Para Mahatma Gandhi, el perdón nunca fue un gesto de debilidad. Todo lo contrario: lo entendía como una muestra de fortaleza interior. Así lo expresó en una de sus frases más citadas, publicada en 1931, que sigue circulando casi un siglo después por su vigencia emocional y ética.
Aunque la idea de perdonar pueda sonar simple en teoría, en la práctica suele ser un camino complejo. Cuando el daño fue profundo, soltar el rencor implica atravesar emociones difíciles, aceptar lo ocurrido y, muchas veces, renunciar al deseo de venganza. No se trata de borrar el pasado, sino de cambiar la relación que uno tiene con ese recuerdo.
Perdonar no significa justificar lo sucedido ni minimizar el dolor, pero sí puede ayudar a reducir la carga emocional que ese hecho sigue teniendo sobre quien lo sufrió. En algunos casos, incluso, abre la posibilidad de comprender —que no es lo mismo que excusar— a quien causó la ofensa.
En una entrevista publicada en abril de 1931 en la revista Young India, Gandhi fue directo: “El débil nunca puede perdonar. El perdón es un atributo de los fuertes”. Para él, dejar de lado la ira no era una señal de falta de carácter, sino una forma de ejercer control sobre las propias emociones y no quedar atrapado en el resentimiento.
Desde esa perspectiva, aferrarse al rencor no fortalece: desgasta. Mantiene viva la herida y prolonga el conflicto, aun cuando el hecho ya pertenece al pasado. Perdonar, en cambio, supone recuperar poder personal y decidir cómo seguir adelante.
Para Gandhi, el perdón no se limitaba al plano individual. También era una herramienta de transformación social. Responder al agravio con odio, sostenía, solo perpetúa los ciclos de violencia. El perdón, en cambio, puede abrir espacios de reconciliación y sentar las bases de cambios más profundos y duraderos.
A más de siete décadas de su asesinato, su mensaje sigue interpelando: perdonar no es olvidar ni rendirse, sino elegir no vivir atado al daño recibido. Una decisión difícil, sí, pero profundamente liberadora.
Con base en El Tiempo/GDA