Para que los frutos secos conserven su sabor, su textura crujiente y sus propiedades nutricionales, el modo en que se guardan es clave. Factores como la temperatura, la luz, la humedad o el contacto con el aire pueden acelerar su deterioro y hacer que se vuelvan rancios mucho antes de lo esperado. Si no se almacenan correctamente, los aceites naturales que contienen se oxidan con facilidad, lo que altera tanto el gusto como la consistencia.
Debido a su sensibilidad al ambiente, lo más recomendable es guardarlos en envases herméticos. Los recipientes de vidrio o de metal suelen ser las opciones más adecuadas porque aíslan mejor del aire y la humedad.
Las bolsas en las que se venden pueden servir solo si cierran completamente y mantienen un buen sellado. Además, siempre que sea posible, conviene optar por recipientes opacos o guardarlos en un lugar donde no reciban luz directa, ya que la exposición prolongada favorece la oxidación.
El ambiente en el que se almacenan también influye en cuánto tiempo se mantienen en buen estado. Cuando se planea conservarlos durante varios meses, guardarlos en la heladera puede ayudar a prolongar su vida útil. Lo ideal es mantenerlos entre 0 y 20 °C. En el caso de las almendras, por ejemplo, el rango óptimo suele situarse entre 0 y 10 °C.
Cuando se compran en grandes cantidades o se busca conservarlos por largos períodos, el congelador es una alternativa eficaz. Variedades como nueces o pistachos pueden mantenerse congeladas durante meses sin perder calidad. Para hacerlo, lo ideal es usar bolsas herméticas y distribuirlos de forma que no queden apelmazados. Luego pueden utilizarse directamente congelados en recetas —como ensaladas o repostería— o dejarse reposar a temperatura ambiente unos minutos antes de comerlos.
Con base en El Tiempo/GDA