Redacción El País
Ponerse los zapatos de mamá o papá parece un gesto inocente, aunque para la psicología infantil representa mucho más que un juego. Entre los 2 y 5 años, los niños utilizan este tipo de acciones para acercarse al mundo adulto, explorar límites, entender rutinas y fortalecer el vínculo afectivo con las figuras que consideran referencia.
En esta etapa, la mente infantil organiza la realidad a partir de lo que observa. Los objetos cotidianos de los adultos se convierten en herramientas de exploración temprana porque condensan hábitos, roles y emociones que los pequeños buscan descifrar. El calzado, grande y llamativo, funciona como puerta de entrada a ese universo.
La imitación tiene un peso decisivo. Al caminar con los zapatos de sus cuidadores, los niños ensayan escenas que ven todos los días: prepararse para salir, actuar con seguridad o desempeñar tareas asociadas a la vida adulta. No copian de manera literal. Ensayan una versión posible de sí mismos y construyen referencias internas sobre cómo se comportan los mayores.
El juego simbólico también interviene. A esa edad, transformar un objeto en un disparador de historias es una vía clave para el desarrollo. Cuando se calzan un par de zapatos enormes, crean un personaje y experimentan lo que implica asumir otro rol. Ese “como si” les permite comprender reglas, responsabilidades y sensaciones nuevas.
Este gesto contribuye además a la identidad infantil. Al compararse con los adultos que admiran, los chicos elaboran preguntas tempranas sobre quiénes son y qué características desean incorporar. Esa fantasía de “ser grande” les ofrece información sobre sí mismos y les permite imaginar futuros posibles.
En el plano emocional, usar los zapatos de un adulto querido genera cercanía. Compartir un objeto tan personal refuerza la pertenencia y sostiene la seguridad interna del niño. Esa experiencia nutre la autoestima y confirma que ocupa un lugar en el mundo afectivo de su familia.
Los especialistas también remarcan su impacto en la empatía en niños. Ponerse en los zapatos del otro, de manera literal, ayuda a reconocer emociones y comportamientos ajenos, un aprendizaje temprano que influirá en la vida social futura.
Lejos de interpretarse como desobediencia, este comportamiento merece ser acompañado con calma y supervisión. Forzar a detener el juego puede cortar una instancia valiosa de desarrollo. Permitirlo transmite confianza y abre un espacio para observar cómo el niño integra lo que vive a diario.
Cada vez que un pequeño recorre la casa con pasos torpes dentro de zapatos que le quedan enormes, activa procesos de exploración, vínculo y comprensión del entorno. Ese momento simple y cotidiano es una herramienta potente para su crecimiento cognitivo y emocional.
En base a El Tiempo/GDA