El método de un investigador de Harvard para transmitir valores a los hijos sin caer en discursos

Por qué las acciones diarias de los adultos importan más que las palabras: la mirada de un académico de Harvard sobre la educación en el hogar y el valor del ejemplo en los hijos.

Padre hija
Padre con su hija adolescente.
Foto: Freepik.

“Tenés que ser amable”, “decí siempre la verdad” o “tratá bien a los demás”. Durante la crianza, los padres y madres transmiten constantemente a sus hijos valores y enseñanzas a través de las palabras. Pero existe otra forma de educar que ocurre, muchas veces, sin discursos ni explicaciones: el ejemplo cotidiano. La manera en que los adultos reaccionan ante una discusión, tratan a otras personas, enfrentan una frustración o se comportan cuando creen que nadie los observa también forma parte del aprendizaje de los niños.

Esta es una de las ideas planteadas por Arthur Brooks, profesor de Harvard y autor que investiga temas relacionados con la felicidad y el bienestar. Para él, existe una estrecha relación entre los valores que los padres desean transmitir y los comportamientos que sus hijos observan día a día.

En uno de sus videos, Brooks abordó una pregunta habitual entre las familias: qué pueden hacer los padres para aumentar las posibilidades de que sus hijos desarrollen determinados valores. Su respuesta se centró en la importancia de la coherencia. “No importa lo que digas. Lo único que importa es lo que hacés”, afirmó el académico al referirse al peso que puede tener el comportamiento de los adultos durante la crianza.

Brooks sostiene que, si una persona desea que sus hijos desarrollen cualidades como la amabilidad, la honestidad o la integridad, debe intentar reflejarlas en su propia conducta. Desde esta perspectiva, no alcanza únicamente con pedirle a un niño que sea respetuoso. También importa la forma en que los adultos hablan de otras personas, reaccionan ante quienes piensan diferente o enfrentan situaciones difíciles.

Niña entre sus padres
Niña entre sus padres
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Sin embargo, esto no significa que las palabras carezcan de importancia. La comunicación, las conversaciones y las explicaciones también forman parte fundamental de la educación. El desafío consiste, en todo caso, en que aquello que se transmite verbalmente no entre constantemente en contradicción con lo que los niños ven.

Los niños observan a los adultos en situaciones que pueden parecer insignificantes. Ven cómo sus padres reaccionan cuando están cansados, qué hacen cuando cometen un error, cómo tratan a una persona que les brinda un servicio o de qué manera hablan de alguien que no está presente. Para Brooks, el ejemplo debe extenderse tanto a los espacios públicos como a la intimidad del hogar. “Sé admirable tanto en público como en privado”, señaló.

La idea no implica exigir a los padres una perfección imposible. Todos pueden equivocarse, perder la paciencia o actuar de una manera que después lamentan. De hecho, reconocer los errores y pedir disculpas también puede convertirse en una experiencia de aprendizaje para los hijos. La coherencia no significa no equivocarse nunca, sino intentar hacerse responsable de las propias acciones.

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Foto: Commons.

Brooks vincula otro comportamiento con el bienestar: la disposición a continuar aprendiendo. Según su planteamiento, las personas que conservan la curiosidad y el interés por descubrir cosas nuevas pueden encontrar nuevas fuentes de satisfacción a lo largo de la vida. “Las personas más felices son las que nunca dejan de aprender. Lo hacen no por obligación, sino por curiosidad”, afirmó.

Esta actitud tampoco depende necesariamente de la educación formal. Aprender puede significar leer un libro, conocer un lugar diferente, escuchar un podcast, adquirir una habilidad o interesarse por un tema desconocido. Y, nuevamente, el ejemplo puede tener un papel importante.

La conducta cotidiana de los adultos puede convertirse en una referencia importante. Quizás por eso una de las formas más complejas —y también más efectivas— de educar consiste en intentar practicar aquello que se desea transmitir. Porque los niños escuchan lo que sus padres les dicen. Pero también, y muchas veces sin que los adultos lo adviertan, prestan atención a lo que hacen.

Con base en El Tiempo/GDA

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