Para la mayoría de los dueños de perros resulta un misterio ver cómo un perro destruye un peluche en cuestión de minutos mientras conserva otro intacto durante años. Detrás de esa aparente arbitrariedad no hay un capricho, sino la manifestación de instintos atávicos.
Acciones como morder, sacudir e intentar desgarrar forman parte de la secuencia predatoria heredada de sus antepasados, vinculada a la persecución, captura y manipulación de presas. Por este motivo, aquellos muñecos que incorporan chifles, crujidos o telas fáciles de sujetar despiertan una atracción inmediata; muchos animales no paran de morder hasta dar con la fuente del sonido. A esto se suma el factor de la resistencia: las costuras endebles e hilados finos ceden de inmediato ante el juego intenso, a diferencia de los materiales diseñados para soportar mordidas potentes.
En contraposición a la conducta destructiva, existen objetos que despiertan una respuesta de apego. Es habitual que ciertas mascotas transporten determinados peluches por toda la casa, duerman acurrucados a ellos o los lamen con frecuencia. En estos casos, la textura suave, la retención de olores familiares y la sensación de confort transforman al juguete en un elemento de refugio emocional.
Aunque popularmente suele asociarse este comportamiento con la adopción del objeto como si fuera una cría, los especialistas señalan que responde más bien a asociaciones positivas y a preferencias individuales del animal.
Señales de alerta y pautas para un juego seguro
Aunque romper objetos puede formar parte del entretenimiento habitual, conviene prestar atención al contexto en que ocurre. Si la destrucción sistemática de juguetes se desata principalmente cuando la mascota queda sola en la vivienda y se acompaña de otros signos de malestar, podría tratarse de una manifestación de ansiedad por separación.
Asimismo, la falta de estimulación ambiental y la escasez de paseos o actividades exploratorias suelen derivar en una conducta destructiva canalizada a través del mordisqueo.
El principal peligro de esta dinámica radica en el riesgo de ingesta de materiales. La absorción accidental de trozos de tela, relleno sintético, goma o piezas plásticas puede desencadenar severas complicaciones gastrointestinales y obstrucciones internas. Por esta razón, resulta fundamental inspeccionar con frecuencia el estado de los juguetes, retirar de inmediato aquellos que estén deteriorados o deshilachados y acudir sin demora al veterinario si el perro consume alguna parte.
Al momento de elegir un nuevo juguete, es imprescindible adaptar la decisión al tamaño, la edad y la fuerza de la mandíbula del animal, priorizando artículos de goma resistente o cuerdas para uso supervisado.
En base a El Tiempo/GDA