Durante un tiempo, uno de los grandes compositores de la música brasileña vivió en Uruguay sin que buena parte de quienes se cruzaban con él supieran exactamente quién era. En 2009, Belchior llegó con su compañera, Edna Prometheu, a San Gregorio de Polanco, una pequeña localidad a orillas del río Negro. Se instalaron en una cabaña y explicaron que pretendían quedarse una temporada larga. Su propietario contó años después que al recibirlo no reconoció al hombre del bigote inconfundible. Belchior parecía buscar precisamente eso: un lugar donde ser un desconocido.
Para entonces, en Brasil ocurría lo contrario. La ausencia del músico se había convertido en noticia. Familiares y amigos decían no saber dónde estaba; la televisión buscaba al autor de algunas de las canciones más famosas del cancionero popular y comenzaba a construirse alrededor suyo una leyenda: Belchior había desaparecido. Cuando el programa Fantástico finalmente lo encontró en Uruguay, él rechazó esa versión. No estaba desaparecido, dijo; estaba componiendo y preparando nuevos trabajos.
La escena parece escrita por él mismo. Décadas antes había hecho de la partida, la carretera y la voluntad de abandonar todo, algunos de los grandes temas de sus canciones.
Un mestre en cantar el desencanto
Antônio Carlos Belchior nació el 26 de octubre de 1946 en Sobral, en el interior de Ceará. Antes de convertirse simplemente en Belchior, pasó por experiencias que ayudan a entender la particular mezcla de referencias que terminaría apareciendo en su obra. Durante tres años estudió en un monasterio capuchino de Guaramiranga, donde profundizó su contacto con la filosofía y la literatura y desarrolló una disciplina de silencio e introspección que, según reconstruyó su biógrafo Jotabê Medeiros, lo acompañaría durante toda la vida. También estudió Medicina, aunque abandonó la carrera para dedicarse a la música.
A comienzos de los años 70, dejó Ceará rumbo al sudeste. La mudanza no era solamente geográfica. Para un joven nordestino que desembarcaba en las grandes ciudades brasileñas, Río de Janeiro y São Paulo representaban promesa. Esa experiencia del migrante atravesaría profundamente sus canciones.
Caetano Veloso, uno de los principales destinatarios de ese diálogo generacional, supo reconocerlo. Cuando el cearense murió, en 2017, le dedicó un obituario en O Estado de São Paulo en el que afirmó que Belchior se había instalado “en la memoria profunda de la historia de la creación de música popular en Brasil” y destacó la “inmensa belleza poética” de muchos de sus versos.
Sus canciones podían ser políticas sin adoptar necesariamente la forma tradicional de la canción de protesta. En lugar de grandes abstracciones, aparecían experiencias concretas. La calle. El hambre. El trabajo. La partida. El deseo de cambiar de vida.
Y había algo más: la manera de decirlo. Belchior no poseía una voz convencional. Era nasal, aguda, inmediatamente reconocible. Cantaba estirando sílabas y acomodando cantidades extraordinarias de palabras dentro de una melodía. Sus letras podían incorporar referencias a Dante, Fernando Pessoa, Carlos Drummond de Andrade o Bob Dylan y, enseguida, recuperar expresiones coloquiales o imágenes del Nordeste brasileño. En una de sus canciones más conocidas se presentó con deliberada modestia como “apenas un muchacho latinoamericano, venido del interior”.
A sus 29 años, Elis Regina fue una intermediaria decisiva en su consagración. Él solía contar que cuando la cantante quiso conocer sus nuevas composiciones él atravesaba una situación económica tan precaria que le explicó que no tenía guitarra, grabador, y ni siquiera dinero para tomar un ómnibus hasta su casa. Elis respondió enviándole un auto. De aquel encuentro surgiría una de las asociaciones fundamentales de la música brasileña de los años 70.
En 1976, Elis incluyó en Falso Brilhante dos composiciones de aquel cearense, aún relativamente desconocido: “Velha Roupa Colorida” y “Como Nossos Pais”. Esta última se transformó en una de las interpretaciones más emblemáticas de su carrera.
Ese mismo año, Belchior publicó Alucinação, el disco que el pasado junio cumplió 50 años y que lo transformó definitivamente en uno de los grandes compositores de Brasil. Desde entonces construyó una discografía extensa.
Sus últimos años
Uruguay no apareció en la vida de Belchior recién cuando decidió alejarse de Brasil. Su relación con el país tenía antecedentes artísticos de varias décadas. En los años 80, Las Tres —el trío integrado por Estela Magnone, Laura Canoura y Mariana Ingold—incorporó a su repertorio “Como nuestros padres”, aquel notable retrato generacional que Elis Regina había convertido en un clásico. El vínculo se hizo todavía más concreto en 1992, cuando Belchior se encontró con Larbanois & Carrero para grabar Eldorado, un disco construido a ambos lados de la frontera y editado por el sello uruguayo Orfeo. El álbum reunió composiciones del brasileño con canciones del dúo uruguayo y dejó documentado un diálogo entre la canción popular de ambos países.
Por eso, cuando muchos años después Belchior cruzó nuevamente la frontera y comenzó una larga estadía aquí, el país no era un territorio ajeno en su trayectoria.
A partir de 2009, fue abandonando progresivamente la estructura de su vida anterior y comenzó una existencia errante que alimentaría uno de los capítulos más enigmáticos de su biografía. Hubo deudas, cuentas judicialmente bloqueadas y períodos en los que dependió de amigos y admiradores para alojarse. Parecía haber llevado hasta una consecuencia extrema una idea que había recorrido su obra desde la juventud: la posibilidad de abandonar una vida y comenzar otra.
Después de pasar por distintos lugares de Uruguay y del sur de Brasil, terminó instalado en Santa Cruz do Sul. Allí murió el 30 de abril de 2017, a los 70 años, debido a una disección de aorta.
Para un artista que había dedicado tantas canciones a preguntarse qué hacer con el tiempo, la muerte produjo un efecto inesperado: su obra comenzó a rejuvenecer. Por ejemplo, “Sujeito de Sorte”, grabada en 1976, que trae como frase central —"ano passado eu morri, mas esse ano eu não morro”— volvió a aparecer con fuerza en protestas, redes sociales y manifestaciones culturales luego de que el rapero Emicida la rescatara en AmarElo, en 2019.
No fue un caso aislado. En 2021, Ana Cañas dedicó un álbum entero a su repertorio, —Ana Cañas Canta Belchior—. El proyecto había nacido durante la pandemia, a partir de una presentación virtual, y terminó convirtiéndose en disco y en una extensa gira por Brasil. El reconocimiento se prolongó en los años siguientes: el espectáculo fue elegido por la Asociación Paulista de Críticos de Arte (APCA) como uno de los mejores discos de aquel año.
Y la cadena continúa entre artistas de una generación todavía más joven. Este mismo agosto, Chico Chico —hijo de Cássia Eller— y Juliana Linhares homenajearon a Belchior en el festival Doce Maravilha, en Río de Janeiro, con un espectáculo dedicado a sus canciones. La presentación, anunciada directamente como Chico Chico celebra: Belchior com Juliana Linhares, tuvo lugar el 8 de agosto y volvió a poner aquel repertorio de los años 70 en las voces de jóvenes que crecieron varias décadas después.
Hoy sus canciones siguen siendo escuchadas por personas que no habían vivido la dictadura y que ni siquiera habían nacido cuando él dejó de grabar regularmente. Hay un público que encuentra en aquellas letras otra cosa: ansiedad frente al futuro, frustración política, necesidad de sobrevivir. Tal vez por eso, al acercarse los 80 años de su nacimiento —una fecha para la que ya se preparan en Brasil distintos homenajes y celebraciones en torno a su obra—, Belchior pertenece menos al territorio de la nostalgia que al del presente.
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