Por qué nos cuesta valorar nuestros logros: el papel de los elogios durante la infancia, según expertos

La razón por la que a muchas personas les cuesta aceptar un cumplido o celebrar un logro propio y la clave de la psicología para validar a los niños sin perjudicarlos.

Niño triste
Niño triste.
Foto: Freepik.

La manera en que una persona aprende a valorar sus capacidades comienza a construirse durante la infancia. Y en ese proceso no solamente importa cuántas veces escucha un “muy bien”, sino también qué lugar ocupa dentro de su familia, cuánto siente que sus esfuerzos son vistos y de qué manera los adultos responden cuando aprende, se equivoca o enfrenta un desafío.

Hay personas a las que les cuesta decir “hice un buen trabajo”. Pueden conseguir un ascenso, terminar un proyecto importante o alcanzar una meta que les llevó años y, aun así, encontrar rápidamente un motivo para restarle valor. Si alguien las felicita, incluso pueden sentirse incómodas o pensar que el otro está exagerando. A veces, detrás de esa dificultad no hay falta de logros, sino una relación aprendida con el reconocimiento.

La ausencia persistente de reconocimiento puede tener distintas consecuencias. Algunos niños pueden acostumbrarse a no esperar la aprobación de los demás y aprender a desenvolverse con cierta independencia. Pero esa autonomía aparente no siempre significa que exista una autoestima fuerte. En otros casos, puede aparecer una exigencia elevada: si no reciben señales externas que les indiquen que están haciendo las cosas bien, pueden intentar demostrarlo de manera permanente a través de sus resultados.

La psicología del desarrollo ha estudiado la relación entre las experiencias familiares y la construcción de la autoestima. Un estudio longitudinal publicado en el Journal of Personality and Social Psychology encontró una relación significativa entre la calidad del vínculo con los padres y la trayectoria de la autoestima desde la infancia hasta la adultez emergente.

Padres, niño triste
Padres intentan conversar con su hijo, que hace un berrinche.
Foto: Freepik.

La explicación también puede encontrarse en la teoría de la autodeterminación, desarrollada por los psicólogos Edward Deci y Richard Ryan. Este enfoque plantea que las personas tienen tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y vinculación.

Durante la infancia, las respuestas de los adultos pueden ayudar a construir la sensación de que se cuenta con las capacidades necesarias para aprender, mejorar y afrontar nuevos desafíos. Cuando esa percepción no se fortalece, puede resultar más difícil confiar en uno mismo, incluso cuando los resultados objetivos demuestran que existe capacidad.

Una persona que creció con poco reconocimiento no necesariamente llega a la adultez buscando constantemente que otros le digan que hizo las cosas bien. De hecho, puede suceder exactamente lo contrario. Puede haber aprendido a no necesitar elogios, a no esperar felicitaciones o a resolver las cosas por sí misma. Sin embargo, internamente puede existir una voz mucho más crítica.

Eso puede manifestarse de maneras cotidianas: minimizar un logro, atribuirlo a la suerte, sentirse incómodo frente a un cumplido o pensar que cualquier reconocimiento recibido es exagerado. También puede aparecer la sensación de que nunca se ha hecho lo suficiente. En ese escenario, un error deja de ser simplemente un error y puede convertirse en una supuesta prueba de que las dudas sobre las propias capacidades eran ciertas.

Pero si la falta de reconocimiento puede ser problemática, la solución tampoco consiste en llenar a los niños de elogios. La investigación sobre el tema distingue entre diferentes formas de alabanza. Las felicitaciones excesivamente centradas en características fijas —por ejemplo, transmitir que un niño es “muy inteligente” por naturaleza— pueden hacer que algunos sean más vulnerables frente al fracaso.

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Mujer triste.
Foto: Freepik.

Una valoración realista, el interés por los esfuerzos realizados y el reconocimiento del aprendizaje pueden transmitir algo diferente: que las capacidades no son estáticas y que equivocarse no invalida lo conseguido. También importa el clima emocional en el que ese reconocimiento aparece. Sentirse visto, querido y tenido en cuenta forma parte de una experiencia más amplia que excede el simple hecho de recibir un elogio.

Haber recibido pocos elogios durante la infancia, entonces, no determina por sí solo cómo será una persona en la adultez. Las experiencias familiares son solamente una parte de una historia mucho más amplia. Pero pueden dejar una huella en la forma de relacionarse con los logros, con los errores y con la propia capacidad.

Para algunas personas, aprender a valorar lo que hacen puede ser un proceso que llega más tarde. No porque les falten motivos para sentirse orgullosas, sino porque nunca aprendieron del todo a mirarlos de esa manera. Y quizá ahí esté una de las diferencias más importantes: no depender de la aprobación ajena no significa necesariamente saber reconocerse a uno mismo.

Con base en El Tiempo/GDA

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