¿Hasta qué punto las decisiones que tomamos responden a nuestros deseos y cuánto hay en ellas de lo que otras personas esperan de nosotros? La pregunta invita a revisar elecciones que parecen personales, pero que pueden estar atravesadas por mandatos familiares, convenciones sociales y expectativas que acompañan a las personas desde la infancia.
El psicoanalista y escritor argentino Gabriel Rolón abordó este tema durante una entrevista transmitida por LN+, en la que reflexionó sobre la construcción de la identidad, la búsqueda de la felicidad y las dificultades que aparecen cuando los deseos propios entran en conflicto con las aspiraciones ajenas.
“No es fácil saber qué se desea. No es fácil. Porque entre el deseo y uno mismo se interponen tantas cosas. Lo primero que se interpone son los deseos ajenos. Son esas voces, esos mandatos, lo que se esperaba de nosotros”, expresó. Antes de poder identificar una aspiración propia, es necesario distinguirla de las expectativas que otras personas fueron depositando sobre nosotros a lo largo de la vida.
La influencia del entorno comienza mucho antes de que una persona pueda tomar decisiones de manera autónoma. Desde la infancia se reciben mensajes sobre qué profesión conviene elegir, qué tipo de pareja sería adecuada o cuáles son las condiciones necesarias para alcanzar una vida exitosa. Esas ideas no son necesariamente negativas. La familia y el entorno pueden ofrecer orientación, apoyo y oportunidades. El conflicto aparece cuando sus expectativas se convierten en mandatos que la persona siente que debe cumplir, incluso si no coinciden con sus intereses.
“Estamos tan atravesados por opiniones ajenas que quedamos excéntricos a nosotros mismos”, afirmó Rolón. La expresión apunta a una distancia que puede instalarse entre lo que una persona desea y la vida que termina construyendo para satisfacer las expectativas de los demás. En ocasiones, las decisiones se toman buscando aprobación o evitando decepcionar a alguien, sin detenerse a pensar si ese camino tiene sentido para uno mismo.
Por eso, preguntarse qué se quiere implica también revisar de dónde vienen ciertas aspiraciones. ¿Son deseos propios o responden a lo que aprendimos que debíamos querer? ¿Elegimos una carrera, una relación o un proyecto porque nos interesa o porque sentimos que es lo que se espera de nosotros? No se trata de desestimar las opiniones ajenas, sino de reconocer su influencia para poder tomar decisiones con mayor conciencia.
Rolón también se refirió a las aspiraciones que los padres proyectan sobre sus hijos. En algunos casos, esas expectativas nacen del deseo de ofrecerles oportunidades o de evitarles dificultades que ellos mismos atravesaron. En otros, pueden estar vinculadas con sueños personales que no llegaron a concretarse. El problema aparece cuando los hijos quedan ubicados en el lugar de quienes deben cumplir esos proyectos, sin que se contemple si realmente los desean.
Uno de los conflictos que destacó Rolón aparece cuando alguien comienza a considerar una decisión que contradice las expectativas de su entorno. Elegir una profesión diferente a la deseada por los padres, terminar una relación que los demás consideran adecuada o modificar un proyecto de vida puede despertar cuestionamientos y sentimientos de culpa.
“Aparecen esos mandatos, esas críticas, ese dolor que a veces nos habita cuando sabemos que estamos defraudando lo que se esperaba de nosotros”, explicó. Esa incomodidad puede llevar a postergar decisiones o a permanecer en situaciones que ya no representan los propios deseos. El temor a decepcionar a los demás termina ocupando un lugar central y dificulta escuchar las propias necesidades.
La presión tampoco procede únicamente de la familia. Las normas culturales y sociales transmiten ideas sobre cómo debería ser una vida satisfactoria: qué logros alcanzar, a qué edad hacerlo y qué significa tener éxito. Cuando esos modelos se aceptan sin cuestionamientos, pueden convertirse en una medida rígida con la que una persona evalúa su propia vida.
Reconocer esas influencias no elimina automáticamente la culpa ni resuelve todos los conflictos. Pero puede ayudar a comprender de dónde provienen y a distinguir entre las responsabilidades que realmente corresponden y las exigencias que se asumieron para obtener aprobación.
Las reflexiones de Rolón invitan a pensar la identidad como una construcción en la que intervienen la historia personal, los vínculos y el contexto social. No elegimos desde cero: las experiencias que vivimos y las personas que nos rodean participan en la formación de nuestros deseos. Aun así, es posible revisar esas influencias y decidir qué lugar queremos darles. Una manera de comenzar es detenerse ante las decisiones importantes y preguntarse qué las motiva. Identificar qué se desea, qué se teme perder y a quién se intenta complacer puede ayudar a reconocer los conflictos que existen entre las aspiraciones propias y las ajenas.
Hacia el final de sus reflexiones, Rolón destacó el valor del esfuerzo personal: “La vida se vuelve mucho más luminosa y mucho más atractiva cuando uno se esfuerza”. En ese sentido, revisar los mandatos heredados no significa rechazar todo lo recibido ni perseguir una idea idealizada de independencia. Implica reconocer la historia que nos precede y, a partir de ella, construir una vida en la que también haya espacio para los deseos propios.
Con base en El Tiempo/GDA