"Sin salud no hay proyecto personal que valga absolutamente nada", sostuvo el médico cardiólogo y homeópata Walter Dresel. No habla solamente de lo físico, ya que sus más de 50 años de experiencia le han demostrado que las emociones ocupan un rol fundamental en el sufrimiento y las afecciones. En ese camino, se ha encontrado con uno de los mejores remedios del mundo: la escucha.
En la práctica, lo anterior se traduce en un abordaje empático, con foco en los pensamientos y sentimientos que recorren al paciente. De eso se trata su nuevo libro Memorias de blanco: hacia una medicina más humana (Penguin Random House Grupo Editorial), disponible en todas las librerías del país. Habló con El País acerca de este título y de las falencias del sistema de salud actual, que —afirmó— continúan atendiendo los síntomas físicos sin ocuparse de las emociones.
—Ha escrito más de 20 libros. ¿Qué diferencia a este de los anteriores?
—Los 23 libros anteriores tienen que ver con lo que nos sucede como seres humanos. Desde Toma un café contigo mismo hasta El lado profundo de la vida: Cómo enfrentar y superar las crisis personales, cada obra aborda una temática puntual. En el caso de Memorias de blanco: Hacia una medicina más humana, no se habla de enfermedades, sino de personas; de todos aquellos que, de alguna manera, estamos en contacto con la medicina, ya sea como médicos o pacientes. Primero, le entrego al lector parte de mi vida y relato mi vínculo —de cinco décadas— con la medicina; segundo, abordo el papel de las emociones en el diagnóstico clínico y la importancia de escuchar al paciente; tercero, hablo del delgado límite que existe entre la salud y la enfermedad, y el derecho que todos tenemos a una atención digna, una escucha empática y un respeto frente al estado de vulnerabilidad que implica estar enfermos.
— ¿Cómo ha cambiado la relación médico-paciente en su carrera profesional?
— Cuando egresé de la Facultad de Medicina, el médico ocupaba un lugar central; era el que daba las directivas para el tratamiento y la eventual curación del paciente. Y, si una persona planteaba problemas en su vida personal, la tendencia general era darle un pase al psiquiatra, cuando, en realidad, no había un trastorno mental, sino problemas cotidianos. Con el tiempo, entendí que podía lograr más éxitos terapéuticos escuchando al paciente que recetando medicamentos. Los seres humanos, cuando estamos enfermos, tenemos la enorme necesidad de volcar nuestras emociones y de que alguien nos escuche sin juzgar.
— ¿De eso se trata humanizar la medicina?
— Sí. Es una tarea que debemos hacer entre todos: volver a ese médico de cabecera, de familia, al cual no solo vamos para que nos repita la medicación o nos mande a hacernos análisis, sino uno que se convierta en una especie de amigo, con quien podamos hablar y expresar lo que sentimos. Cuando un ser humano enferma, entra en un estado de vulnerabilidad que hace que necesite ser comprendido y contenido. El médico no solamente tiene que ser riguroso en la búsqueda de las causas, sino que debe interrogar al paciente acerca de cómo siente el curso de su enfermedad.
— ¿Cree que la medicina avanza hacia ese modelo?
— En parte sí; por ejemplo, ahora la Universidad de la República tiene una especialización en Medicina familiar y comunitaria. Sin embargo, el sistema hace que cueste mucho volver a ese vínculo tan importante que hacía del médico un integrante más de la familia. En medicina decimos que no existen enfermedades sino enfermos, es decir, las personas pueden cursar la misma enfermedad de formas distintas de acuerdo con diversos factores; entre ellos, el contexto. Entonces, tenemos la tarea de volver a una medicina más humana. Como médicos, debemos afinar la sensibilidad y escuchar a los pacientes. Y, como pacientes, confiar en el profesional y volcar en él todo lo que uno siente.
— ¿Qué le llevó a descubrir el impacto de las emociones en las enfermedades?
— En la Facultad me enseñaron que la curación del enfermo es la restitución anatómica y funcional de un órgano o sistema que está enfermo. Y esa definición es perfecta, indudablemente. Pero, al estar cara a cara con los pacientes, me di cuenta de que esa era solamente una parte de la verdad. La curación es así desde el punto de vista orgánico, pero hay algo más que causa o sostiene la enfermedad: las emociones. Lo probé con una paciente de alrededor de 60 años que había venido a consultarme por un tema estrictamente físico; precisamente, una artrosis de rodilla. Luego de ver las placas y examinarla, la ayudé a bajar de la camilla y le pedí que se sentara frente al escritorio para completar la historia clínica. Entonces, le pregunté cómo estaba su vida. Esa sola pregunta desencadenó un llanto intenso. Cuando logré contenerla, comenzó a contarme acerca de los conflictos que atravesaba y nos dimos cuenta —ambos— de que era tan importante aliviar el dolor de la rodilla como poner su casa interna en orden. A partir de ese momento, la parte emocional siempre formó parte inseparable de mi manera de confeccionar la historia clínica.
Desde 1988 y durante treinta años dirigí los programas radiales Buen día, salud y Mediodía con salud, donde hablaba de la incidencia de las emociones en las enfermedades, algo que los médicos, en general, todavía no aceptaban. Hoy prácticamente nadie lo discute, pero no todos lo practican. Nadie duda de la relación entre el estrés y un sinnúmero de enfermedades; sin embargo, aún hay colegas que ponen su atención exclusivamente en la parte física. Obviamente que para contemplar la parte emocional se necesita tiempo, ¿verdad? Pero creo que la tendencia natural de este siglo XXI tiene que ser hacia una medicina más humana partiendo de la base de que la relación entre el médico y el paciente es, justamente, entre dos seres humanos.
— Si lo que se requiere es tiempo, ¿no hay que cambiar el sistema?
— El sistema mutual le da a cada médico cinco pacientes por hora. Eso significa 12 minutos por paciente. En ese tiempo, uno no puede hacer un diagnóstico clínico y atender la parte emocional; además, la posibilidad de equivocarse —más allá de tener en cuenta o no a las emociones— es extremadamente alta. Como mencioné anteriormente, no hay enfermedades, sino enfermos: la misma enfermedad se presenta de un modo diferente en cada persona, y el tiempo es clave para preguntar, examinar y llegar a un diagnóstico clínico certero. Por eso, este tema de una medicina más humana requiere una mesa redonda donde nos reunamos todos los actores vinculados con la medicina y pongamos al paciente en el centro. Si unimos los saberes entre colegas, lograremos que el paciente se recupere más rápidamente. Y creo que debemos dirigir nuestros esfuerzos hacia recuperar la salud de las personas lo más rápidamente posible. Porque, ¿qué es más importante en la vida? No son las metas, los objetivos, el proyecto personal. Eso está precioso, pero solo tiene sentido en la medida en que la persona tenga un razonable estado de salud. Sin salud no hay proyecto personal que valga absolutamente nada.
— Más allá del vínculo médico-paciente, ¿qué podemos hacer para conectar con nuestras emociones y así mejorar nuestra salud?
— Antes de pedir ayuda, uno tiene que sentarse a tomar un café consigo mismo, que es el título de uno de mis libros más conocidos. Eso significa tener un diálogo interno y preguntarse qué es lo que a uno le pasa. Estoy absolutamente seguro de que la mayoría de las respuestas que buscamos en momentos difíciles están en nuestro interior, pero ocultas, y no las queremos ver. Entonces, si nos disponemos a tomar ese café real o imaginario con nosotros mismos y preguntarnos dónde estamos parados en la vida, lo siguiente es evaluar qué herramientas tenemos para cambiar. Cuando vemos que no contamos con herramientas, ese es el momento de pedir ayuda y escuchar a otro, porque siempre hay más de una interpretación y más de una solución para nuestros problemas.