Entre pilas de vinilos y CDs, Mauro Correa (46) busca huellas, encuentra sentido y arma constelaciones. “Me considero una persona bastante inquieta”, dice el fundador de Little Butterfly Records. Esa inquietud atraviesa toda su historia, desde la juventud en Las Piedras, cuando tocaba en Pirexia —banda de hardcore/punk— y se movía entre giras autogestionadas por Europa, hasta el presente, en que su sello cumple una década rescatando joyas perdidas y acompañando a una nueva camada de músicos uruguayos.
De la filosofía “hazlo tú mismo” —grabar, producir, vender, crear redes— proveniente del punk, nació su modo de trabajo. En las giras descubrió sellos y espacios culturales “gestionados desde los artistas, con prolijidad, con cuidado y con respeto”, y entendió que ese modelo también podía existir en Uruguay. Su amor por el formato físico y la historia musical local hizo el resto.
Desde los años 90, se metió en el universo del coleccionismo, lo que implicaba recorrer ferias, conversar con vendedores de Tristán Narvaja y rastrear ediciones perdidas de discos uruguayos. “Siempre me gustó el objeto, me apasioné por ese mundo. Empecé a conectar con personas que estaban en la misma y con vendedores que hace 30 años nunca dejaron de vender vinilo”, cuenta a Domingo.
En esos pasillos de carátulas gastadas aprendió que el amor por la música también implica ingenio. El vinilo es un formato caro y, para seguir comprando, tuvo que empezar a vender él también. Así, casi sin planearlo, se volvió parte de una red de intercambio que ayudaba a mantener viva la memoria sonora del país.
Con el tiempo, su curiosidad encontró eco más allá de las fronteras. “Venían personas del exterior, me acuerdo de japoneses, holandeses, estadounidenses, buscando discos de música uruguaya. Los japoneses hablaban de Mateo (Eduardo), venían a visitar su tumba y lo veneraban con un amor impresionante”, recuerda. Aquella devoción fue una señal: lo que aquí, para algunos, podía pasar desapercibido, tenía un valor universal. Desde entonces, Mauro se dedicó a investigar, conocer historias y rescatar archivos. Así nació el impulso de crear un sello que ayudara a devolver al país aquello que muchos coleccionistas extranjeros ya valoraban.
Otro punto fundamental fue notar que la recuperación del patrimonio musical uruguayo estaba ocurriendo, pero lejos del público local. “Algunos sellos europeos lo estaban haciendo, pero los discos no llegaban acá. Entonces, la primera misión fue: recuperemos el archivo histórico para los uruguayos”, cuenta.
La propuesta se desarrolló como una labor de hormiga. Implicó rastrear archivos, negociar licencias, restaurar audios, recuperar artes originales y fabricar los vinilos en Europa. “Por ejemplo, hay discos que fueron editados en dictadura, en los que faltan canciones porque fueron censuradas”, explica. Por eso algunas reediciones incluyen fotografías inéditas, textos de contexto histórico y créditos corregidos, para darles a las obras un carácter definitivo y patrimonial.
Música de ayer y de hoy
En 2015, Little Butterfly lanzó sus primeras ediciones, abriendo un nuevo capítulo en la historia de la música uruguaya. Ese año aparecieron los primeros títulos: Ideación y Psiglo II de Psiglo, Cuerpo y alma de Eduardo Mateo, Deliciosas criaturas perfumadas de Buitres —que nunca había salido en vinilo— y Sangre, un lanzamiento de Hablan por la Espalda. “Presentamos un poco la recuperación histórica y un poco lo que estaba pasando en el presente”, rescata el fundador del sello.
Mientras tanto, la escena local vivía un resurgir del vinilo. Uruguay había tenido tres fábricas activas durante el siglo XX, pero todas cerraron a comienzos de los 90. Desde entonces, la circulación se manejó de forma casi artesanal.
“Sí, desde hace unos años hay un aumento en la búsqueda, pero nunca se dejó de producir vinilo —advierte Mauro—. Lo que pasa ahora es que las multinacionales volvieron a reeditar catálogos porque descubrieron una nueva oportunidad de negocio”.
Por otro lado, en épocas de música digital accesible en plataformas infinitas, también el CD sorprende: “Ahora hay un momento bastante importante para este formato. Se está reeditando mucho y hay mucha gente que compra”, apunta.
Durante la pandemia el sello vivió uno de sus momentos más intensos. “En seis meses hicimos cinco discos con Jaime (Roos). Estábamos con toda la energía y fue impresionante abrir esas cajas del tiempo que él vivió en Europa, con todo su archivo. Encontrar manuscritos y poner eso en un libro de 30 páginas a disposición de la gente, son documentos realmente”, cuenta.
El proceso incluyó trabajar con los diseñadores originales, corrigiendo detalles técnicos y estéticos, y reacreditar músicos omitidos en su momento. “Fue poner en orden la historia, acomodar las cosas. Hubo personas muy valiosas que tuvieron poca visibilidad como, por ejemplo, Darío Ribeiro, un técnico fundamental en discos de Jorge Galemire, Los Estómagos y Jaime. Hicimos un trabajo para reivindicar su figura”, detalla.
El punto de inflexión llegó casi sin proponérselo. Hasta entonces, Little Butterfly había funcionado como un archivo sonoro, dedicado a rescatar discos perdidos y devolverlos a circulación. Pero todo cambió en 2018 con Hambre, el cuarto álbum de Ete y Los Problems. Mauro y Ernesto Tabárez se cruzaron en un momento justo en el que la banda ya tenía el disco listo. A partir de esa experiencia, el sello se expandió hacia territorios desconocidos: la promoción digital, la difusión, el acompañamiento artístico. “Una cosa es recuperar un archivo y otra muy distinta es desarrollar un proyecto vivo”, anota. Desde entonces, Little Butterfly se volvió también un espacio para lo que está pasando hoy.
La fabricación del vinilo se realiza en República Checa, donde funciona la planta más grande del mundo. El sello produce unas 5.000 unidades anuales y exporta a Europa, Estados Unidos y Japón. El desafío, dice, sigue siendo sostener un proyecto así en un país pequeño, donde la escala es limitada. “Hay mucha música increíble que no llega a tener la visibilidad que podría. Pero trato de no mirar al costado. Lo hacemos porque confiamos en esto”.
En esa convicción está también la proyección hacia el futuro: seguir editando, conectar generaciones, cuidar el catálogo. “No siempre las cosas salen como uno quiere, pero están hechas de corazón, y con eso ya estoy tranquilo, porque todo esto —los discos, la música, la información— queda como un documento para compartir”.
A 10 años de su fundación, Little Butterfly Records pareciera ser más que un sello discográfico, también una forma de militancia cultural. En cada reedición hay una declaración de amor a la memoria musical del país, y en cada nuevo lanzamiento, una apuesta por lo que vendrá.
“Cuando empecé esto dije: ‘Voy por todo’. Y creo que se ha sentido ese esfuerzo, ese trabajo para consolidar un proyecto que hoy tiene visibilidad y, sobre todo, el cariño de la gente”, finaliza Mauro.
Aunque nació como un proyecto personal, Little Butterfly se fue tejiendo como una red. Técnicos, diseñadores, fotógrafos, coleccionistas y músicos participan de un proceso en el que la prioridad no son las grandes tiradas, sino las ediciones cuidadas y con sentido. “Somos un equipo pequeño, y hay una red sólida de colaboradores detrás. No hacemos esto con un plan de negocios, sino desde el amor y el respeto por la música uruguaya”, sostiene Mauro.
Con sede en la tienda Discomoda —icónica disquería de Tristán Narvaja fundada por “Pinocho” (Hodaiz Arsenio Acosta) en 1974— el sello ya supera las 200 ediciones. De nombres consagrados como Eduardo Mateo o Jaime Roos a músicos de generaciones recientes como Luciano Supervielle, e incluso las voces más nuevas de la escena, como Lucía Romero o Ino Guridi. En ese recorrido, dejó de ser solo un sello de recuperación para convertirse en una plataforma viva donde lo emergente encuentra sustento. Mauro explica que esa expansión fue natural: “La recuperación histórica era una parte, pero también queríamos contar lo que pasa hoy. Me gusta conectar con gente que está haciendo cosas”.
Esa apertura tiene que ver con la escala del país y el espíritu colaborativo que la música local demanda. “Somos un país chico; es importante que la red funcione, más allá de los gustos. Todos los artistas, por más consolidados que estén, hacen un esfuerzo todos los días. Nadie la tiene resuelta”.
En ese mapa de vínculos y aprendizajes aparece también una identidad sonora compartida. “Si mirás hoy, y te fijás también en el ayer, el sonido de la música uruguaya es muy identificable, independientemente de los géneros. Hay algo que nos atraviesa a todos: Montevideo”.
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