La empatía es la capacidad de comprender los sentimientos, pensamientos y experiencias de otras personas desde la propia perspectiva. Es poder ponerse en el lugar del otro.
Los padres empáticos pueden reconocer lo que sienten y necesitan sus hijos. Esta cualidad fortalece los vínculos afectivos y sociales de los niños.
Según la doctora Teresa Wiseman, la empatía tiene cuatro atributos. El primero es la capacidad de adoptar la perspectiva de otra persona y reconocer cómo vive una situación.
El segundo consiste en aceptar los sentimientos y la postura del otro sin emitir juicios de valor ni criticar lo que está viviendo. Es poder expresar a un hijo que lo notamos enojado y aceptar que siente rabia, sin decirle que es malo, que se porta mal o que no es para tanto.
El tercer atributo es reconocer e identificar qué siente el otro, conectando con sentimientos propios que puedan resonar con esa experiencia. Por ejemplo, observamos que nuestro hijo no se anima a realizar determinada tarea y recordamos que a nosotros nos sucede algo similar por miedo a cometer un error. Sentimos impotencia y tristeza porque nos identificamos con lo que le ocurre.
El cuarto atributo es transmitir comprensión. Se trata de comunicar al hijo que entendemos su emoción y su dolor de manera sincera, sin invalidar lo que siente. Podemos decirle que comprendemos su tristeza porque su amigo se cambió de escuela y ya no podrá verlo como antes.
La empatía es una habilidad que puede enseñarse y aprenderse a lo largo de toda la vida. Las neuronas espejo fueron descubiertas por el neurobiólogo italiano Giacomo Rizzolatti y su equipo de investigación de la Universidad de Parma a principios de la década de 1990. Son células del cerebro que se activan tanto cuando realizamos una acción como cuando observamos a otra persona hacerla.
Empatía padres e hijos
Los niños imitan lo que observan. Si sus padres validan sus sentimientos, aprenden a hacer lo mismo con los demás. Además, contar con un adulto que comprende su malestar los ayuda a manejar mejor la frustración.
Cuando un hijo se siente escuchado, comprende que su valor como persona no está en juego. Esto crea una base segura para que explore el mundo y acuda a sus padres ante cualquier problema o peligro.
A partir de los dos años, los niños experimentan el llamado contagio emocional: si ven a otra persona llorar, se ponen tristes, aunque todavía les cuesta entender que los demás tienen una mente diferente de la propia.
Si ven a un amigo llorando en el parque, podemos decirles: «Mirá, Fulano está triste porque se cayó. Le duele la rodilla». Otro ejemplo es validar sus propias rabietas: «Estás enojado porque querías ese juguete y no te lo dieron». Así les enseñamos a identificar sus sentimientos para que luego puedan reconocerlos en los demás.
Alrededor de los cuatro años comienza a desarrollarse la capacidad de entender que otras personas piensan y sienten de manera diferente. Sin embargo, su perspectiva todavía es muy egocéntrica.
Podemos preguntarles: «¿Cómo creés que se siente el osito cuando nadie quiere jugar con él? ¿Qué creés que necesita?». Estas preguntas contribuyen a desarrollar la empatía.
Aunque el niño no responda, la interrogante puede dejarlo pensando.
A los seis años, los niños ya comprenden las normas sociales y el impacto directo de sus acciones en los demás, aunque a veces sus impulsos les dificulten compartir o esperar su turno.
Si le quitan un juguete a su hermano, no alcanza con pedirles que se disculpen. Es importante explicarles las consecuencias de su conducta: «Tu hermano está llorando porque quiere su juguete y está triste. ¿Qué podemos hacer para que se sienta mejor?». Esto conecta la acción con la emoción de la otra persona y permite reparar lo ocurrido al devolverle el juguete.
A los ocho años, los niños tienen una mayor capacidad de abstracción. Pueden ponerse en el lugar de alguien incluso cuando no están viviendo la misma situación. Por ejemplo, pueden empatizar con niños de otros países o con personas en situación de calle.
Si nos cuentan que un compañero se quedó solo durante el recreo, podemos preguntarles: «¿Por qué creés que nadie se acercó? Si te pasara a vos, ¿cómo te gustaría que actuaran?». Es importante fomentar soluciones solidarias en la vida cotidiana.
La empatía se desarrolla en el hogar, en el día a día. Si volvemos del trabajo cansados, es útil comunicarles a nuestros hijos cómo nos sentimos. No es lo mismo irritarse ante cualquier conducta del niño que poner en palabras que tuvimos un día difícil y estamos agotados. Expresar nuestras emociones también les enseña a reconocer y comprender las de los demás.