Cuidar a los padres mayores: cómo influyen el favoritismo y la cercanía según un estudio científico

El dilema de cuidar a los padres mayores y por qué la historia familiar vuelve a aflorar en la adultez: qué revela una investigación sobre el rol de los hermanos.

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Padres junto a su hija adulta.
Foto: Freepik.

Cuando los padres envejecen y comienzan a necesitar ayuda, una de las preguntas que puede aparecer dentro de una familia es quién asumirá el cuidado. ¿Será el hijo que vive más cerca? ¿El que tiene más tiempo? ¿El que mantiene una relación más estrecha con sus padres? ¿O aquel que, durante la infancia, sintió que tenía un lugar especial dentro de la familia?

No existe una única respuesta. Aunque suele suponerse que el hijo más cercano será también quien esté más dispuesto a acompañar a sus padres en la vejez, las relaciones familiares no funcionan de manera tan lineal. La distancia, el trabajo, las responsabilidades personales, el género y las experiencias compartidas a lo largo de los años pueden determinar quién termina ocupando ese lugar.

Una investigación encabezada por Jill Suitor, de Purdue University, analizó cómo funcionan los vínculos entre padres e hijos cuando todos son adultos y las necesidades familiares comienzan a cambiar.

El estudio, titulado Within-Family Differences, examinó a 309 familias en las que participaban 708 hijos adultos. Uno de sus focos estuvo puesto en las diferencias que los hermanos perciben en el trato de sus madres y en cómo esas percepciones pueden relacionarse con su bienestar emocional.

Los investigadores encontraron una relación entre la percepción de favoritismo materno y los síntomas depresivos de los hijos. Pero esto no significa que una madre que prefirió a un hijo durante la infancia provoque necesariamente un daño psicológico, ni que las relaciones entre hermanos continúen funcionando en la adultez como una competencia permanente por el afecto de los padres.

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Madre e hija en un gesto de cariño.
Foto: Freepik.

La historia familiar, sin embargo, puede seguir teniendo peso. Las experiencias de la infancia forman parte del vínculo que cada hijo construye con sus padres. Y cuando los roles cambian —por ejemplo, cuando son los hijos adultos quienes comienzan a cuidar de sus progenitores— pueden volver a aparecer sentimientos, expectativas y formas de relacionarse construidas muchos años atrás.

La cercanía también puede resultar engañosa. Que un hijo visite a sus padres con frecuencia no significa necesariamente que los quiera más que aquel que vive lejos. Del mismo modo, quien llama todos los días no tiene por qué ocupar un lugar emocional más importante que quien aparece con menos frecuencia pero mantiene otro tipo de vínculo.

Cuando llega el momento de ayudar a unos padres mayores, además, existen cuestiones muy concretas que pueden pesar más que los afectos: dónde vive cada hijo, cuánto tiempo tiene disponible, cuáles son sus responsabilidades laborales y familiares o quién cuenta con mayores posibilidades para asumir determinadas tareas.

Por eso, el hijo que termina ocupándose de las consultas médicas, haciendo las compras, acompañando a sus padres o resolviendo cuestiones cotidianas no necesariamente es aquel que recibió más cariño durante la infancia. Tampoco tiene por qué ser quien recibió menos.

Una de las claves para entender estas situaciones está en recordar que no existe un único vínculo entre “los padres” y “los hijos”. Cada relación se construye de manera particular.

Padres con hijo adulto
Padres con hijo adulto
Foto: freepik

Dos hermanos pueden haber crecido bajo el mismo techo y, sin embargo, haber tenido experiencias completamente diferentes con sus padres. Uno puede haber sentido mayor cercanía emocional; otro, mayor autonomía. Uno puede llamar todos los días; otro puede preferir visitarlos cada fin de semana. Incluso pueden interpretar de manera diferente los mismos acontecimientos familiares.

Cuando aparecen las necesidades propias del envejecimiento, cada historia puede influir en la manera en que los hijos responden, pero también lo hacen las circunstancias del presente. Por eso, intentar determinar quién es “el favorito” a partir de quién cuida a los padres puede llevar a una conclusión demasiado sencilla para una realidad mucho más compleja.

Lo mismo ocurre con la distancia, las llamadas o las visitas. Los vínculos entre padres e hijos no se pueden medir solamente por la frecuencia del contacto ni reducir a quién fue o no fue el favorito durante la infancia. Con el paso de los años, cada familia vuelve a organizar sus relaciones de acuerdo con una combinación de historia, afectos y circunstancias concretas.

Con base en La Nación/GDA

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