Es una escena frecuente en muchos hogares: el gato se acerca, busca la compañía de una persona y, cuando recibe una caricia o un abrazo, responde con un mordisco.
Según el veterinario Manuel Manzano, esta reacción puede estar relacionada con una interpretación equivocada del lenguaje corporal del animal.
Aunque los gatos conviven con los seres humanos desde hace milenios, mantienen comportamientos propios de su naturaleza. De acuerdo con el especialista, dos conductas biológicas ayudan a explicar algunas de sus reacciones: la conducta predatoria y la necesidad de autoprotección.
En la vida silvestre, la caza implica acechar, seguir y atrapar a una presa, acciones que suelen culminar con el uso de la boca. Al mismo tiempo, por su tamaño, los gatos también pueden ser presa de otros animales. Por eso, ante una situación que perciben como riesgosa o una invasión de su espacio, pueden reaccionar para protegerse.
Un saludo que no siempre es una invitación a las caricias
Uno de los malentendidos más habituales puede producirse cuando el gato se acerca y frota la cabeza o las mejillas contra las piernas de una persona.
Manzano explica que este comportamiento es un saludo social y no necesariamente una invitación a recibir masajes, abrazos prolongados o caricias intensas.
El problema aparece cuando una persona interpreta ese acercamiento como una señal para aumentar el contacto físico: toma al animal en brazos, lo abraza o continúa acariciándolo aunque este no lo busque. Según el especialista, frente a ese exceso de contacto el gato puede sentirse amenazado y reaccionar con un mordisco.
Dejar que el gato decida
Ante estas situaciones, el veterinario recomienda responder al contacto inicial con un toque leve en la cabeza y permitir que sea el animal quien decida qué hacer después.
Si quiere continuar acercándose, puede demostrarlo mediante nuevos contactos voluntarios. Si no, puede alejarse y continuar con sus actividades.
Respetar esa autonomía y observar las señales del animal son, según Manzano, aspectos importantes para una convivencia más armoniosa. La recomendación es controlar los impulsos de acariciar o abrazar al gato y prestar atención a los límites que establece durante cada interacción.
Cuando el animal se siente seguro y su espacio es respetado, es más probable que busque el contacto de manera voluntaria y pausada. Comprender estas señales permite reducir situaciones de estrés que pueden terminar en mordeduras.
En definitiva, la convivencia con un gato también implica aprender a interpretar una forma de comunicación diferente de la humana. Observar su comportamiento y respetar sus límites puede ayudar a evitar malentendidos y favorecer un vínculo más seguro entre el animal y las personas con las que convive.
En base a La Nación/GDA