Los padres desean, casi sin excepción, que sus hijos sean felices y les vaya bien en la vida adulta. En esa aspiración aparece una palabra: éxito. Muchas veces se lo define como la capacidad de conseguir lo que uno desea. Sin embargo, detrás de ese concepto se esconden múltiples variables: expectativas familiares, deseos propios, talentos, habilidades y, sobre todo, la posibilidad de desarrollarlos a lo largo del tiempo.
La psicóloga estadounidense Carol Dweck, referente en psicología educativa, propone una distinción clave para entender por qué algunas personas despliegan su potencial y otras quedan atrapadas en un techo invisible: la diferencia entre mentalidad fija y mentalidad de crecimiento.
La primera cree que la inteligencia, las habilidades y el talento son rasgos innatos, estáticos e inmutables. Desde esta perspectiva, se es capaz o no se es. Quienes se manejan bajo esta lógica suelen evitar los desafíos por miedo a fracasar, se frustran rápido y viven el esfuerzo como algo negativo.
En los niños, esta mentalidad se manifiesta con claridad. Evitan situaciones nuevas por temor a equivocarse, rechazan oportunidades de aprendizaje y abandonan una tarea apenas aparece la dificultad. El error no es leído como una oportunidad de mejora, sino como una confirmación de que “no pueden”. Así, renuncian antes de tiempo y se refugian en la zona de confort.
Otra característica frecuente de la mentalidad fija es la desvalorización del esfuerzo. Si el talento es algo dado, esforzarse se percibe como inútil o incluso como una señal de debilidad. Esta forma de pensar limita profundamente el desarrollo personal y profesional, ya que instala un límite interno difícil de atravesar.
En contraposición, la mentalidad de crecimiento parte de una idea muy distinta: la inteligencia y las habilidades no son rasgos fijos, sino capacidades que pueden desarrollarse a través del esfuerzo, la perseverancia y el aprendizaje. Desde esta mirada, el talento es apenas un punto de partida.
Dweck sostiene que cultivar una mentalidad de crecimiento implica aceptar los retos, valorar el proceso por sobre el resultado y aprender de los errores. Los desafíos pasan a ser oportunidades. El fracaso no define a la persona, sino que aporta información para ajustar estrategias y avanzar.
Las personas con este tipo de mentalidad buscan salir de la zona de confort, toleran mejor la frustración y entienden que el esfuerzo es el camino hacia el aprendizaje, no una señal de ineficiencia. La motivación se sostiene en el deseo de mejorar, no en la necesidad de demostrar que se es capaz.
Dweck aclara que nadie posee una sola mentalidad de manera absoluta, tenemos una combinación de ambas. Sin embargo, fomentar la mentalidad de crecimiento resulta fundamental para el éxito educativo, profesional y personal.
En este punto, el rol de los padres es central. Muchas veces, sin intención de dañar, los adultos juzgan el potencial de sus hijos, etiquetan habilidades o comparan talentos entre hermanos. Estas comparaciones, aunque parezcan inofensivas, tienen consecuencias negativas: refuerzan la mentalidad fija, generan rivalidades y debilitan la autoestima.
Herramientas
Acompañar el desarrollo de una mentalidad de crecimiento requiere acciones concretas.
Durante el proceso de aprendizaje, incorporar la palabra “todavía” ayuda a transformar el “no puedo” en “no puedo todavía”, abriendo la puerta al cambio. Mostrarle al niño cómo empezó y cuánto ha progresado refuerza la idea de proceso. Valorar la tenacidad con frases como “qué bueno que lo intentaste” o “cada vez te sale mejor” pone el foco en el esfuerzo. Evitar comparaciones entre hermanos y priorizar la comparación con uno mismo en distintos momentos del tiempo protege el desarrollo emocional. Y, por último, no premiar solo los resultados, sino también el compromiso y la constancia.
El mundo está lleno de personas con un enorme potencial no utilizado y de otras que, sin talentos extraordinarios, lograron desarrollar sus habilidades con dedicación. En esa diferencia, muchas veces, no está la capacidad, sino la mentalidad.
Cultivar una mentalidad de crecimiento desde la infancia no garantiza una vida sin dificultades, pero sí brinda una herramienta poderosa: la convicción de que siempre es posible aprender, mejorar y volver a intentar.
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