Los llamados dad jokes son chistes deliberadamente simples, previsibles y, muchas veces, malos, que suelen asociarse con el humor de los padres. Se caracterizan por remates obvios, absurdos y juegos de palabras. Pero detrás de esa aparente falta de gracia puede existir una función importante: crear un espacio de encuentro entre padres e hijos.
“Durante el proceso de desarrollo de un chico, el humor puede crear una zona de juego compartido; un espacio de sorpresa, complicidad y reconocimiento mutuo. Puede ser una forma de intimidad emocional entre un padre y sus hijos”, explica el psicólogo clínico Maxi McCoubrey.
El término dad joke fue incorporado en 2019 al diccionario Merriam-Webster, que lo define como un chiste inocente, asociado a los padres, cuyo remate suele ser un juego de palabras evidente o predecible y que se considera, por lo general, cursi o poco gracioso.
El fenómeno, además, no parece limitarse a los padres. También se atribuye a abuelos y tíos, sobre todo a hombres adultos que buscan hacer reír o provocar a familiares más jóvenes. En Japón existe incluso una expresión similar, oyaji gyagu, que puede traducirse como “chistes de hombres mayores” o “chistes de hombres de mediana edad”.
Cuando un chiste se convierte en una forma de conexión
La psicología encuentra en estos intercambios algo más profundo que un simple remate. Investigaciones sobre el humor y la crianza sugieren que las risas compartidas pueden contribuir a fortalecer la relación entre padres e hijos.
En el estudio piloto Humor in parenting: Does it have a role?, los investigadores encontraron que la mayoría de los participantes consideraba al humor una herramienta eficaz para la crianza y que la utilización del humor por parte de sus padres o cuidadores había influido de forma positiva en la calidad del vínculo.
Para McCoubrey, el clásico chiste de papá funciona más como un ritual relacional que como una demostración de ingenio. Un chiste repetido y previsible puede transmitir mensajes sencillos como “estoy acá” o “quiero compartir algo con vos”. Incluso cuando el hijo se ríe, protesta o pone los ojos en blanco, participa de ese pequeño intercambio que refuerza la sensación de pertenencia.
La psicóloga vincular especializada en crianza Ludmila Bosco coincide con esta mirada. Para ella, el humor permite encontrarse desde una mirada compartida del mundo y disfrutar juntos.
Muchas veces, explica, la relación entre padres e hijos queda concentrada en lo pedagógico: enseñar, poner límites, transmitir valores y organizar. Salir por un rato de esos roles y compartir un momento de disfrute puede fortalecer mucho el vínculo.
El humor también puede cumplir otra función: ayudar a transitar situaciones difíciles. Según Bosco, desde el psicoanálisis puede pensarse como un recurso frente a aquello que resulta contradictorio, incierto o que no tiene una respuesta sencilla.
La Sociedad Británica de Psicología también abordó el fenómeno. En un trabajo publicado en 2023 planteó que este tipo de humor puede enseñar a los hijos que la vergüenza no es algo fatal, una lección que puede adquirir especial importancia cuando se acercan a la adolescencia.
El límite: cuándo el humor deja de ser un juego
Que el humor pueda ser beneficioso no significa que cualquier broma contribuya al vínculo. Los especialistas consultados coinciden en que es necesario reconocer cuándo el chiste deja de acercar y empieza a generar malestar.
“Hay una diferencia entre el padre que usa el humor para acercarse y el que lo usa para evitar conversaciones emocionales”, señala McCoubrey. No es lo mismo una broma que permite compartir una risa que utilizar el humor justo cuando un hijo necesita ser escuchado y tomado en serio.
La diferencia también aparece cuando la broma apunta directamente contra el niño. El adulto tiene mayor poder para definir qué se considera gracioso y, por eso, una burla sobre el cuerpo, la inteligencia, la sensibilidad, los gustos o las dificultades de un hijo no equivale a un intercambio entre pares.
Una pregunta puede ayudar a identificar dónde está el límite: “¿Mi hijo puede decir ‘no me causa gracia’ sin que se lo castigue, ridiculice o se lo acuse de exagerado?”. Si la respuesta es negativa, ya no se trata de un juego compartido.
Bosco plantea una señal similar: si frente al dolor, una necesidad o una pregunta del hijo aparece siempre el humor, puede existir una forma de escape. En lugar de fortalecer la relación, esa conducta puede convertirse en un obstáculo para conectar.
El valor de los chistes de papá, entonces, no parece estar en que sean realmente graciosos. Su mayor aporte puede estar en lo que ocurre alrededor de ellos: la complicidad, el disfrute y la posibilidad de compartir un momento fuera de las obligaciones cotidianas de la crianza. El desafío está en saber cuándo la risa une y cuándo, en cambio, sirve para esquivar aquello que necesita ser hablado.
En base a La Nación/GDA