Cómo destapar la nariz en 30 segundos. Eliminar el dolor lumbar sin pastillas. Cuántas calorías consumir por día. Qué cantidad de proteína necesito. La dieta que desinflama. El suplemento que reduce la ansiedad. El truco definitivo para dormir mejor. Miles de personas consumen este tipo de contenido en TikTok, Instagram o YouTube Shorts todos los días. Consultan mientras esperan el ómnibus, antes de dormir o en una pausa laboral. Muchas veces ni siquiera buscan activamente información médica. Simplemente les aparece. Y ahí está uno de los grandes cambios de esta época: la consulta médica informal dejó de pasar por Google y empezó a pasar por los algoritmos.
Durante años, el fenómeno del llamado “Doctor Google” preocupó al sistema de salud. Pero al menos implicaba una búsqueda activa: alguien tenía un síntoma, escribía una pregunta y encontraba respuestas de distinta calidad. Las redes cambiaron por completo esa lógica. Ahora el contenido llega antes que la pregunta.
Consejos sobre alimentación, ansiedad, hormonas, suplementos, salud intestinal, dolores musculares o déficit de vitaminas circulan mezclados con recetas, humor y entretenimiento. El problema es que muchas veces el formato transmite una sensación de certeza absoluta sobre temas que, en medicina, dependen de múltiples factores individuales. La frontera entre información, experiencia personal y consejo médico es cada vez más borrosa.
Uruguay no es ajeno a este fenómeno. La Medición TIC y Salud 2024-2025 de Agesic, Ministerio de Salud Pública y Junasa muestra que el 96% de los usuarios del sistema de salud se conectó a internet en el último mes y el 91% lo hace a diario. Además, el 43% accedió en 2024 a páginas web o aplicaciones de instituciones de salud, frente al 35% en 2023.
El dato muestra una oportunidad y una advertencia. La población está cada vez más conectada con la salud digital, pero no todo lo digital tiene el mismo valor. Una herramienta institucional de salud no es igual a un video viral grabado por alguien sin formación médica, aunque ambos aparezcan en la misma pantalla.
“La información médica falsa o incompleta siempre existió, pero hoy circula con una velocidad y una capacidad de influencia mucho mayor”, observó Ana Mieres, médica directora técnica de UCM Falck.
Según detalló, muchas veces los médicos reciben en su consulta a pacientes que dan por verdadera una recomendación porque la vieron en Tik Tok o Instagram, aunque no tenga respaldo científico o esté completamente fuera de contexto. “Hay desde consejos sobre medicación hasta dietas extremas o supuestas soluciones milagrosas para dolores y síntomas frecuentes. El problema no es solo la desinformación, sino la sensación de seguridad que generan esos contenidos breves y contundentes”, remarcó Mieres.
La especialista subrayó que en Uruguay hay un aumento de consultas vinculadas a dietas virales, suplementación sin control profesional y rutinas extremas.
“Hay síntomas que pueden compartirse entre muchas condiciones distintas. Cansancio, dificultad para concentrarse, palpitaciones, tristeza, dolor de cabeza o problemas digestivos pueden tener causas muy diferentes. El algoritmo tiende a simplificar; la medicina tiene que hacer lo contrario: preguntar, ordenar, descartar y entender el cuadro completo”, dijo.
En lo internacional
Una encuesta de KFF, publicada en 2025, mostró que el 55% de los adultos en Estados Unidos utiliza redes sociales para buscar información o consejos de salud al menos ocasionalmente. Entre los usuarios de TikTok de 18 a 29 años, el 54% dijo confiar en “algo” o “la mayoría” de la información de salud que ve en esa plataforma.
La tendencia no se limita a Estados Unidos. Un estudio de Pew Research Center publicado en mayo de 2026 identificó a 6.828 influencers de salud y bienestar con grandes audiencias en TikTok, Instagram o YouTube. Solo el 41% se presenta como profesional de la salud; casi la misma proporción se define como coach, emprendedor o referente de bienestar.
El cambio no es menor. TikTok o Instagram no parecieran una biblioteca de información médica. Funcionan como plataformas diseñadas para captar atención. Una persona puede entrar para ver recetas, humor o música y termina recibiendo videos sobre ansiedad, suplementos, ayunos, síntomas neurológicos, dietas extremas o supuestas señales tempranas de enfermedades complejas.
En 2025, investigadores de la Universidad de Sídney analizaron casi 1.000 publicaciones de influencers sobre cinco pruebas médicas controvertidas, con un alcance potencial cercano a 200 millones de seguidores. La conclusión fue contundente: la mayoría de los posteos no citaba evidencia científica, tenía componentes promocionales, intereses financieros explícitos y omitía posibles daños.
Otros estudios recientes apuntan en la misma dirección. Una investigación de 2025 sobre TikTok y pie diabético analizó 619 transcripciones de videos y encontró que más del 42% contenía afirmaciones engañosas o falsas, incluyendo consejos capaces de demorar tratamientos o empeorar resultados.
En salud mental, el asunto es todavía más delicado. Un estudio citado por Euronews en 2026, basado en el análisis de 27 investigaciones sobre redes sociales, encontró que la desinformación era especialmente alta en TikTok: 52% en videos vinculados a TDAH y 41% en contenidos sobre autismo.
El problema no se limita a los falsos diagnósticos o a los remedios caseros. También alcanza a la alimentación, uno de los terrenos más sensibles para adolescentes y jóvenes. Videos sobre “lo que como en un día”, dietas restrictivas, calorías ideales, proteínas necesarias o cuerpos supuestamente saludables pueden parecer contenidos inocentes, pero tienen impacto.
Un estudio publicado en 2025 en Nutrients sobre el hashtag #WhatIEatInADay concluyó que TikTok prioriza el engagement por encima de la precisión, exponiendo a adolescentes y jóvenes a desinformación nutricional potencialmente dañina. Otros trabajos recientes advierten que el uso de redes sociales se cruza con autoestima, imagen corporal y riesgo de trastornos alimentarios, especialmente entre jóvenes de 16 a 25 años.
“En alimentación el riesgo es especialmente alto, porque muchos contenidos se presentan como hábitos saludables cuando en realidad pueden promover restricciones, culpa o una relación muy ansiosa con la comida”, sentenció Mieres. “En adolescentes, eso es delicado. No es lo mismo hablar de alimentación en términos generales que indicar calorías, proteínas, dietas o suplementos como si todos los cuerpos necesitaran lo mismo. La nutrición también requiere contexto, edad, antecedentes, actividad física, estado emocional y acompañamiento profesional”, agregó.
“Tenemos que aceptar que las personas van a seguir buscando información en redes. No tiene sentido negar esa realidad. Lo importante es ayudarlas a distinguir entre una orientación general y una indicación médica. Un video puede despertar una duda útil, pero no debería cerrar un diagnóstico ni indicar un tratamiento”, enfatizó.
Entre los riesgos más frecuentes aparecen la automedicación, la suspensión de tratamientos, la banalización de síntomas relevantes y el autodiagnóstico apresurado. También ocurre lo contrario: personas que minimizan señales de alarma porque vieron un video que decía que “no era nada” o que podía resolverse con un suplemento, una dieta o un remedio casero.
La médica advirtió especialmente sobre los contenidos que prometen soluciones rápidas. “Cuando una recomendación sirve para todo el mundo, probablemente no sirve bien para nadie. En medicina importan la edad, los antecedentes, los medicamentos que la persona toma, la evolución de los síntomas y muchas otras variables que un video de 30 segundos no puede contemplar”.
Saber discernir
Prohibir que las personas miren contenido de salud en redes es inviable. La pregunta es cómo evitar que el entretenimiento se disfrace de consulta médica.
Mieres recomendó tomar algunos recaudos básicos: verificar quién habla, desconfiar de los mensajes alarmistas o milagrosos, no iniciar ni suspender medicación por consejos de redes, consultar ante síntomas persistentes o intensos y prestar especial atención a señales de alarma. Entre ellas destaca la dificultad para respirar, el dolor en el pecho, la pérdida de conocimiento, la fiebre alta sostenida, la confusión, el dolor intenso o el empeoramiento rápido del estado general.
“Informarse puede ser el primer paso. Pero decidir solo, sin orientación profesional, puede ser un riesgo. La salud no se resuelve por tendencia, por cantidad de likes ni por la seguridad con la que alguien habla frente a una cámara. La información digital debe ayudar a consultar mejor, no a consultar menos”, concluyó la médica.