Redacción El País
Durante años se instaló la idea de que el cuerpo humano se adapta al ejercicio físico y “compensa” el esfuerzo reduciendo otros gastos de energía, lo que limitaría su impacto en la pérdida de peso. Sin embargo, nuevas evidencias científicas ponen en duda esa hipótesis y apuntan en sentido contrario: moverse más sí implica gastar más energía.
Un estudio reciente publicado en la revista PNAS (Actas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos) reaviva este debate y aporta datos sólidos a favor del llamado modelo aditivo del gasto energético. Según sus conclusiones, la actividad física se suma al gasto energético total diario sin que el organismo reduzca energía en otras funciones esenciales.
Dos modelos para explicar el gasto energético
La discusión científica se centra en dos enfoques principales.
El modelo aditivo del gasto energético sostiene que el consumo de energía aumenta de manera proporcional al nivel de actividad física: cuanto más movimiento, más calorías quemadas.
En cambio, el modelo de gasto energético constreñido plantea que el cuerpo dispone de un “presupuesto” fijo de energía. Bajo esta teoría, un aumento del ejercicio se compensaría con una reducción del gasto en procesos como el metabolismo basal, la función hormonal o el sistema inmunológico, manteniendo estable el total diario.
Qué analizó el estudio
Los investigadores evaluaron personas con niveles de actividad muy diversos, desde individuos sedentarios hasta atletas de resistencia, incluidos corredores de ultramaratón. Mediante mediciones precisas del gasto energético total y del nivel de actividad física, observaron una relación clara y directa: a mayor movimiento, mayor gasto de energía.
Este vínculo se mantuvo incluso al ajustar por masa corporal magra —que incluye músculos, huesos, órganos y agua corporal—, uno de los factores que más influyen en el metabolismo. Además, no se detectaron signos de compensación fisiológica: los biomarcadores asociados al sistema inmunitario, tiroideo y reproductivo permanecieron estables, incluso en los participantes más activos.
Cómo se distribuye el gasto energético diario
El gasto energético total se divide, de forma aproximada, en tres componentes principales:
- Metabolismo basal (60–70 %): energía necesaria para funciones vitales como respirar, regular la temperatura corporal o la actividad cerebral.
- Efecto térmico de los alimentos (5–10 %): energía utilizada para digerir y procesar los alimentos.
- Actividad física (15–25 %): todo movimiento corporal, desde caminar o limpiar hasta entrenar o bailar.
El estudio indica que, al aumentar la actividad física, también se incrementa el gasto energético total. En personas muy activas, la actividad puede representar hasta el 50 % del gasto diario. En estos casos, el metabolismo basal no disminuye en términos absolutos, sino que su proporción es menor porque el total es más elevado.
Más evidencia a favor del modelo aditivo
Estos resultados coinciden con otras investigaciones recientes. Un estudio en adultos mayores mostró que cada minuto adicional de actividad moderada o intensa —como caminar rápido, subir escaleras o pedalear— se traduce en unas 16 kilocalorías más gastadas al día. A lo largo de la semana, ese aumento equivale aproximadamente a una comida completa.
Otro seguimiento prolongado en cientos de personas reveló que las diferencias individuales en el gasto energético se explican principalmente por el nivel de actividad física, y no por un metabolismo “lento” o “rápido” determinado genéticamente.
Si bien los investigadores reconocen que podrían existir adaptaciones en situaciones extremas, como en atletas de élite o expediciones prolongadas, en la vida cotidiana el patrón predominante es claro: moverse más implica gastar más energía.
Implicancias para la salud y el control del peso
Estos hallazgos cuestionan la idea de que el ejercicio sea poco útil para el control del peso debido a una supuesta compensación del organismo. Por el contrario, refuerzan que cada movimiento cuenta.
Acciones simples como caminar unos minutos más, interrumpir el sedentarismo, optar por desplazamientos activos o realizar tareas domésticas contribuyen de manera medible al gasto energético total. No es imprescindible realizar entrenamientos intensos para observar beneficios.
La forma en que se entiende el gasto energético tiene consecuencias directas en las recomendaciones de salud pública. Si el cuerpo tuviera un límite rígido, aumentar la actividad física tendría un impacto limitado. Pero si el modelo aditivo refleja mejor la realidad, entonces cada incremento de movimiento suma.
La evidencia actual respalda esta última perspectiva: para la mayoría de las personas, el organismo no “sabotea” el esfuerzo físico, sino que responde aumentando el gasto energético total, con beneficios claros para la salud y la gestión del peso corporal.
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