El camino hacia un peso saludable, a tener un cuerpo que nos represente o que sea funcional a las actividades que queremos realizar, no se trata solo de dietas y ejercicio.
Debemos comprender y adaptar nuestra conducta para que nuestro cuerpo no sea lo que está escrito en la genética o lo que una sociedad obesógena determina, sino para que se transforme en un templo que nos represente y queramos habitar.
La obesidad no depende solo de la genética o del metabolismo: muchas veces también expresa hábitos, emociones y conductas que necesitan ser comprendidas para poder cambiarse.
Cuando hablamos de obesidad, muchas veces la conversación queda reducida a dos variables: comer menos y moverse más. Sin embargo, en la práctica clínica, el problema suele ser bastante más complejo.
El camino hacia un peso saludable, hacia un cuerpo que nos represente y nos permita vivir con mayor bienestar, exige comprender la conducta.
La obesidad tiene múltiples causas. Existen factores genéticos, epigenéticos, metabólicos, hormonales, psicológicos, sociales, económicos y culturales.
No todas las personas aumentan de peso por las mismas razones, ni con la misma facilidad. Hay quienes logran mantenerse con pequeños cuidados, mientras que otras necesitan un esfuerzo cotidiano mucho mayor para conseguir resultados modestos. Esa diferencia es real y debe ser reconocida.
En la consulta, escucho con frecuencia frases tales como: “Doctor, a mí me engorda hasta el agua” o “No me da el dinero para comer salmón todas las semanas”.
Detrás de esos comentarios suele haber una parte de verdad. No todos partimos del mismo lugar, no todos tenemos el mismo metabolismo, ni las mismas condiciones de vida, ni la misma relación con la comida.
Pero también hay otra verdad que es incómoda: aún con distintas dificultades, la mayoría de las personas puede mejorar su salud y su peso si logra modificar ciertas conductas y lo hace de manera sostenida.
Esa es, quizás, una de las preguntas más difíciles en el tratamiento de la obesidad: si tantas personas saben por qué aumentaron de peso y, si en términos generales saben qué deberían hacer para cuidarse, ¿por qué tantas veces no logran sostener el cambio?
La respuesta puede incluso molestar, pero es importante: no se logra sostener el cambio porque la conducta humana no es completamente racional.
Si todo dependiera solo del conocimiento, no habría médicos que fuman, ni personas hipertensas que consumen exceso de sal, ni diabéticos que abandonan el tratamiento. Saber no siempre alcanza. De entender qué es lo que nos conviene a hacerlo todos los días, hay una distancia enorme. En esa distancia, tal como reza el refrán: “del dicho al hecho hay un largo trecho”, aparece la conducta y, con ella las emociones, los hábitos, la historia personal y los mecanismos inconscientes.
Los alimentos y las emociones.
La comida, en teoría, debería cumplir dos funciones principales: nutrir y dar placer. Y ambas son legítimas. Comer también es disfrute, encuentro, cultura y afecto.
El problema aparece cuando la comida empieza a ocupar otro lugar: cuando deja de responder al hambre y se convierte en una forma de calmar ansiedad, estrés, angustia, vacío, aburrimiento o frustración.
En esos casos, la persona no come porque necesita energía, sino porque necesita alivio. Y cuando el hambre es emocional, las elecciones rara vez son las mejores.
En general, el cuerpo no pide pescado, verduras o legumbres. Pide alimentos ricos en azúcar, grasa y sal. No por casualidad: esos alimentos activan circuitos de recompensa y producen una sensación inmediata de placer o calma. El problema es que ese efecto dura poco, y muchas veces deja detrás culpa, malestar y un nuevo impulso a repetir la conducta. Así se forman círculos difíciles de romper.
En algunos pacientes, esta relación con la comida se construyó tempranamente. Aprendieron a “tragarse” problemas, a anestesiar emociones o a llenar con comida un malestar que no logran poner en palabras.
En otros casos, el sobrepeso y la obesidad pueden estar vinculados con experiencias más profundas, como abandono, desvalorización, situaciones traumáticas o vínculos dañinos. No siempre sucede, pero cuando ocurre, ignorarlo vuelve más difícil cualquier tratamiento.
Por eso, uno de los primeros pasos en la consulta es ayudar al paciente a identificar desde qué lugar está comiendo. ¿Come por hambre? ¿Por costumbre? ¿Por ansiedad? ¿Por soledad? ¿Por recompensa? ¿Por impulso? ¿Por aburrimiento? ¿Por tristeza?
Todas las personas, en algún momento, comemos por razones emocionales, hedónicas o sociales. Eso es humano. El problema comienza cuando esas señales desplazan de forma sostenida al hambre real y rompen el equilibrio. Cuando se come una y otra vez para apagar emociones, estamos frente a un problema de conducta alimentaria, aunque muchas veces no se lo nombre de esa manera.
En esos casos, el apoyo psicológico puede ser de gran ayuda. Poder poner en palabras el malestar que se intenta tapar con comida ya tiene un valor terapéutico. Nombrar lo que duele, suele ser el primer paso para dejar de repetir una conducta que daña.
A veces, el acto de comer en exceso no es solo nutricional: es también simbólico. Se tapa con comida lo que no se sabe cómo tramitar de otro modo.
Además del abordaje terapéutico, existen herramientas concretas que ayudan a recuperar el control.
Aprender a reconocer el impulso antes de actuarlo es una de ellas. Si una persona identifica que está a punto de comer por estrés o por angustia, necesita generar una pausa. Respirar profundo, mojarse la cara con agua fría, salir a caminar, cambiar de ambiente o llamar a alguien pueden ser pequeños recursos útiles para interrumpir el automatismo.
Si la secuencia emoción-comida se repite una y otra vez, el cerebro la consolida. Si se interrumpe, empieza a abrirse la posibilidad de otro camino.
También ayudan prácticas que mejoran la regulación emocional y hormonal: dormir bien, hacer actividad física con regularidad, sostener una alimentación estructurada, evitar el exceso de ultraprocesados y alcohol, y aprender a manejar el estrés con herramientas como mindfulness, meditación, yoga o respiración consciente. Ninguna de estas medidas, por sí sola, resuelve todo. Pero en conjunto pueden cambiar mucho.
La obesidad no es simplemente falta de voluntad. Pero tampoco es únicamente genética, metabolismo o contexto. En algún punto, casi siempre involucra una conducta que necesita ser comprendida y trabajada.
Por eso, tener un peso saludable suele ser bastante más complejo que “hacer dieta”. Implica revisar la relación con la comida, el modo en que se gestionan las emociones, los automatismos cotidianos y las excusas que repetimos incluso sabiendo que nos perjudican.
Tal vez la pregunta más honesta no sea qué dieta hacer el próximo lunes, sino por qué, aun sabiendo lo que nos hace bien, seguimos repitiendo conductas que nos alejan de la salud. Ahí, muchas veces, empieza el verdadero tratamiento.
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