Hay que terminar un informe, responder un correo importante o tomar una decisión que se viene postergando desde hace días. La tarea está presente, se sabe que debería hacerse y, sin embargo, de pronto aparece algo mucho más atractivo: mirar videos en el celular, ordenar la cocina o revisar las redes sociales. El alivio es inmediato. La obligación, en cambio, queda para después.
Eso es, en esencia, la procrastinación: postergar voluntariamente una tarea aun sabiendo que hacerlo puede traer consecuencias negativas. Y aunque muchas veces se la interpreta como un problema de organización o falta de voluntad, detrás de esa conducta puede existir algo más complejo: el intento de evitar una emoción desagradable.
No siempre se posterga una actividad porque otra resulte más entretenida. En ocasiones, aquello que se evita genera ansiedad, frustración, miedo al fracaso, autoexigencia o incluso temor a quedar expuesto. La psicóloga Victoria Almiroty lo explica de esta manera: “No procrastinamos únicamente porque existen estímulos gratificantes sino porque ciertas tareas nos confrontan con frustración, autoexigencia, miedo al fracaso, exposición o conflicto con el deseo”.
Así, abrir TikTok cuando hay que comenzar un trabajo puede tener una función concreta: alejarse durante unos minutos de aquello que genera incomodidad. El problema es que ese escape funciona. “Se le llama así porque la dopamina es el neurotransmisor que regula la anticipación de recompensas y el impulso a buscarlas”, señala el psicólogo clínico Sebastián Ibarzábal, especialista en conflictos de relación y problemas de comunicación.
La expresión “dopamina evitativa” se utiliza para describir ese circuito: ante una actividad que genera malestar, la persona busca un estímulo que proporcione una recompensa inmediata. El alivio refuerza la conducta y aumenta las probabilidades de repetirla la próxima vez que aparezca una situación similar.
Con el tiempo, el mecanismo puede convertirse en un círculo difícil de interrumpir. La persona evita la tarea, siente alivio, disfruta de una recompensa rápida y posteriormente debe enfrentarse nuevamente a aquello que había dejado pendiente. Entonces pueden aparecer culpa, ansiedad o una sensación de haber perdido el control.
Algunos comportamientos pueden llamar la atención: necesitar estímulos constantemente, sentirse inquieto o irritable cuando no hay nada para hacer, recurrir sistemáticamente a las pantallas cuando aparecen emociones difíciles o postergar de manera reiterada tareas y decisiones importantes. También puede ocurrir que incluso los momentos destinados al descanso estén ocupados por estímulos permanentes, lo que contribuye a una sensación de cansancio.
Pero identificar alguna de estas conductas no significa tener un trastorno ni permite diagnosticar una supuesta “adicción a la dopamina”. Ibarzábal recomienda, en cambio, observar qué sucede justo antes de buscar una distracción. “Si detectamos estas señales no hay que apurarse a juzgar ni diagnosticar, hay que prestar atención a qué se hace en los momentos en que aparece ese impulso de huir”, plantea.
Esa pregunta puede resultar más útil que reprocharse una y otra vez la falta de voluntad: ¿qué estoy intentando no sentir o no enfrentar en este momento?
Cuando las distracciones están vinculadas con el uso constante de la tecnología, modificar el entorno puede ser más efectivo que confiar exclusivamente en la fuerza de voluntad. Almiroty recomienda, especialmente cuando el problema se detecta de manera temprana, algunas medidas sencillas: desinstalar temporalmente las redes sociales durante períodos de estudio o trabajo, dejar el teléfono fuera del alcance hasta determinada hora o evitar tenerlo encima cuando no sea necesario.
El objetivo no es eliminar toda forma de entretenimiento ni convertir cada momento libre en una oportunidad de productividad. Se trata de recuperar la capacidad de elegir qué hacer cuando aparece el aburrimiento, la ansiedad o una tarea incómoda. Porque procrastinar no siempre significa no querer hacer algo. A veces significa querer dejar de sentir, aunque sea durante unos minutos, aquello que esa tarea despierta. Y entender qué hay detrás de ese impulso puede ser el primer paso para dejar de escapar automáticamente.
Con base en La Nación/GDA