Redacción El País
El hígado graso es una afección definida por la acumulación de grasa en el hígado, que suele estar vinculada al sedentarismo, a los desequilibrios metabólicos y a una alimentación poco saludable. Aunque muchas veces no presenta síntomas claros, genera inquietud en quienes la padecen, sobre todo al momento de decidir qué alimentos incluir o evitar en la dieta cotidiana.
Entre esas dudas recurrentes aparece el huevo, que durante años fue señalado como perjudicial para el hígado y el colesterol. La pregunta se repite: ¿conviene eliminarlo por completo o puede consumirse con moderación?
Durante décadas, la yema de huevo fue vista con recelo por su contenido de colesterol. Sin embargo, la evidencia científica más reciente matizó esa visión. Hoy, los especialistas coinciden en que el foco no está en un alimento aislado, sino en el patrón alimentario global y en cómo el organismo procesa las grasas.
Qué dicen hoy los expertos sobre el consumo de huevo
Las recomendaciones actuales no fijan una cantidad única para todas las personas con hígado graso. Según criterios médicos citados por expertos en nutrición y hepatología, el consumo habitual se ubica entre dos y cuatro huevos por semana, aunque estudios recientes sugieren que, dentro de una dieta equilibrada, podrían tolerarse cantidades algo mayores.
Investigaciones publicadas entre 2024 y 2025 en revistas como Journal of Nutrition y Nutrients señalan que el consumo de huevo no se asocia directamente con el empeoramiento del hígado graso no alcohólico. Por el contrario, destacan su aporte de colina, un nutriente clave para el metabolismo de las grasas, que podría ayudar a evitar su acumulación en el hígado.
Instituciones internacionales como la Clínica Mayo coinciden en que el huevo puede integrarse a una alimentación saludable, siempre que forme parte de un patrón nutricional balanceado, rico en verduras, frutas, legumbres y granos integrales.
Más que la cantidad, importa la forma
Los especialistas subrayan que el método de cocción es determinante. Huevos cocidos, pochados o revueltos sin aceite son opciones preferibles frente a los huevos fritos, que incorporan grasas añadidas potencialmente perjudiciales para la salud hepática.
También se sugiere distinguir entre clara y yema. La clara de huevo aporta proteína de alta calidad, es fácil de digerir y no contiene grasa, por lo que puede consumirse con mayor frecuencia. La yema, aunque es nutritiva, suele recomendarse con moderación, especialmente en personas con colesterol elevado o alteraciones metabólicas.
El enfoque actual pone el acento en el contexto dietario completo. Un huevo dentro de una dieta mediterránea, con aceite de oliva, pescado azul, fibra y vegetales, no tiene el mismo impacto que dentro de un plan alimentario dominado por azúcares, harinas refinadas y ultraprocesados.
La importancia del seguimiento médico
El hígado graso no evoluciona igual en todas las personas. Existen distintos grados de la enfermedad y, en etapas más avanzadas —cuando hay inflamación o fibrosis hepática—, las recomendaciones pueden ser más restrictivas. En esos casos, algunos profesionales aconsejan priorizar otras fuentes de proteína.
Por eso, la consulta médica y el seguimiento con un nutricionista siguen siendo fundamentales. Ajustar la dieta según los análisis clínicos, la evolución del paciente y la presencia de diabetes, sobrepeso o colesterol alto es clave para cuidar la salud del hígado a largo plazo.
La evidencia médica actual respalda una mirada menos prohibitiva y más consciente: el huevo dejó de ser un enemigo automático y pasó a entenderse como un alimento que, consumido con criterio, puede formar parte de una alimentación saludable.
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