En la boca conviven cientos de especies de bacterias, además de virus, hongos y otros microorganismos. Algunas participan en procesos que pueden favorecer las caries o las enfermedades de las encías, mientras que otras forman parte de un ecosistema que ayuda a mantenerlas bajo control.
Ese equilibrio no depende únicamente del cepillo de dientes. Lo que se come también puede influir en las condiciones en las que viven estos microorganismos.
Entre las bacterias relacionadas con las caries se encuentra Streptococcus mutans, capaz de utilizar los azúcares disponibles para producir ácidos que contribuyen al desgaste del esmalte dental. Por eso, además de una higiene adecuada, la calidad y la frecuencia de la alimentación tienen un papel que no conviene pasar por alto.
Una alimentación basada en alimentos vegetales puede aportar distintos compuestos que interactúan con los microorganismos de la boca. Las verduras de hoja verde, la remolacha y los rábanos, por ejemplo, contienen nitratos. Algunas bacterias beneficiosas del género Neisseria pueden participar en su transformación y contribuir a la producción de óxido nítrico, una sustancia vinculada con la regulación de la presión arterial y la función cardiovascular.
Otro grupo de interés son los polifenoles, compuestos presentes naturalmente en numerosas plantas. El té contiene varios de ellos y algunos estudios han observado que pueden dificultar el crecimiento y la adhesión de determinadas bacterias asociadas con problemas dentales.
Las frutas también aportan polifenoles, especialmente las de colores oscuros. La profesora Christine Wu, de la Universidad de Illinois en Chicago, ha citado investigaciones que encontraron que el jugo de arándano puede dificultar el crecimiento de la placa dental y de bacterias relacionadas con las caries y las enfermedades periodontales.
Esto no significa que beber jugo de arándano sea un tratamiento para estos problemas, sino que algunos de sus componentes están siendo estudiados por su posible interacción con el microbioma oral.
El ajo es otro alimento que ha despertado interés por sus posibles efectos sobre las bacterias de la boca. Su principal compuesto de interés es la alicina, una sustancia que ha mostrado actividad frente a algunas bacterias relacionadas con las caries y las enfermedades de las encías.
Como ocurre con otros alimentos estudiados en este contexto, encontrar actividad antibacteriana en determinadas condiciones de laboratorio no equivale a demostrar que comer ajo prevenga por sí solo una enfermedad dental. Por eso, estos hallazgos deben entenderse como parte de una investigación más amplia sobre la relación entre alimentación y microbioma oral.
El queso también ha sido estudiado por su posible relación con las bacterias de la boca. Una pequeña investigación realizada en Italia siguió durante cinco días a nueve personas que consumieron queso Grana Padano. Al finalizar ese período, los investigadores observaron modificaciones en las bacterias presentes en la boca, entre ellas una menor presencia de S. mutans.
Hay además un efecto más sencillo de explicar: masticar queso estimula la producción de saliva. Y la saliva cumple una función importante porque ayuda a eliminar restos de alimentos y contribuye a neutralizar los ácidos presentes en la boca. Pero, nuevamente, se trata de un elemento dentro de un conjunto de hábitos y no de un alimento capaz de reemplazar el cuidado dental.
Si algunos alimentos pueden favorecer un ambiente oral más equilibrado, hay otros cuyo consumo frecuente puede jugar en contra. Las bebidas y alimentos con grandes cantidades de azúcar proporcionan combustible para las bacterias relacionadas con las caries. También conviene prestar atención a productos elaborados con carbohidratos refinados, como pan blanco, galletas, pasteles y pretzels, que pueden convertirse con facilidad en azúcares disponibles para los microorganismos de la boca.
En ese sentido, una alimentación basada principalmente en alimentos vegetales integrales, fibra y carbohidratos complejos puede contribuir a un ecosistema oral más estable, según explica Gaetano Isola, profesor asociado de Periodoncia de la Universidad de Catania, en Italia.
Un estudio en el que participó Isola encontró, además, que las personas que seguían en mayor medida un patrón de alimentación mediterráneo —con abundancia de frutas, verduras, cereales integrales y grasas saludables— tendían a presentar enfermedades de las encías menos graves.
Una dieta variada, con predominio de alimentos vegetales y menor presencia de productos ricos en azúcares refinados, puede contribuir a mantener un entorno más favorable para los microorganismos que viven en la boca. Y ese equilibrio se suma —no sustituye— a la rutina básica de higiene dental.
Con base en El Tiempo/GDA