El impacto de pasar más de cinco horas en pantallas y por qué el cansancio acumulado no es algo normal

El cansancio persistente, el sueño insuficiente, el sedentarismo y el estrés suelen verse como parte de la vida adulta. Por qué conviene prestarles atención antes de que se transformen en un problema mayor.

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Foto: Unsplash.

¿Cuánto hace que no te despertás sintiéndote realmente descansado? ¿Te cuesta concentrarte durante el día? ¿Llegás a la noche agotado, pero igual mirás el celular antes de dormir? ¿Sentís que vivís corriendo, aunque no siempre sepas detrás de qué? Si varias de estas preguntas te resultan familiares, no estás solo. Y quizás tampoco sea algo tan normal como parece.

Durante mucho tiempo asociamos la salud a la enfermedad. A una gripe. A una fiebre. A un dolor fuerte. A una consulta médica urgente. Pero cada vez más especialistas coinciden en que muchas veces los problemas de salud no empiezan cuando aparece una enfermedad. Empiezan mucho antes, en hábitos que parecen inofensivos porque forman parte de la rutina. Dormir poco. Comer rápido. Pasar horas sentado. Vivir conectadoAutomedicarse. Postergar controles. Acostumbrarse al cansancio. Una persona se despierta cansada, toma café para empezar el día, pasa buena parte de su jornada sentada frente a una pantalla, almuerza apurada, responde mensajes fuera de hora, llega a la noche agotada.

Al día siguiente, el ciclo se repite. “Muchas veces la salud no se pierde de un día para el otro. Se deteriora en pequeñas decisiones que parecen inofensivas porque forman parte de la rutinaDormir mal una noche no define nada. Hacerlo durante meses, vivir con estrés sostenido, moverse poco y no escuchar señales del cuerpo sí puede tener consecuencias”, señala Carlos Montoya, gerente asistencial de UCM Falck.

En Uruguay también hay señales de que el bienestar cotidiano es un desafío creciente. Un estudio del Ministerio de Salud Pública -publicado en 2025- muestra que 24% de la población se ubica en el nivel máximo del índice de soledad y que 29% tiene una baja autopercepción de bienestar. Son indicadores distintos, pero apuntan en una misma dirección: muchas personas no se sienten enfermas, pero tampoco se sienten bien. Lo llamativo es que la tendencia no parece ser sólo uruguaya. El informe global Ipsos Health Service Report 2025, realizado en 30 países, muestra que la salud mental ya aparece como el principal problema sanitario percibido por la población, por encima del cáncer y la obesidad.

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Además, 31% identifica el estrés como un problema y 59% afirma que en el último año tuvo momentos en los que se sintió tan estresado que no podía sobrellevarlo. El punto no es transformar cada malestar en una alarma. Tampoco vivir pendientes del cuerpo como si cualquier señal fuera una amenaza. El desafío es otro: entender que el cansancio persistente, el sueño alterado, la falta de movimiento, la ansiedad frecuente o el dolor corporal repetido no deberían ser tratados como parte natural de la vida adulta. “Escuchamos mucho la frase ‘debe ser estrés’. Y puede serlo. Pero decir ‘es estrés’ no debería cerrar el tema, sino para preguntarse qué ocurre.

El estrés sostenido también se expresa en el cuerpo: en el sueño, la digestión, en dolores musculares, en palpitaciones, en irritabilidad o en dificultad para concentrarse”, dice Montoya. La tecnología ocupa un lugar central en este nuevo mapa de la salud cotidiana. No porque las pantallas sean, por sí solas, el problema, sino porque organizan buena parte de la vida diaria: trabajo, entretenimiento, vínculos, compras, información y descanso. La OCDE publicó en 2025 un análisis sobre tiempo de pantalla y bienestar subjetivo en 14 países. El informe concluye que quienes pasan más de cinco horas diarias frente a pantallas por motivos personales presentan mayores probabilidades de bajo bienestar mental, baja satisfacción vital y menor sentido de propósito.

El estudio también advierte que el sueño insuficiente, la dificultad económica y la baja actividad física son predictores aún más fuertes de bajo bienestar. No hay que demonizar una conducta aislada. La salud funciona como un sistema. Dormir mal puede llevar a comer peor. Comer peor puede aumentar el cansancio. El cansancio puede reducir la actividad física. La falta de movimiento puede afectar el ánimo. Y el malestar emocional puede empeorar el descanso. “En medicina vemos cuadros que no responden a una única causa, sino a la suma de hábitos que empujan a la persona hacia el malestar. Por eso es importante mirar el conjunto. No alcanza con preguntar qué síntoma tiene hoy; importa cómo duerme, se alimenta, se mueve, qué nivel de estrés sostiene y cuándo fue la última vez que consultó”, agrega.

El sueño es uno de los ejemplos más claros. Una encuesta de ResMed publicada en 2025, con más de 30.000 personas en 13 países, mostró que las personas pierden en promedio casi tres noches de sueño reparador por semana. Además, siete de cada diez trabajadores dijeron haber faltado al trabajo alguna vez por dormir mal.Dormir mal no es solo estar cansado. Puede afectar la concentración, el humor, la memoria, la alimentación, la presión arterial, el sistema inmune y la capacidad de tomar decisiones. Y, sin embargo, muchas veces se vive como algo menor. “Hay personas que consultan cuando ya no pueden más, pero vienen arrastrando señales desde hace tiempo.

La consulta médica no debería ser vista únicamente como una respuesta ante una emergencia. También puede ser un espacio para ordenar síntomas, revisar hábitos y evitar que un problema chico se transforme en algo mayor”, sostiene Montoya. El sedentarismo completa el cuadro. No hace falta imaginar una vida completamente inmóvil. Muchas personas hacen lo que la rutina les pide: trabajan, estudian, manejan, se sientan, responden mensajes, llegan agotadas y sienten que no tienen margen para moverse. El problema es que el cuerpo no distingue entre una agenda ocupada y una vida saludable. La OCDE, en su informe Health at a Glance 2025, incluye los determinantes no médicos y los factores de riesgo como parte central del análisis de salud poblacional.

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El desafío es entender que el cansancio persistente, el sueño alterado, la falta de movimiento, la ansiedad frecuente o el dolor corporal no deberían ser parte natural de la vida adulta

La salud de una sociedad no depende solo de hospitalesmédicos o medicamentos, también de hábitos, condiciones de vida y conductas sostenidas. “Tenemos que salir de la idea de que cuidarse es hacer cambios enormes e imposibles. A veces el primer paso es mucho más simple: dormir mejor, caminar más, hacer pausas, no automedicarseconsultar antes, ordenar horarios, bajar la exposición a pantallas antes de dormir. Son decisiones pequeñas, pero repetidas todos los días tienen impacto”, afirma el médico. En adolescentes y jóvenes, la conversación adquiere otra dimensión. Un estudio publicado en 2025 por los CDC de Estados Unidos encontró asociaciones entre alto tiempo de pantalla y peores resultados de salud, incluyendo menor actividad física, peor sueño y mayor presencia de síntomas de ansiedad y depresión. El trabajo advierte que el tiempo de pantalla puede desplazar conductas saludables como el descanso y el movimiento. Pero el fenómeno no es solo juvenil. La lógica atraviesa generaciones. Adultos agotados que normalizan el insomnio.

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Personas mayores que reducen su movilidad sin darse cuenta. Trabajadores que pasan horas sentados. Padres que viven pendientes de los hijos y postergan sus propios controlesJóvenes que duermen con el celular al lado y adultos que hacen exactamente lo mismo. La salud cotidiana no tiene épica. No se parece a una campaña de grandes transformaciones, sino a decisiones simples, aunque no siempre fáciles de sostener: acostarse antes, consultar cuando algo persiste, caminar un poco más, comer con más orden, no vivir automedicado, apagar la pantalla a tiempo o pedir ayuda cuando el estrés deja de ser manejable.

“Hay que transmitir un mensaje posible. No se trata de vivir perfecto. Nadie vive perfecto. Se trata de no acostumbrarse al malestar como si fuera normal. Si una persona vive cansadaduerme mal, se siente ansiosa, tiene dolores frecuentes o necesita automedicarse, ahí hay una señal que merece atención”, resume Montoya. La salud, vista desde esta perspectiva, deja de ser la ausencia de enfermedad. Pasa a ser una forma de relación con la propia rutina. Una manera de escuchar a tiempo lo que el cuerpo ya está diciendo. “Muchas veces el problema no empieza el día que aparece un síntoma fuerte. Empieza antes, en esos hábitos que parecen menores porque se repiten todos los días. Y también ahí, en esas mismas decisiones cotidianas, puede empezar la prevención”, concluye.

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