Qué significa que los niños usen los zapatos de sus padres para jugar, según la psicología

Ese momento simple y cotidiano es una herramienta potente para su crecimiento cognitivo y emocional, y forzar a detener el juego puede cortar una instancia valiosa de desarrollo.

Niño juega con los tacones de su mamá
Niño juega con los tacones de su mamá.
Foto: Imagen creada con Chat GPT.

Redacción El País
Ponerse los zapatos de mamá o papá parece un gesto inocente, aunque para la psicología infantil representa mucho más que un juego. Entre los 2 y 5 años, los niños utilizan este tipo de acciones para acercarse al mundo adulto, explorar límites, entender rutinas y fortalecer el vínculo afectivo con las figuras que consideran referencia.

En esta etapa, la mente infantil organiza la realidad a partir de lo que observa. Los objetos cotidianos de los adultos se convierten en herramientas de exploración temprana porque condensan hábitos, roles y emociones que los pequeños buscan descifrar. El calzado, grande y llamativo, funciona como puerta de entrada a ese universo.

La imitación tiene un peso decisivo. Al caminar con los zapatos de sus cuidadores, los niños ensayan escenas que ven todos los días: prepararse para salir, actuar con seguridad o desempeñar tareas asociadas a la vida adulta. No copian de manera literal. Ensayan una versión posible de sí mismos y construyen referencias internas sobre cómo se comportan los mayores.

Niño jugando en una oficina
Niño vestido de traje jugando en una oficina.
Foto: Archivo.

El juego simbólico también interviene. A esa edad, transformar un objeto en un disparador de historias es una vía clave para el desarrollo. Cuando se calzan un par de zapatos enormes, crean un personaje y experimentan lo que implica asumir otro rol. Ese “como si” les permite comprender reglas, responsabilidades y sensaciones nuevas.

Este gesto contribuye además a la identidad infantil. Al compararse con los adultos que admiran, los chicos elaboran preguntas tempranas sobre quiénes son y qué características desean incorporar. Esa fantasía de “ser grande” les ofrece información sobre sí mismos y les permite imaginar futuros posibles.

En el plano emocional, usar los zapatos de un adulto querido genera cercanía. Compartir un objeto tan personal refuerza la pertenencia y sostiene la seguridad interna del niño. Esa experiencia nutre la autoestima y confirma que ocupa un lugar en el mundo afectivo de su familia.

Familia
Pareja de padres y sus hijos juegan al aire libre.
Foto: Freepik.

Los especialistas también remarcan su impacto en la empatía en niños. Ponerse en los zapatos del otro, de manera literal, ayuda a reconocer emociones y comportamientos ajenos, un aprendizaje temprano que influirá en la vida social futura.

Lejos de interpretarse como desobediencia, este comportamiento merece ser acompañado con calma y supervisión. Forzar a detener el juego puede cortar una instancia valiosa de desarrollo. Permitirlo transmite confianza y abre un espacio para observar cómo el niño integra lo que vive a diario.

Cada vez que un pequeño recorre la casa con pasos torpes dentro de zapatos que le quedan enormes, activa procesos de exploración, vínculo y comprensión del entorno. Ese momento simple y cotidiano es una herramienta potente para su crecimiento cognitivo y emocional.

En base a El Tiempo/GDA

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