¿Es madurez o miedo? Los factores psicológicos que explican por qué nos cuesta tanto sostener una discusión

El costo oculto de evadir los desacuerdos: por qué refugiarse en el silencio erosiona los vínculos desde adentro y qué esconden las personas que eligen callar para evitar un conflicto.

Pareja discusión enojado
Pareja peleada.
Foto: Freepik.

Callar frente a un conflicto no siempre es sinónimo de calma, prudencia o madurez. A veces, lo que hay es otra cosa: una dificultad para sostener el desacuerdo, para poner un límite o para tolerar la incomodidad que produce confrontar con otro. El silencio se vuelve entonces una forma de correrse del conflicto que, aunque en lo inmediato parezca proteger, a largo plazo suele tener costos emocionales y relacionales.

Eso es lo que plantea la psicóloga Macarena Liliana Núñez en un análisis publicado por La Mente es Maravillosa, donde aborda la evitación del conflicto como un mecanismo que puede esconder inseguridad, miedo al rechazo, baja autoestima o escasa confianza en la propia capacidad para resolver diferencias. En ese marco, el silencio no aparece solo como una pausa o un gesto de autocontrol, sino también como una estrategia defensiva que busca reducir el malestar que generan las discusiones, la tensión o la posibilidad de ser juzgado.

La evitación puede adoptar formas muy distintas. A veces se expresa en vínculos personales, a través de actitudes como retirarse de una conversación incómoda, dejar temas sin hablar o incluso desaparecer sin dar explicaciones. Otras veces aparece en el trabajo, bajo modalidades más sutiles, como la renuncia silenciosa o la imposibilidad de plantear desacuerdos. En todos los casos, el patrón es parecido: en vez de atravesar el conflicto, se lo rodea, se lo posterga o se lo neutraliza con distancia.

Según el análisis, detrás de esa conducta suelen combinarse factores internos y externos. Entre los primeros aparecen la baja autoestima, el temor al juicio ajeno, la inestabilidad emocional y una tendencia marcada a complacer a los demás. Entre los segundos, pesan tanto las experiencias previas negativas como ciertos mandatos culturales que desalientan la confrontación y asocian el desacuerdo con algo indeseable.

Silencio
Hombre hace gesto de silencio.
Foto: Freepik.

El problema es que el silencio sostenido rara vez sale gratis. Esta dinámica puede derivar en estrés acumulado, sensación de soledad y formas de comunicación pasivo-agresivas. También alimenta un círculo difícil de cortar: la persona siente que no es comprendida, pero al mismo tiempo evita decir lo que le pasa; cree que los conflictos no pueden resolverse de manera sana, y entonces se retira antes de comprobar lo contrario. En relaciones de pareja, familiares o laborales, ese mecanismo suele traducirse en resentimientos que no encuentran cauce y terminan erosionando el vínculo desde adentro.

Frente a eso, la propuesta no es discutir por todo ni convertir cada diferencia en una batalla, sino aprender a distinguir cuándo el silencio funciona como una pausa saludable y cuándo, en cambio, empieza a volverse una traba. En ese punto, los especialistas mencionan herramientas como el entrenamiento en asertividad, la escucha activa, la preparación previa de conversaciones difíciles y, en algunos casos, el acompañamiento terapéutico para fortalecer la seguridad personal.

El desafío no pasa por dejar de callar siempre, sino por entender qué lugar ocupa ese silencio en la propia vida. Porque una cosa es elegir no responder en caliente, preservar un vínculo o esperar el momento adecuado para hablar. Otra, muy distinta, es convertir el silencio en la única manera posible de atravesar el desacuerdo. Cuando eso ocurre, lo que parece paz puede ser, en realidad, una forma de borrarse de la escena.

Poner límites
Poner límites
Foto: Freepik

Con base en La Nación/GDA

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