Entre hijos, padres, trabajo y un celular que nunca deja de sonar: la generación que cuida a todos

Quienes tienen entre 40 y 50 años viven un agotamiento muy particular; por qué estar disponibles todo el tiempo desgasta y cómo cuidar sin desaparecer en el intento.

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Mujer estresada intenta trabajar y cuidar a sus hijos al mismo tiempo.
Foto: Magnific.

Estás en el trabajo y suena el teléfono con un pedido de la escuela: tu hijo se siente mal y hay que ir a buscarlo. Entonces, dejás los pendientes por la mitad, y en el camino llega otro mensaje, ahora de tu mamá, que necesita más remedios porque está muy dolorida de la espalda. Las horas pasan y todavía no paraste a comer, el día se fue en demandas y exigencias. Todos te necesitan, pero vos, ¿qué necesitás?

Las personas que tienen entre 40 y 50 años suelen atravesar un agotamiento muy particular: si son padres, sus hijos todavía son chicos y necesitan de atención. Pero también están sus propios padres, que van convirtiéndose en adultos mayores y cada vez requieren nuevos cuidados. En el medio estás vos, con la energía física y emocional cada vez más limitada.

Sentís que te falta tiempo para descansar y para organizar tu propia vida, pero no lo hacés porque sentís culpa. El círculo parece infinito y la salida se vuelve cada vez más lejana. La llamada “generación sándwich” queda en el medio de dos generaciones que necesitan cuidados, y uno de los problemas más habituales es que estos cuidados se centralizan en una sola persona; en general, una mujer. Pero la buena noticia es que se puede cuidar sin desaparecer en el intento.

El costo de estar disponibles todo el tiempo

Estar disponible todo el tiempo mantiene al sistema nervioso en alerta: cada mensaje sin responder es una micro amenaza que nunca termina de cerrarse. Y aunque el agotamiento no siempre aparezca con una crisis, alcanza con registrar la irritabilidad, la dificultad para concentrarse o la sensación de que cualquier imprevisto puede desbordarte. Todas esas son señales para que frenes y observes el panorama desde otro ángulo. Y si no podés hacerlo sola, siempre se puede pedir ayuda.

En Psicología al Desnudo, muchas veces abordamos la cuestión del cuidado, y en particular, de quién nos cuida mientras cuidamos. Es importante aprender a reconocer cuando la exigencia cotidiana deja de ser transitoria y se convierte en una forma de vida que nos supera, y enfrentarnos con la culpa que nos provoca “no poder con todo”.

El intento de ayudar a todos, sin observar qué necesitás, puede parecer un gesto de generosidad y amor, pero en realidad revela algo más profundo: que atender las necesidades propias no es algo tan importante (¿porque sentimos que no somos tan importantes?) y que el descanso es un premio que llega recién cuando cumplimos con todo. Pero, en una vida atravesada por el cuidado, ese momento quizás no llegue nunca. O puede llegar demasiado tarde. En el medio nuestra salud se deteriora, y eso no es justo.

Estrés, multitasking
Mujer estresada por sus tareas pendientes.
Foto: Freepik.

Validar la necesidad de descanso o poder decir que no en circunstancias puntuales, no significa que queramos menos a nuestros padres o hijos. Sentir que no soportás una demanda más o que no te alcanza la paciencia con tus hijos, no significa ser mala madre. Incluso, tener la fantasía de irte un fin de semana sin ocuparte de nadie más que de vos misma no te convierte en alguien egoísta.

Se puede amar profundamente a alguien y, al mismo tiempo, sentir que ya no hay más energía para dar respuestas. El cuidado no está hecho únicamente de ternura y entrega: también puede producir frustración, enojo, tristeza y miedo. Y poder nombrar todas esas emociones es una buena opción para comenzar a cuidarnos mejor.

El riesgo de la carga mental

Dentro de la generación “sándwich”, las mujeres suelen ser las que están más cansadas. ¿Por qué? La última Encuesta de Uso del Tiempo realizada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en conjunto con Inmujeres - MIDES de Uruguay, revela que las mujeres dedican 34,4 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 20,6 de los varones. La evidencia demuestra que las tareas de cuidado siguen recayendo en nosotras.

Así, las mujeres de la familia son las que casi siempre quedan a cargo de organizar los turnos médicos, definir qué se come a la noche, qué falta en las mochilas para el día siguiente, quién lleva a papá a control médico, entre muchas otras. Eso tiene nombre: carga mental. No es solo hacer las cosas, sino es ser quien tiene el sistema de la casa cargado en la cabeza, todo el tiempo.

Por eso, si hablamos de agotamiento dentro de una familia, hay que hablar de cómo está repartido el cuidado entre sus miembros. Al reconocerlos, se puede planear una nueva manera de repartir los cuidados y equilibrar las cargas. Muchas veces, las tareas de cuidado puertas adentro se naturalizan, y para que algo cambie en tu exigente rutina hay que señalar concretamente y pedir lo que necesitás sin culpa. Ese cuidado también es muy necesario.

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