Se puede tener una agenda llena, grupos de WhatsApp activos, reuniones de trabajo, salidas y conversaciones durante todo el día y, aun así, sentirse profundamente solo. La paradoja es que la soledad no siempre aparece cuando faltan personas alrededor: también puede surgir cuando existen muchos vínculos, pero pocos espacios de conexión emocional verdadera.
El sociólogo estadounidense Eric Klinenberg, investigador de la Universidad de Nueva York, lo resume así: “No hay nada más solitario que estar en una mala relación”.
La psicóloga Denise Orellano explica que la hiperconectividad puede generar una sensación de cercanía que no siempre se corresponde con intimidad. Se comparten mensajes, información, memes y actividades, pero eso no necesariamente significa hablar de lo que realmente preocupa, duele o importa.
Este fenómeno puede describirse como una forma de soledad en la que la persona está socialmente activa, pero carece de vínculos donde sentirse verdaderamente comprendida.
La psicóloga española Silvia Álava Sordo señala que algunas personas tienen relaciones organizadas alrededor de actividades concretas: alguien para hacer deporte, otro para trabajar, otro para salir. El problema aparece cuando no existe alguien con quien hablar de aquello que excede la vida cotidiana. La diferencia, entonces, no está tanto en la cantidad de contactos como en la calidad de los vínculos. Las relaciones que brindan bienestar suelen incluir disponibilidad emocional, escucha, empatía y reciprocidad.
La investigación sobre bienestar viene señalando desde hace décadas la importancia de los vínculos cercanos. El Harvard Grant Study of Adult Development, iniciado en 1938, encontró que la calidad de las relaciones personales es un factor especialmente relevante para el bienestar y la longevidad.
Tener a alguien confiable también puede funcionar como un respaldo frente a momentos difíciles. Incluso saber que existe una persona a quien llamar cuando ocurre algo importante puede aportar una sensación de seguridad.
Por eso, una vida social intensa no necesariamente protege contra la soledad. Lo que puede marcar la diferencia es tener al menos algunos vínculos en los que no sea necesario sostener una imagen, esconder las propias dificultades o limitar las conversaciones a lo funcional.
¿Cómo recuperar conexiones más profundas? No se trata de abandonar las redes sociales ni de tener un círculo enorme de amigos. En muchos casos, el camino puede ser el contrario: dedicar más tiempo y atención a unos pocos vínculos significativos. Algunas estrategias pueden ayudar:
- Buscar conversaciones más honestas: hablar de emociones, preocupaciones y dudas.
- Priorizar encuentros sin pantallas: compartir una comida, una caminata o un café permite recuperar matices que se pierden en los mensajes.
- Mostrar vulnerabilidad: contar lo que realmente ocurre puede abrir la puerta a una mayor intimidad.
- Cultivar la reciprocidad: escuchar al otro es tan importante como sentirse escuchado.
- Elegir profundidad antes que cantidad: no es necesario ampliar constantemente el círculo social para sentirse acompañado.
Estar rodeado de personas y sentirse conectado son experiencias diferentes. La soledad puede aparecer incluso en medio de una vida social intensa cuando falta ese pequeño grupo de vínculos donde una persona puede dejar de cumplir roles y simplemente sentirse vista.
Con base en La Nación/GDA