir, no solo cuánto corre un futbolista, sino cómo, cuándo y para qué lo hace. Un cambio que, si prospera, podría modificar no solo la forma de analizar el rendimiento, sino también la manera de entrenarlo.
“Eso puede cambiar el paradigma de entrenamiento”, señala. Diseñar ejercicios más parecidos a las situaciones reales del partido, más contextualizados, es una de las líneas que recién comienzan a discutirse.
Esa tensión entre lo que se mide y lo que realmente ocurre también se ve en cómo persisten ciertas ideas instaladas en el deporte. Durante años, por ejemplo, el resultado de un penal se pensó casi como una cuestión de azar. Sin embargo, estudios recientes -basados en el análisis sistemático de las decisiones del arquero- muestran que hay patrones cada vez más claros y una mejora en la eficacia para atajar. Aun así, la idea de la “lotería” sigue vigente entre jugadores, técnicos y hasta en el discurso mediático.
“Si preguntás a periodistas deportivos y jugadores, seguro que todavía permanece la idea de que es la suerte la que rige el resultado de una tanda de penales”, señala.
Cambiar esas creencias no es sencillo, incluso cuando aparece evidencia en sentido contrario. Parte del desafío, advierte Fábrica, es que no siempre los datos llegan -o se traducen- de forma útil para quienes están en el campo. Y algo similar ocurre con muchas de las métricas físicas: se utilizan como referencia, pero todavía falta entender cuánto de eso se traduce realmente en situaciones de juego.
Aun así, incluso con más datos, mejores modelos y mayor sofisticación, hay un límite difícil de cruzar. El propio Fábrica lo resume con una imagen: el fútbol, como la Fórmula 1, se volvió más preciso, más apoyado en la tecnología y la estrategia. Pero, a diferencia de los autos, lo juegan personas.
A futuro, sostiene el investigador, “se van a cometer menos errores en términos estadísticos”. Pero aclara: “Alguien va a seguir pisando la pelota y cayéndose. Alguien va a errar un gol abajo del arco. El fútbol seguirá teniendo aspectos impredecibles. Si no, se volvería demasiado dependiente de la tecnología: ya sabríamos quién va a ganar, como en la Fórmula 1”.
Porque, al final, incluso en la era de los algoritmos y los sensores, hay algo que sigue sin poder modelarse del todo: la decisión en el instante, la presión, el margen de lo inesperado. Es en ese pequeño desajuste entre lo que se mide y lo que ocurre donde Gary Lineker tuvo que rectificarse: “22 jugadores persiguen una pelota durante 90 minutos y, al final, los alemanes no siempre ganan”. Ahí, justamente, está la magia del fútbol.
En el fútbol, pocas situaciones parecen tan cercanas al azar como un penal. Sin embargo, la ciencia sugiere que no todo es intuición ni suerte. Investigadores uruguayos lograron demostrar que un arquero puede mejorar significativamente su rendimiento -incluso duplicarlo o triplicarlo- si aprende a leer el cuerpo del ejecutante en el instante clave.
El trabajo, liderado por el paleontólogo y especialista en biomecánica Richard Fariña parte de una idea simple: el penal es una “situación de laboratorio” dentro del fútbol. Dos jugadores, una pelota quieta y reglas claras. Ese escenario permite analizar con precisión la interacción entre quien patea y quien ataja.
La clave está en un detalle que ocurre en fracciones de segundo. Antes de golpear la pelota, el ejecutante inclina levemente el torso hacia el lado al que dirigirá el disparo. Esa señal, casi imperceptible, puede anticipar la trayectoria. El arquero tiene alrededor de medio segundo para interpretarla y reaccionar.
Para probarlo, los investigadores trabajaron con arqueros jóvenes que enfrentaron cientos de penales antes y después de entrenar esta lectura corporal. El resultado fue contundente: aumentaron de forma drástica su capacidad de elegir el lado correcto.
El estudio también derriba algunos mitos. La estatura, por ejemplo, no es determinante: un arquero más alto puede llegar más lejos, pero uno más bajo puede reaccionar más rápido. Tampoco todo depende del talento innato. La lateralidad, la anticipación y el entrenamiento específico juegan son clave.
Claro que hay límites. Un penal bien ejecutado al ángulo sigue siendo prácticamente imposible de atajar. Pero esos son los menos frecuentes: la mayoría de los remates no van tan ajustados, y ahí es donde la lectura del cuerpo puede marcar la diferencia.
En una nota de 2021, el paleontólogo decía con poesía: “De los muchos penales que estudiamos (desde el Mundial de Sudáfrica hasta el presente) hay uno paradigmático que, además, me produce una gran admiración. Fue el del ghanés Asamoah Gyan contra Uruguay en la tanda de penales que lo pateó al ángulo. Después de que el tipo erró uno en el minuto 120 tuvo el ánimo de patear ese penal al ángulo y no le alcanzó. Es un drama griego. Los dioses habían querido otra cosa. No importa que el héroe haga todo lo que está a su alcance porque no va a pasar de ser un héroe trágico”.
Lejos de ser una lotería, el penal aparece así como un duelo estratégico, una especie de “carrera armamentista” entre pateador y arquero.
Y en ese juego, la ciencia -y la capacidad de observar en el momento justo- puede inclinar la balanza.